Al suroeste de la provincia de Cáceres, en la aguzada punta con que Extremadura pica el costado luso, se localiza un territorio único por su belleza, desconocido y emocionante. Una tierra poblada desde tiempos inmemoriales, regada por un río sagrado que antaño nos separara y que hoy vuelve a unir a españoles y portugueses en la anhelada Iberia saramaguiana: el Tajo Internacional, o Tejo Internacional, si lo miramos desde el otro lado, es ahora más que nunca un desafío, un modelo de esfuerzo común; la última frontera natural de la vieja Europa.

No en vano nuestros antepasados poblaron estas tierras desde hace cinco mil años, dando lugar a lo que hoy llamamos la cultura megalítica -literalmente la cultura de las “grandes piedras”- cuya impronta queda aun visible en dólmenes y menhires. Los dólmenes, o antas, en portugués, son construcciones de naturaleza funeraria, cuyos ritos desconocemos, pero que otorgan carácter sacro a la vida y a la madre tierra. El espectacular Centro de Interpretación del Megalitismo, un moderno edificio con forma de túmulo en Santiago de Alcántara, desvela los misterios del legado de estos hombres y mujeres en el Tajo/Tejo Internacional, que con más de doscientos dólmenes catalogados a ambos lados del río, conforma el mayor conjunto megalítico de Europa.

Pero la prehistoria no es más que uno de los numerosos atractivos de este territorio que, situado fuera de las principales vías de comunicación y fuertemente determinado por su posición fronteriza, ha desarrollado un modelo de evolución demográfica y económica que ha contribuido al excepcional estado de conservación del medio natural, lo que ha propiciado su declaración como Parque Natural a ambos lados de la frontera y el germen de un espacio protegido de gestión internacional. Especies en peligro de extinción como cigüeñas negras, águilas culebreras y alimoches, vuelven cada año desde la remota África a criar aquí a su prole; y águilas imperiales, reales y perdiceras, buitres negros y leonados, hacen de estas orillas su hogar permanente, recortando su silueta entre el azul del cielo y el de las aguas del padre Tajo.

El encinar es el bosque predominante en riberos y aledaños, en asociaciones vegetales con jaras, jaguarzos, cantuesos y lentiscos. El efecto termorregulador de la masa de agua propicia el desarrollo de alcornoques y quejigos en las umbrías, junto a especies arbustivas ligadas a este grado de humedad, como coscoja, mirto, aladierno, rusco, durillo y brezo blanco. En frente, en las solanas, acebuches, enebros, piruétanos y espinos negros pueblan las abruptas laderas, y en los cauces de riveras y arroyos, aparecen sotos de alisos, fresnos, sauces y almeces. Mención especial merecen las delicadas variedades de orquídeas, y por supuesto, el Iris lusitanica o lirio portugués, un endemismo lusoextrematurense que es ya el emblema de este territorio fronterizo.

Aunque aquí la frontera es y no es: es porque lo fue, y porque el río se empeña en tener dos orillas, pero no lo es porque aquí no se llama frontera, sino Raya, y la cultura rayana nace y existe por igual a ambos lados del río. Mucho tiempo fueron testigo estas orillas de intercambios de café, tabaco, lana… siempre ocultos a la vista de carabineros y guardinhas. Pero también se intercambiaron maridos y esposas, ideas, palabras y habilidades, por lo que aquí, la adhesión de ambos países a la Comunidad Económica Europea y la desaparición de la frontera, supusieron en realidad un nuevo punto de partida de las relaciones soterradas de dos pueblos, que sólo políticamente vivían de espaldas.

“¡Qué austero, qué solemne, cuán emocionante es el Tajo de España!. Con esta conmovedora descripción retrataba nuestro río, en el siglo XIX, el hispanista y viajero inglés Richard Ford. Pero no sería justo hablar sólo del solemne Tajo en los más de 100 kilómetros de aguas internacionales que componen esta frontera natural; el río Erjas construye la Raya hacia el norte, con sus imponentes cañones rematados por el castillo de Peñafiel, recuerdo de la importancia de la orden de Alcántara en estos lares y origen de la cercana población de Zarza la Mayor. Mientras el Sever, auténtico pulmón verde de la Campiña, lo hace hacia el sur, desde Valencia de Alcántara y su magnífico barrio Gótico Judío, hasta la población de Cedillo.

Precisamente hasta la localidad de Cedillo llega una de las dos rutas que, partiendo desde el muelle de Herrera de Alcántara, recorrerá el gran río durante todo el año en el barco “Balcón del Tajo”. La otra, que unirá esta localidad con el embarcadero de la fuente de la Geregosa, manantial mineromedicinal de aguas sulfurosas en Santiago de Alcántara, será de carácter estacional debido a las limitaciones derivadas del periodo de nidificación de las aves. Ambas rutas tendrán una duración aproximada de dos horas, a bordo de esta embarcación monocasco con capacidad para 80 personas, especialmente diseñada y construida para realizar cruceros turísticos en aguas interiores. De esta forma, Herrera de Alcántara, que ya en el siglo XVIII tuviera puerto fluvial desde donde se embarcaban mercancías hasta Lisboa, recobra su tradición marinera con este nuevo servicio que mostrará al visitante, navegando en aguas internacionales, el corazón del Tajo/Tejo Internacional.

 

Así pues, hoy deja de ser quimera el sueño de la navegación del Tajo, largamente acariciado, que la bravura del río las más de las veces, y su doma en embalses las otras, truncaran durante siglos; y nos vuelve a la memoria la estampa de aquellas barcazas recortándose bajo los arcos del puente de Alcántara, cargadas de lana, aventura y trigo, camino de Lisboa. Ese mismo puente y ese mismo río Tajo retratados en innumerables lienzos durante milenios, e inmortalizados negro sobre blanco por insignes viajeros como don Miguel de Unamuno, quien sobrecogido ante su imponente presencia escribiera: “¡… y se abaja después bajo las horcas caudinas del majestuoso puente romano de Alcántara -una de las mayores hermosuras que en España puede verse- y entra en Portugal a morir rindiendo sus fatigadas aguas al Atlántico!“.

Texto: Agustín Gallardo