No lo hizo por “el deber de raza”. Ese del que hablaba Ana Molina, madre del Porrina de Badajoz, cuando le decía a su hijo “que la puerta de la casa debía estar abierta al cante”. Tampoco por prestigio; lo hizo por justicia. Se empeñó y lo consiguió: en Benalmádena en 1987 obtuvo, tras su ponencia, el reconocimiento como cantes autóctonos a esos jaleos y tangos a los que muchos aficionados y estudiosos se negaban a clasificar “como propios”. Francisco Zambrano, flamencólogo de Fuente de Cantos y precursor de la ponencia con la que conseguimos ser reconocidos como cantes autóctonos, nos comenta con entusiasmo cómo con tesón y muchas horas de estudio e investigación se reconocieron los que hoy llamamos en flamenco los cantes extremeños. Un paso decisivo en un camino aún por recorrer.

Zambrano me espera en el kiosko de El Gitano en la pacense plaza de San Francisco. Hace frío, y hablamos de esa obligación a la que no llegamos a acostumbrarnos: madrugar. Me cuenta que el Porrina de Badajoz siempre decía que no le gustaba salir por la mañana “porque la gente parece que está como enfadá”. El ‘marqués de Porrina’ arranca nuestra primera sonrisa. Otra genialidad del ‘gitano y de Badajoz’, como se autodefinía. La primera: sus fandangos. ‘Creación personal’ con la que llevó el nombre de la ciudad por el mundo. Un estilo propio que también impregnó en los cantes de la región, y en esa forma peculiar de vivir, cuando este arte se reducía a los cuartillos y a las fiestas de los señoritos, que valoraban el arte y no tanto al intérprete. En ese ambiente, él intentaba sobrellevar con algo más de dignidad una noche de fiesta, y nunca cobraba tras una actuación porque cantaba “cuando quería”. Nos pedimos un café. “Poco gitano”, le digo a Zambrano, pero la mañana no termina de abrir y queda mucho por aprender, por escuchar. Revisamos la ponencia que presentó hace ya más de veinticinco años, y volvemos a las definiciones. Lo más inteligente si una no quiere perderse en las anécdotas. Las buscamos.

Los jaleos extremeños tienen su origen en el rito fiesta, que en forma de cantes y bailes acompaña a la boda de los gitanos en el momento que se considera realizado el casamiento. Están definidos como un cante acompasado y con un ritmo muy parecido al que es conocido en la actualidad como bulería al golpe. Por su parte, los tangos extremeños parten de un ritmo común, el de tangos, que es el cante festero por excelencia de los gitanos considerándose, por tanto, una rama de uno de los cantes básicos gitanos. El tango extremeño es un cante acompasado, que se caracteriza y diferencia del resto de tangos en su riqueza musical, en su variedad de melismas, en su cadencia lenta alargando mucho algunos de sus tercios y en el cambio de ritmo final parecido al que se produce en el jaleo extremeño”. Estas son las definiciones que encontramos en la ponencia de Francisco Zambrano, sobre ellas vamos construyendo nuestros orígenes, nuestra historia. Nuestro propio camino.

Las definiciones están ahí, pero en cualquier caso, nuestros dos cantes autóctonos se hacen grandes, confluyen, y toman cuerpo, a pesar de posibles influencias de varias zonas pacenses (sobre todo la de Tierra de Barros) en la Plaza Alta: zona de gran trasiego gitano. Tangos y jaleos extremeños que han vivido y perdurado en la garganta y en los puños cerrados, desgarrados, de muchos gitanos de esta zona y que después de mucho estudio ha puesto en su sitio un payo. “Fue en los años 80 cuando siendo yo presidente de la Federación de Peñas de Extremadura, comenzamos la recuperación de nuestros cantes y nuestros artistas”, recuerda el flamencólogo.

Cantaores flamencos en la Plaza Alta de Badajoz. Foto cedida por Francisco Zambrano.

Cantaores flamencos en la Plaza Alta de Badajoz. Foto cedida por Francisco Zambrano.

Va abriendo la mañana. El kiosko se va llenando. Badajoz recupera la luz y la vida de un día que, a pesar de ser de asueto, no se deja llevar por la pereza. Hablamos de los gitanos, de su fuerza, de su cultura, y llega El Magdalena, payo adoptado por gitanos, que utiliza el “nosotros” cuando se refiere a ellos. “Compadre, ¡llegas tarde!”. “No importa”, contesto a Zambrano; y Domingo, nombre propio de este artista, se sienta a mi lado. Le invito a que comparta alguna de sus vivencias, esos éxitos con los tangos y jaleos que él conoce a la perfección: “No tiene mucho mérito, nosotros estos cantes los llevamos haciendo toda la vida. Sólo los podemos hacer ‘nosotros’, hay que beber en la fuente. En el flamenco el 60 por ciento es garganta y el 40 por ciento corazón, y si éste no funciona, no funciona nada. Hasta Ramón El Portugués o El Guadiana se pierden en el soniquete de los tangos, porque pierden el contacto con Badajoz, con la raíz que son los gitanos de Badajoz”.

