Un cartel a la entrada de la finca Las Tiesas de Santa María, en Portezuelo, indica “Ganado bravo”. Victorino espera a la puerta de su casa. Antonio Ferrera baja del todoterreno. Un largo y fuerte apretón de manos. Una sonrisa del viejo ganadero que pareciera abarcar la grandeza del día que van a vivir. “Nos vemos poco, pero cuando nos vemos es intenso, intenso de verdad”, se oye a Ferrera. Hay mucho de qué hablar.

Es el encuentro de dos generaciones que se veneran, una desde la veteranía hacia el nacimiento de una fresca y firme fuerza y otra desde el afán casi adolescente hacia la integridad de una casta. “La verdad en la vida nos ha juntado”, dice Victorino. La respuesta es casi la continuación del pensamiento. “Por eso nos compenetramos tanto… en la plaza y fuera de ella, eso nos permite ser dueño de nuestro futuro, nuestro destino y nuestros sueños”, es Ferrera el que ahora responde al porqué de una relación que va más allá de la bravura de unos animales.

 

 

Victorino: ¿Quieres ver los toros que irán a Madrid?. Ya no queda mucho para San Isidro.

Antonio ríe, ríe plenamente. “Todo sea porque salga todo bien”. Como dioses todopoderosos, los victorinos pasean acariciando la dehesa. Miran a los ojos. Fijamente miran.

Victorino: Ahí la tienes, ésa es la de Madrid.

Antonio: ¡Madre Mía!… Es baja… Me gusta, me gusta… es seria… son armónicos, bien hechos… ¡mira ése, ése que está escarbando… es un buen toro!.

Victorino: Ahora mismo no tengo ningún toro feo. El torero, desde la lejanía, mantiene la mirada al animal, el animal mantiene la mirada al torero. “Son muy armónicos… y mira el cuello que tienen… ¡cómo se encampana!”. Vuelve la vista al ganadero. “Me emociono. No sé lo que siento. La sangre me hierve”.

 

 

Son sensaciones que le llevan a aquella tarde de 1997 en Olivenza. Antonio Ferrera, apadrinado por Enrique Ponce, tomaba la alternativa con ganado de Victorino. Las cuatro orejas. La salida a hombros. Y en la lejanía de los años, el ganadero recuerda aquel 18 de agosto de 1960 cuando adquiere el primer lote de la ganadería de los hermanos Escudero Calvo, que pertenecieran al marqués de Albaserrada. “La vida no ha sido fácil”, y lo dice un hombre que mantiene la mirada al frente con la misma seguridad que la mantienen sus toros. “Yo no era ganadero, ni mi familia… compré esto y he llegado al máximo, pero siempre por derecho, incluso en los momentos más difíciles”. Despiertan aquellos días negros en los que se presenta una sanción por el presunto afeitado de dos toros lidiados en Granada. “Ir por derecho no es fácil. Aquello era todo falso y estuve cuatro años sin querer torear en España”. Nimes, Francia, disfrutó entonces de “la integridad” de los victorinos. Se escucha una carcajada que descubre algunos dientes de oro, “la cuernocracia, la cuernocracia…”.

Antonio sigue cantando a los toros, midiendo, en la distancia, sus fuerzas. “Es un toro noble, el victorino tiene una personalidad propia, una integridad interior y exterior… hay que partir de que para estar a su nivel hay que ir de derecho, por la verdad… es un toro que exige mucho, un toro que te hace vivir cosas desgarradoras, fuertes… hace que todo sea distinto, que todo lo que hagas sea diferente”.

 

Y habla, habla a los toros. “Lo perciben, es importante hablarles con pausa, con educación, no con cariño, con educación, con buen talante… es como si compartieran contigo una conversación tranquila y sosegada… eso te ayuda a templarte”.

Victorino: El secreto está en hacer las cosas bien, es un toro que exige, pero que da. Le vienen nombres a la memoria, Antoñete, Curro Montes, Bienvenida… “la primera corrida… fue la inauguración de la plaza de San Sebastián de los Reyes”; nombres admirados en silencio por el ganadero, Miguel Márquez, Ortega Cano, Ruiz Miguel“He lidiado mucho… me gusta cualquier gente que sabe torear, y digo saber torear porque pegar pases es una cosa y torear otra… hoy se torea mucho al hilo, hay que saber colocarse”.

 

Es hombre con vocabulario ausente de adulaciones, pero con una mirada colmada de un orgullo muy personal… una mirada que vuelve hacia Antonio, y hacia el pasado, hacia la llamada “corrida del siglo”, conservada en la memoria y en las fotografías que cuelgan de las paredes de la casa: 1 de junio de 1982, Las Ventas, el ganadero a hombros junto a los tres matadores Ruiz Miguel, Luís Francisco Esplá y José Luís Palomar tras cortar dos orejas cada uno; el toro Director, premiado con la vuelta al ruedo, y el llamado Pobretón reconocido como el más completo de la Feria de San Isidro. Sí, fue la “corrida del siglo”.

Y sin quitar la vista de los toros, manteniendo un reto silencioso, el torero piensa, piensa en esos momentos antes de salir hacia la plaza. “Cuando se sale de casa… es como si fueras a hacer la cosa más especial, más importante, la cosa más grande de tu vida… no sé explicar la sensación. Son sensaciones profundas, indescriptibles para las que me faltan palabras. Hasta ese momento has tenido tu vida, pero llega el día de la corrida, coges el coche y… y la nada… desconectas del mundo”.

 

Antonio queda en silencio. Sobre las encinas sólo se escucha un grito silbante. Victorino llama la atención de sus toros. Se detienen y como ejército taúrico avanzan atentos a la llamada. Lentos. Templados. Se respira un dominio mutuo. Autoridad. Fuerza. Como la fuerza que exhala Victorino en los tentaderos. Antonio sonríe. “Los tentaderos aquí son auténticos, y Victorino es duro, muy duro”.

Victorino: Sí, pero yo no grito a los toreros, sólo les digo que se tienen que colocar, que un poco más adelante, que…

Antonio: Sí, si lo dice… pero a gritos

La complicidad se sumerge en las risas de ambos. Victorino sabe que se emociona ante algunas faenas, pero como preparado para embestir eleva la voz. “Claro que me emociono, pero no suelto una lágrima, soy duro…”. “Como sus toros”, le interrumpe el torero. “Me emociono dentro de una seriedad; hay cosas que no se ven todos los días”, y vuelve a recordar la última gran tarde de Antonio con sus toros.

 

 

Toros de verdad, toreros de verdad… ¿hasta cuándo? ¿hasta cuándo la verdad en el campo, en los alberos…?. Victorino vuelve a embestir. “Me preocupa la fiesta, su futuro. No me preocupan los ecologistas, los antitaurinos… me preocupa la gente del toro… Mira Méjico, era tan importante como nosotros y ahora mismo… ni toros, ni toreros… aquello es una verbena”. Antonio se sabe identificado con el viejo ganadero. La admiración se percibe en su mirada y en sus palabras. “Me siento identificado con usted. Cuando uno se ha hecho a sí mismo y ha creído y ha luchado y lo ha conseguido… sigue luchando para que todo sea igual alrededor de la fiesta, luchando por la integridad de la fiesta”. Se sonríen. Se sonríen abiertamente. Se saben en el mismo barco. El torero le mira a los ojos y en una carcajada le dice “Nunca he estado tan cerca de un victorino”.

Un apretón de manos. La fuerza de dos hombres. De nuevo, un encuentro intenso. “Adios nos vemos en Madrid”.

Texto: Mari Cruz Vázquez

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto