Este es un viaje largamente demorado, también largamente deseado. Quizás por todo ello, el viaje, este viaje al agua, sea un ir y venir a través de los acueductos del tiempo y la memoria.

Cornalvo, azogue milenario donde desde antiguo se mira una naturaleza poderosa y frágil. No, no le resulta fácil al viajero describir la belleza de los paisajes, de los sonidos y de los perfumes que, sentado frente al castellum de Cornalvo, le alcanzan y le arrastran mucho más allá del penetrante olor a jara, mucho más allá del monótono canto de las abubillas o de la delicada belleza de las orquídeas que, con su misterioso esplendor, se asoman a la dehesa.

Es desde este aturdimiento del paisaje desde el que el viajero alcanza los antiguos hortus de Emerita Augusta en los que crecen vides y olivos que son regados con las aguas que venían desde Cornalvo y que llegaban a través de acueductos y canalizaciones (aqua augusta) que aún hoy podemos apreciar en medio de los encinares y alcornocales del parque.

Pero éste hemos dicho que es un viaje que va de la ensoñación de los lares perfumados por el mirto y las violetas y donde los hombres conversaban con los dioses, a unos paisajes donde los ingenios del agua se asoman milenarios, eternos, como en el azud del Muelas que aparece cubierto de floridos ranúnculos y desde el que llega el agua desde hace 2000 años a la presa de Cornalvo. Lo hace a través de un trasvase entre cuencas y gracias a una prodigiosa obra de ingeniería que data de los tiempos de Augusto.

De nuevo Emerita Augusta, y aquí los sonidos del agua en las elegantes fuentes del peristilo que rodea el teatro, donde crecen laureles y cipreses que dan la bienvenida a los bravos capitanes, a las legiones victoriosas que llegan de la guerra y que aquí encuentran el descanso merecido tras el doloroso y cruel combate. Es la hora de detenerse en los placeres del fruto de las vides, de sentir las noches que ahora perfuman los rosales y el boj, de escuchar los discursos alzándose sobre el murmullo del agua que brota de los surtidores en los estanques.

Suena el agua con fuerza, con toda la fuerza de las grandes avenidas tras el paso de las tormentas. El paisaje ahora es de alisos, de fresnos, de enormes rocas pulidas por el paso del agua y el tiempo. Estamos en el Rugidero. Hasta él, hasta este arroyo lleno de inquietantes recovecos, llegan las aguas aliviadas de Cornalvo. No será difícil sentir en el caudaloso arroyo la presencia de los galápagos, los sapos parteros y los jarabugos que de antiguo colonizan estos cauces que llegan desde las alturas de Sierra Bermeja.

Canalización romana

El espino albar deja sentir un largo y hondo perfume que guía a los enjambres desde las escondidas colmenas. Sobre el zumbido de las abejas, de nuevo el sonido del agua, ahora fluyendo a borbotones en profundos manantiales en el llamado Valle del Borbollón. Desde aquí, y a través 25 kilómetros de abovedadas galerías, llegaba el agua a las fuentes en las que saciaba su sed la Emerita Agusta. Quizás también de estas fuentes manase el agua del bautismo de la Niña Santa.

De nuevo se deja sentir el monótono sonido de las abubillas, el que ha arrastrado al viajero a la antigua memoria del agua que aquí en Cornalvo es memoria milenaria.

Texto: Lucas Riolobos
Fotografías: Álvaro Prieto

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