Se me conoce por Gil Cordero, también por Gil Santamaría de Albornoz. De seguro que no merezco tal fama con que me ha honrado la historia. Tan solo tuve la fortuna de extraviar una vaca en aquéllas abruptas sierras de las Villuercas, junto al río Guadalupe. Suerte, sí, porque allí, Madre, encontré vuestra figura, de madera de cedro, oscura, cenicienta… aún bajo tierra deslumbró vuestra luz.

Cuentan que honrasteis el último sueño de San Lucas; que de Génova viajasteis en manos devotas a Sevilla; que la huída del invasor os arrastró hasta estas tierras del norte de la Extremadura…. Aquí, vuestros milagros surcaron cielo y tierra y fueron levantando los cimientos de vuestro Santuario.

Siglo de vasta devoción aquel de Oro, en el que peregrinos europeos acudían como éxodo al ya tan amado Monasterio de Guadalupe. Aquel mismo donde la Orden Jerónima dedicara sus fuerzas a la investigación y la cultura. Aquel que fuera revulsivo para la ciencia. Aquel en cuyo hospital se ejecutara la primera disección del cuerpo humano… Pareciera que vos estabais tras sus movimientos.

“Assi por mar como por tierra” me comunicasteis vuestra ayuda o milagros. Un anuncio, dicen, del encuentro del Nuevo Mundo. Y como si lo hubierais susurrado a Don Cristóbal Colón, aquí, en vuestro Monasterio, recibió el Decreto de Sus Majestades los Católicos para su viaje.

Dicen que América se bautizó en Guadalupe. Pobre de mí, ignorante pastor, no sabría si es cierto o no, lo que sí puedo asegurar es que aquí, Don Cristóbal quiso bautizar a dos de sus siervos, a la vuelta del histórico y casi milagroso –con vuestra licencia- hallazgo.

Nunca mereceríais menor título: Patrona de la Evangelización del Nuevo Mundo, Patrona de la Humanidad. Y va sonando vuestro nombre en las Américas. Y cuentan de vuestra presencia en el Cerro del Tepeyac, al norte de la ciudad de México, donde hicisteis nacer rosas de tierras áridas y muertas… Y hoy, cada 11 de diciembre, los mejicanos danzan y entonan las “Mañanitas Guadalupanas”.

Alabemos también las azañas de Hernán Cortés, Pizarro, Pedro de Alvarado, Vasco Núñez de Balboa, cantemos sus gestas y proezas en las que siempre llevaran vuestra devoción y advocación. Perú, Colombia, Bolivia, México… “¡Bendita tú!” que unes a tantos corazones.

Evitando abusar a veces me dejo arrastrar por el apetito de la historia y la belleza que os rodea. La reja de la Capilla Mayor, los lienzos de Carducho y Caxé, las pinturas de Carreño y el mismo latido del corazón de Zurbarán. De la Sacristía paso a arrodillarme ante vuestro Camarín, anhelando la hermosura y la riqueza que veo y la que siento.

Madre, Oh Madre, ¿para cuándo la provincia eclesiástica extremeña verá cumplido su sueño de sentiros suya? ¿Es acaso pecado este empeño? ¿Sentirá ofensa Toledo por esta súplica?

Texto: Mari Cruz Vázquez

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto