En una sociedad de arquitecturas artificiosas, de espacios inhóspitos y masificados, doblegada al urbanismo irracional, gusta descubrir y admirar la sencillez y sobriedad de pueblos como Vegaviana, un municipio erigido en los años 1950 para acoger a decenas de colonos extremeños, llegados a laborar en las fértiles vegas de la comarca de la Sierra de Gata. Un lugar en el que su artífice, el arquitecto José Luís Fernández del Amo, pretendía armonizar el hábitat humano con el espacio natural. Así, se erigieron edificaciones y elementos urbanos, sin asolar los parajes de asentamiento. Se planificaron decenas de viviendas primando espacios libres, retazos de las dehesas extremeñas, encinares que otorgan  una atmósfera natural de influencia benéfica para el desarrollo de la actividad humana. Un ejemplo de arquitectura que ha convertido a Vegaviana en lugar de peregrinaje de expertos arquitectos.

 

 

Desde el cielo, el rojo de los tejados de Vegaviana se confunde con el verde perenne de las encinas. Al atardecer, el intenso blanco de las alineadas viviendas se diluye en el bosque de encinas y alcornoques. Sólo la envergadura de la iglesia, en la plaza del Ayuntamiento, consagrada a Nuestra Señora de Fátima, destaca sobre el equilibrado porte de las construcciones. En uno de los jardines anexos, una estatua con la figura, en hierro, de un colono, nos recuerda a aquellos primeros pobladores extremeños y a los nuevos colonos que hacen de Vegaviana una población multiétnica.

En el mismo espacio, la escuela y el Ayuntamiento. De las balconadas del Ayuntamiento, el estandarte vegaviano nos cuenta que la población dejó de ser una pedanía de Moraleja, para constituirse en entidad independiente con un término municipal de 2.200 hectáreas y una población próxima a los 900 habitantes.

 

 

Vegaviana se construyó sobre una gran dehesa reconvertida en tierras de regadío. Campos de algodón en los primeros tiempos, mudados al cultivo del maíz, tabaco, tomate o pimiento. Al amanecer la mayoría de los pobladores acuden a trabajar las tierras, con lo que el pueblo se convierte en un lugar aún más tranquilo y apacible que en las horas nocturnas. Una sensación de soledad y sosiego roto por la escoba de algún vecino a la puerta de casa recogiendo la hojarasca de los árboles. El aire que mece la fronda husmea los ventanales enrejados de las viviendas. En los pequeños porches de las casas, bajo las recoletas balconadas, algún viejo colono reposa y respira la atmósfera del encinar. Un pueblo en el campo o el campo dentro de un pueblo, es el dilema que se plantea el visitante.

 

 

Vegaviana ha inspirado a numerosos arquitectos en sus proyectos urbanísticos y a su diseñador, José Luís Fernández del Amo, le valió numerosos premios, como la Medalla de Oro en la VII Bienal de Sao Paulo de “Planificación de Concentraciones Urbanas”, en 1961 ; una mención de honor en el V Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos, en Moscú, en 1958; o el Premio Anual de la Crítica de Artes Plásticas, Medalla Eugenio Dórs, a una exposición sobre la localidad en el Ateneo de Madrid, en 1959.

Texto: Roberto Machuca
Fotos: Álvaro Fernández Prieto