En el nuevo número de la revista en nuestra sección de VANGUARDIAS puedes conocer a Tete Alejandre , fotógrafo cacereño dedicado a capturar esos instantes fugaces que a menudo pasamos por alto cuando caminamos por la calle. Después de llevar décadas “disparando” en blanco y negro de forma analógica por las capitales de todo el mundo, Tete, no sin ciertos reparos, se ha abandonado al color. La policromía está tan presente en sus últimas composiciones que literalmente se sale del encuadre de sus obras. El lo denomina “Fugas de Color”.

En la casa de Tete hay decenas de fotografías colgadas de las paredes; algunas son suyas, otras de amigos y bastantes de nombres míticos en el mundo de la fotografía de calle como Cartier-Bresson o Robert Doisneau. En una estantería reposan más de una treintena de cámaras de fotos vintage de los años 50 y 60 americanas, así como un sinfín de parafernalia fotográfica: flashes de magnesio, lentes antiguas, fotómetros primitivos…

“Tengo como cuarenta cámaras de fotos, afirma orgulloso, las voy comprando cuando voy de viaje por ahí”. Observamos que hay varias de dos objetivos y que no todas son americanas, tiene absolutamente de todo. “Mira como trataban nuestros abuelos a las fotografías”, dice enseñando una especie de colgante de plata destinado a portar miniaturas fotográficas del tamaño de un sello. “Me gustan mucho las cámaras americanas de los 50, casi más que las antiguas de fuelle… En España, la fotografía en los cincuenta era sólo para ricos pero en América era algo completamente doméstico, al alcance de todo el mundo”.

Los comienzos de artísticos de los jóvenes extremeños son siempre difíciles y, como es habitual en estos casos, todo surge por casualidad. Tete no es una excepción. Empezó en el mundo de las imágenes a la edad de 15 años a través del Super 8 con un grupo de amigos; robaban el tomavistas su padre para rodar películas de corte surrealista y se pasaban las tardes refugiados en el Cine Capitol de Cáceres. Aquella inquietud por lo visual de adolescencia no tardó en convertirse en una quemazón que le impulsó a viajar por todo el mundo cámara en mano, en busca del detalle de lo cotidiano. “Los retratos los voy a haciendo según viajo o simplemente me los voy encontrando por ahí. Me llama mucho la atención los personajes que se encuentran en mitad de la calle intentando comunicar algo y las expresiones de la gente mirándolos, la comunicación que puede haber o no con ese persona que está ahí como una estatua viviente. Aunque ahora con el enano viajo bastante menos, la verdad”, dice señalando a Roque, un bebé de seis meses que se mueve inquieto a su lado.

 

Tete se mueve ahora en terrenos más experimentales, y por lo tanto más arriesgados, que la Street photography de sus primeros veinte años de carrera. Profundizamos en el significado de este estilo casi tan antiguo como la propia fotografía. “La fotografía de los años cuarenta, cincuenta y principios de los sesenta es la que más me gusta. Bresson, Robert Doisneau, Eliot Erwitt, William Klein…Todo eso me ha llamado la atención desde siempre. En España por supuesto Catalá Roca, me parece un fotógrafo que, por la visión que plantea, no tiene nada que envidiar a los anteriores. He pasado muchas horas viendo sus catálogos. Siempre he intentado hacer una fotografía de ese tipo pero en el siglo XXI, que se vea que es un momento actual pero con esa poesía de fondo“.

 

Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que Tete lo logró con la foto de Cáceres 36/08, una instantánea realizada en la calle San Antón de Cáceres que parece sacada del París de principios de siglo. ”Sí, creo que lo conseguí con la foto de Cáceres 36/08, es una imagen bucólica de los años 40 pero hecha en el Cáceres del siglo XXI. Te lleva a lo más esencial de la fotografía: una imagen calmada que incluso puede parecer un cuadro a veces”.

Texto: Javier Antón. Foto: Tete Alejandre.