Y se pide otro café. Definitivamente la mañana invita a seguir hablando, a seguir descubriendo, y entre café y café, Zambrano y El Magdalena me invitan a la Asociación de Arte Flamenco de Badajoz a comer un arroz con liebre. No es un cante autóctono, pero flamenco desde luego. Con Lolo Iglesias, escritor y estudioso del flamenco, no tengo porqué concertar un encuentro para este reportaje: nos encontramos en todas las citas flamencas que hoy hay en Badajoz. Le hablo de los cantes de la tierra y de nuevo me remite a los gitanos. Él, que se autodefine “gitanófilo”, no puede negar que ellos son el auténtico alma máter de estos cantes. “A nosotros se nos conoce y se nos reconoce gracias a nuestros tangos y jaleos. Son del pueblo gitano y a ellos se lo debemos. Que por lo menos quedemos claro que son de ellos, que para cantarlos tiene que sonar gitano. Hay cantaores que lo hacen muy bien, pero de verdad tiene que sonar gitano”. Y continúa contando: “Antes estos cantes eran más rápidos, se hacían con el bastón, y el Porrina de Badajoz fue el que los ralentizó.

A mí me gusta mucho el cante, por eso siempre hay que escuchar, pero muero por el cante gitano, el cortito y con pellizco”. Lolo Iglesias, autor del libro Badajoz, Ciudad Flamenca, editado por la Diputación de Badajoz, también destaca como elemento importante en la existencia de estos cantes aquellos personajes y profesionales que han quedado en el olvido. “Son importantes porque le han dado ‘flamencura’ a la ciudad. Son los que han hecho que Badajoz sea una ciudad flamenca por los cuatro costados. Esta ciudad rezuma flamenco en el carácter, y es flamenca no sólo por Porrina, ni por Manolo de Badajoz, sino por esos aficionados”.

Y es cierto, porque los cantes autóctonos son los que son: raíz y carta de presentación del flamenco en Extremadura, pero no debemos olvidar las creaciones personales; una serie de estilos que se suman al acervo cultural de este arte: taranta de Pepe El Molinero, fandangos de Pérez de Guzmán, del Porrina de Badajoz o de Manolo Fregenal. Riqueza cultural, musical, que se nos ha sido dada y que nos ayuda a enriquecer nuestro propio arte. Aficionados, intérpretes, artistas que, aunque luego no tengan el privilegio de contar con un justo reconocimiento, les debemos nuestro respeto, sobre todo conociendo este mundo del flamenco que en el ámbito profesional se debate entre el crítico, el capricho, la novedad y la hondura del propio cante.

Cantes autóctonos y la ciudad de Badajoz como testigo y guardián de todos ellos. Para Iglesias, la ciudad pacense ha sido y es el lugar donde todas las músicas que han influido en que el flamenco sea lo que hoy es se han dado. “Desde el carácter heredado de los tartessos, hasta lo sefardí, los cantes árabes. Todo se ha dado aquí. Deberíamos hablar, en vez de como decía Mairena del arte gitano-andaluz, del arte gitano sureño, porque Extremadura tiene mucho que decir en todo esto. El flamenco no es exclusivo de Andalucía”.

Nos vamos a la Plaza Alta, a buscar al Tito Alejandro, uno de los cantaores que formó parte de ese primer disco editado tras la interpretación de los primeros Premios del Concurso Nacional de Cante Extremeño que durante 1986 y 1987 organizó la Federación de Entidades Flamencas de Extremadura. Alejandro Vega, gitano, sobrino del Porrina y una institución en la ejecución de nuestros cantes, nos comenta que “sólo se puede llegar a los tangos y jaleos siendo gitano”, y recalca que “algunos hacen los cantes ‘livis’ y nosotros hacemos los autóctonos. Es por donde podemos competir con el resto del mundo. Nosotros en nuestros tangos y jaleos toreamos más que Talavante, ¡sobrina!”. Y claro, a esta redactora no le queda más que sonreír cuando ve la seguridad y el compás del sobrino del ‘marqués’ sobre la mesa de tablas donde nos hemos sentado.

No es el único imprescindible a la hora de escuchar los cantes autóctonos. Vega se acompaña en la mayoría de sus actuaciones de La Kaíta, El Nene, El Peregrino, David Silva y, por supuesto, de Los Vargas. Cante, y guitarra, porque, si bien es cierto como comprobamos que existe un cante autóctono, ¿podríamos hablar de un ‘toque extremeño’? Para encontrar la respuesta hablamos con Perico de la Paula, guitarrista cacereño, estudioso y bloguero flamenco. “Si hablas del toque autóctono extremeño, te tengo que decir que no, ya que este toque está fundamentado principalmente en la figura de Miguel Vargas y para tocar por jaleos y tangos extremeños no sólo hay que estudiar a Miguel Vargas, hay que soñarse con su toque y su manera de sonar. El toque de los tangos y los jaleos tienen sus matices perfectamente tipificados, sus falsetas presentan siempre un sabor añejo. Se utilizan las técnicas del punteao, del tirao, del ligao, del pulgar, de la alzapúa y de los arpegios, siempre con un sabor antiguo. La síncopa del jaleo marcada en la tapa de la guitarra debe ser constante, las respuestas de la guitarra a la hora de cantar por jaleos tienen que hacerse y los pasajes finales de las falsetas y los rasgueos a la hora de cerrar el cante de los jaleos y los tangos son sellos únicos y autóctonos, del toque extremeño”.

Me alejo de los intérpretes de nuestro arte, y me dejo llevar por él. Escucho flamenco y me pongo a escribir. Nada como el silencio a la hora de enfrentarse al cante, nada como el saber escuchar. Luego, todos los aplausos del mundo, pero primero el respeto y la humildad. Ese con el que cuidaron, mimaron y preservaron de la ‘prostitución’ del cante los que durante años lo mecieron por las calles de la Plaza Alta. Ese patrimonio escondido que, tras horas y horas de estudio, se conserva de la mejor forma posible: desde el respeto y el reconocimiento.

Texto: Mª Isabel R. Palop

En Vivir Extremadura encontrarás información y noticias diferentes de Extremadura. (Entrevista publicada en el número 40 de la revista Vivir Extremadura)