Ya es un proceso irreversible, imparable. Nadie lo cuestiona. Se apagan las últimas luces. Se disipan los modos de vida más arraigados de nuestra cultura rural. Una muerte inmensa donde no hay culpables, sólo el tiempo que propicia el cambio.

Multitud de elementos del paisaje rural extremeño, tan sólo quedan como recuerdo de un modo de vida que ya pasó de moda, testigos del despoblamiento y abandono de nuestros campos. Hoy, las raíces de los árboles y el matorral se incrustan en las heridas abiertas de esta triste realidad. La humedad se cuela por los techos destejados y cala unos huesos enfermos que apenas sostienen las paredes de los cortijos más hermosos.

Aún retumba. Se oyen todavía en laderas, collados y morras el trote de las mulas, chasquidos de látigo y silbidos campesinos. Durante décadas, el mareante carrusel de bestias y trillas pisoteaba las espigas de centeno austero y se elevaba la parva viajera en días de aire solano. Palas, cribas y aventadoras perfumaron de heno los campos que ahora tan sólo huelen a monte. El mosaico humanizado del paisaje extremeño dio paso a una pobre mancha de matorrales uniforme y apretada.

El patrimonio rural y su arquitectura popular, un patrimonio “menor” desprotegido. Sí, es verdad, no contienen joyas ni fueron tallados con materiales nobles; nunca recibieron visitas solemnes de linajes y santos; no tienen el arcaísmo tosco de una pintura dibujada con sangre sobre un lienzo de cuarcita, ni la antigüedad de unos amarillentos legajos dibujados sobre curtidas pieles de ternero; no visten esa elegancia vertical de campanarios y torreones; no fueron, tampoco lo son y nunca serán, destino de creyentes y tullidos. Pero simbolizaron un modo de vida, un ejemplo de lucha del hombre de campo. Hombres que miraban al cielo, hombres que maldecían al sol y al viento reseco del solano que marchitaba la grana. Hombres de ojos morenos y mirada azulada, reflejo de los cielos a los que suplicaban en un rezo permanente.

Porque detrás de esta inmensa ruina material, se esconde una pérdida aún más dolorosa: conocimiento, tradición, identidad... Y no hay centro de interpretación, mesón típico o casa rural que pueda recuperarlo.

Se extingue el mundo rural y se deshilacha a pasos de gigante la memoria tejida por el hilo de palabras propias de su cultura. Palabras en desuso, palabras que ya no están en los diccionarios y que sólo permanecen en la memoria de los ancianos. Palabras nacidas de la pura necesidad, de la misma raíz de la tierra, del estrecho vínculo del hombre con la Naturaleza. Herramientas, utensilios de labranza, oficios artesanos desaparecidos, nombres de plantas y de razas animales, formas de construir, cultivar y de tratar al ganado, del tiempo que hace y del que vendrá, maneras de relacionarse y de pensar…Se extingue la cultura rural, mueren los ancianos y mueren las palabras. También el recuerdo, la memoria pasada, los nacientes de lo que somos.

¡Acerquémonos más al mundo rural!, no sólo para reencontrarnos con valores que el desarrollo ha expulsado de nuestras formas de vida cotidiana, sino por razones de solidaridad, de pura supervivencia de esos modos de vida tradicional que generan la diversidad cultural y paisajística que tanto nos cautiva, de la supervivencia de los productos naturales y la gastronomía de calidad que tanto apreciamos…

Texto y Fotografías: Víctor Manuel Pizarro