Hasta algunas décadas, Navalmoral no era más que una referencia geográfica, una localidad que centralizaba un amplio nudo de comunicaciones hacia otros núcleos urbanos y territorios del noreste extremeño. Era fácil, y sigue siéndolo, encontrar reseñas de Navalmoral en las que se la definía como una localidad de servicios con escaso interés turístico o histórico, reduciéndola a una población de tránsito, pero situada junto a valiosos entornos naturales o en la confluencia de importantes poblaciones históricas o monumentales. Sin embargo, a pesar de esta atribución, como lugar de paso, o como solía decirse antiguamente, de parada y fonda, Navalmoral, sin desdeñar esta impronta, ha sabido convertirse en una ciudad de acogida y de encuentro.

Sobre su concepción, entre sus propios pobladores, hay quien le gusta definir a Navalmoral como un pueblo grande, y otros referirla como una pequeña ciudad. No existiendo término intermedio, se concibe con ambos rasgos, ya que conserva elementos del pueblo tradicional, con barriadas de arquitectura popular, y perfiles de una ciudad moderna con una amplia infraestructura de servicios. Así encontraremos vecinos que se sienten vivir en un tranquilo pueblo, o los que expresan la sensación de vivir en una pequeña urbe donde se puede acceder a toda clase de servicios. Esta misma vaguedad en su percepción, también se extiende a la certidumbre de su población real. Con un censo próximo a los 20.000 habitantes, su condición como cabecera de comarca agrega una importante población residente, por lo que su número de vecinos superaría ampliamente dicha cantidad. Como municipio de transito su historia nos traslada a los años de su fundación, seis siglos atrás, cuando grupos de pastores trashumantes llegaban desde las sierras de Avila, en el invierno, a pastar con sus rebaños; y de muchos viajeros procedentes de la capital y de tierras castellanas. Fueron aquellos pastores, de cayado y zurrón, los fundadores de la villa, mancomunados en una única clase social. Tal vez por ello, Navalmoral hasta muy entrados los siglos, habría sido una villa sin distinciones, castas o linajes. Y a diferencia de otras villas históricas próximas, con sus baluartes, Navalmoral creo su historia como un pueblo franco.

Una aldea cimentada por la laboriosidad de humildes pastores y campesinos, cuya naturaleza es el distintivo que ha sustentado el carácter de los moralos durante siglos. Un pueblo abierto, llano y hospitalario, forjado así mismo, nacido de la igualdad de sus ciudadanos, que fue aglutinando a gentes procedentes de regiones, comarcas y pueblos limítrofes y que también ha sabido acoger en los últimos años a una importante población inmigrante, con más de una treintena de nacionalidades. Una prueba de este carácter hospitalaria era una costumbre antigua de no cobrar impuestos ni otros cargos a los que se empadronaban en el municipio y a los recién casados, una práctica que hacía sentirse al forastero integrado desde el primer día.

 

Plaza del Ayuntamiento

Situada al noreste de la provincia de Cáceres, en las proximidades de la provincia de Toledo, abarca un amplio territorio que alguna vez lo ocuparon extensos trigales, o fértiles praderas donde pastaban rebaños de vacas y ovejas. De aquellos años campesinos, apenas si quedan testimonios, tal vez, algún pequeño huerto donde todavía perviven algunos frutales e higueras; o sus manantiales y fuentes, como la Bamba y los Caños, de donde se suministraban de agua los vecinos, cuando todavía no existía red de abastecimiento; o sus arroyos, todos canalizados y alcantarillados bajo el núcleo urbano.

Sobre los orígenes de la villa, la historia la remonta a una pequeña Venta o Casa de Posta, donde se detenían las caballerías que tomaban el antiguo Camino Real desde Madrid o Talavera, ahora autovía A5. Su topónimo hace referencia a un viejo moral que la tradición situaba junto a la mencionada parada. Las caballerías se detenían junto a la Venta, así como los pastores, que se asentaban junto a los arroyos y manantiales. Algunos de aquellos viajeros continuarían su viaje, pero otros muchos decidieron asentarse en este territorio y fundar la villa.

 

Ermita de San Isidro

Como lugares de interés destacan la iglesia parroquial de San Andrés, del siglo XV, de estilo gótico plateresco, en la que sobresale su retablo y coro; la ermita de las Angustias, erigida en el siglo XVI; o edificios emblemáticos como la casa de Comillas, que acogió a nobles huéspedes como el rey Carlos IV; el antiguo Instituto Antipa- lúdico, que es el actual Juzgado; las escuelas Antonio Concha, con su Biblioteca, que alberga una valiosa colección de libros antiguos, algunos únicos. Destacar además su Museo Arqueológico, que nos permite descubrir la historia más remota de Navalmoral y su comar- ca, y su museo del Carnaval.

El municipio tuvo una época de esplendor industrial, en los años 1950 con fábricas de harina, de pimentón, de madera, uno de los centros de fermentación de tabaco más importante de Es- paña; un conjunto económico que ha mantenido su progre- sión industrial más o menos atenuado por las diferentes crisis económicas, y que en la actualidad acoge a más de un millar de empresas de toda índole, entre las que destacan principalmente las del sector hostelero y comercial. Sólo en el servicio de hostelería y restauración Navalmoral cuenta con más de un centenar de bares y restaurantes, y en el comercial, más de un millar están ubicadas en el municipio.

 

Su principal propuesta turística es el Carnaval, que junto al de Badajoz, son los más importantes de Extremadura. Aún admitiendo que el de Badajoz es más reconocido, obviamente por su número de habitantes, el de navalmoral es el más antiguo y completo de Extremadura, con cinco días de fiesta ininterrumpida; esta impronta carnavalera en las gentes de Navalmoral lo remarca el hecho de que es la única población extremeña cuya festividad local no tiene connotaciones religiosas, tal vez por ello siempre ha tenido una aureola de indiferencia a lo clerical, algo que contradicen sus notorias fiestas patronales.

Su oferta hostelera hace de Navalmoral un centro neurálgico vital para todo el que desee visitar tanto Navalmoral como Extremadura. Como pórtico extremeño, ha adoptado la tarea no sólo de mostrar sus peculiaridades, sino de descubrir Extremadura al visitante, especialmente los lugares de su entorno, como son los pueblos del Campo Arañuelo, comarca a la que pertenece, o las comarcas de los Ibores, la Jara, y la Vera, o parques naturales como las Villuercas y Monfragüe. El visitante además podrá reconocer el ambiente comercial, y sus propuestas gastronómicas, tan amplias como esta- blecimientos se reparten por todo su casco urbano, y la posibilidad de degustar productos propios de la región, nacionales, incluso productos de la cocina internacional.

 

Texto: Roberto Machuca

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto