El Vall de Xalima por el que viajamos camino de la villa templaria del Gran Maestre Gualdins Pais se nos muestra aún con la desnudez del invierno. Junto a los cauces embravecidos se dejan ver antiguas almazaras de trojes derruidas por el desuso y el olvido.

 

 

Valverde del Fresno aparece entre nubes atrapadas por las imponentes alturas de la Sierra de Malcata. Portugal se anuncia cercano. La lluvia parece dar un respiro a los viajeros.

Junto a la carretera que nos ha de llevar más allá del río Erjas aparece Casa Laura, parada obligada en estos caminos de antiguos macuteros. Dos cafés y dos tostadas de aceite le pedimos a un camarero que mientras nos atiende cierra, a través del móvil, el precio de unas amanitas ponderosas.

 

Es hora temprana y Casa Laura acoge a parroquianos de un lado y otro de La Raya. En animadas conversaciones comentan asuntos de ganados y cosechas… Pero decidimos dejar este punto de encuentro rayano aprovechando un momento en que parece abrirse un claro en los cielos brumosos y plomizos.

 

 

El río Torto fluye caudaloso y en calma tras dejar atrás los abruptos pasos de Malcata. Penamacor aparece en lo alto de un impresionante cortado. La Torre del Homenaje de la antigua fortaleza se antoja como un impresionante y altivo mascarón pétreo en medio de la Beira.

A través de empinadas y laberínticas calles alcanzamos las alturas almenadas de la vieja villa. Aquí el tiempo parece haberse detenido, como si desde la Torre del Relógio nunca se hubiesen marcado más horas que aquellas buenas horas del heroico rey Don Sancho I. En pocos lugares el viajero se sentirá tan lejano de su propio tiempo como en estas empedradas ruas de la vieja villa de Penamacor por donde la vida pasa en calma y por donde las palabras transitan quedas, como si quisieran esconder algún viejo secreto tal vez de amor, tal vez de olvido.

Por medio del aire llega poderosa la música de Mariza en forma de melancólico fado. “Quando o amor / É mais que uma ansiedade / É a dor / dum fado sem idade”. De nuevo las palabras quedas, la vida calma, los aromas a coentradas, los antiguos y nobles oficios como el del señor Antonio Duarte que nos muestra orgulloso la vieja azuela de carpintero que fue de su padre y del padre de su padre.

 

 

“Aquí nací y aquí estaré hasta que el Señor esté a mandar”, nos dice la señora Herminia que pregunta a los viajeros el porqué del viaje mientras cuenta que antes, en las calles de la vieja villa, se podía escuchar la algarabía y los juegos de los meninos. “Ahora aquí sólo quedamos los mayores, los jóvenes ya no quieren vivir entre estas piedras”, y señala lo que -nos dice- es su casa.

Cruzamos a antiga porta da vila para acudir al encuentro del Penamacor de los cafés y de los entrañables comercios, donde junto a porcelanas de Macao encontramos elegantes bordados o las cálidas mantas de trapo. Estamos en la Rua 25 de Abril donde tiene su pequeña taberna el gallego Juan Andrade, quien nos dice que llegó a estas tierras de la Beira por matrimonio hace ya doce años. Antes, comenta, anduvo por Barcelona. “Esto es un poco como Galicia por el idioma y también un poco por la saudade”. La acidez del vino nos recuerda a los vinos gallegos. “No, no es de Galicia –comenta- es un vino parecido a los Ribeiros que aquí llaman vinho verde tinto, que se hace por Ponte da Barca”.

 

 

Dejamos la Taberna Santiago de Juan Andrade no sin que antes nos muestre las profundidades de un pozo de aguas cristalinas, horadado en la roca en la que toma asiento la construcción granítica de la casa. A la salida llama nuestra atención la inclinada torre de la iglesia de Santiago, iglesia matriz del siglo XVI y que como tantas otras iglesias sufrió en sus campanarios la fuerza del imponente terremoto de Lisboa de 1755.

 

 

Pese a la lluvia el día es apacible. Las temperaturas de un marzo creciente resultan agradables. Iniciamos aquí un tranquilo camino que nos ha de llevar hasta la belleza renacentista del Convento de Santo Antonio del siglo XVI y que acogió desde sus orígenes a frailes capuchinos llegados de Portalegre. Desde los jardines del convento, desde el Terreiro de Santo Antonio, la mirada se escapa a la belleza de la Sierra de Malcasa. Allí, en algún lugar recóndito, entre madroños, brezos y castaños, el lince ibérico mantiene una dura y cruenta batalla por la supervivencia.

 

 

El Relogío nos dice, ahora sí, la hora: las dos de la tarde. Es, nos decimos, la hora de las viandas y acudimos a O Jardim, un pequeño y tradicional restaurante que se abre a través de grandes ventanales al recoleto Jardín de la Republica. Sopa de gallina, bacalao al horno y cabrito asado son el refrigerio al que acudimos y que acompañamos con un tinto reserva alentejano, Paço dos Alcaldes, de las variedades Aragonés y Trincadeira. Para finalizar, dos cafés y un aguardiente viejo, los cafés y el aguardiente gentileza de la casa. Total 25 €.

De nuevo el viaje, la carretera. Ahora, el sur, el Erjas bajo el puente romano de Segura. España al otro lado. En la radio anuncian la llegada de la primavera.

Texto: César Serrano

Fotos: Álvaro Fernánez Prieto