Asentado en la que fue dehesa boyal de Huertas de Ánimas, muy cerca de Trujillo, el sacerdote José Blanco, verdadero artífice de la construcción, ha recreado, con la ayuda de los vecinos del pueblo, una antigua aldea, un museo que engloba la arquitectura tradicional, los útiles, los usos, las costumbres y formas de vida de la antigua sociedad rural, esencialmente extremeña.

El museo se estructura alrededor de un patio central, donde se distribuyen edificaciones de dos plantas, que acogen los diferentes ambientes etnográficos. Prácticamente sin recursos, a excepción de los aportados por los vecinos del municipio, y el trabajo ingente realizado por el propio fundador, a lo largo de la década de los 90, se fueron desarrollando las distintas fases de construcción que han culminado con el actual museo, y con la perspectiva futura de habilitar nuevos espacios de exposición. Actualmente se pueden visitar alrededor de veinticinco salas perfectamente integradas en el conjunto arquitectónico, y al mismo tiempo delimitadas, de modo que el visitante pueda reconocer independientemente las diversas facetas de la vida rural en tiempos pretéritos.

Es un recorrido didáctico y a veces sorprendente, en el que los guías que acompañan al visitante, van describiendo prácticas y costumbres sociales ya olvidadas. Una visión llena de sensaciones que nos acercan a modos de vida más próximos al medio natural, una proximidad que podemos constatar mientras nos recreamos en los distintos pasajes fielmente reconstruidos. No parece un recorrido museístico sino un salto espacial y temporal a una recóndita aldea extremeña. Una perfecta representación, con piezas y elementos aportados por los vecinos del pueblo, auténticos partícipes de este museo al aire libre, de donaciones externas, o adquiridos en anticuarios para completar los contextos de exposición.

Cada una de las salas tiene un perfil especial; algunas destacan por la esplendida ambientación de los espacios, como la denominada “Cocina de Gañanes y Aparceros”, que representa el lugar que acogía a los temporeros que trabajaban en la arada, la siembra o el esquileo; o la vivienda tradicional de las Hurdes o de Sierra de Gata, con su mobiliario sencillo y artesanal, construida sobre el establo, que contrasta con la acondicionada casa de las familias pudientes con su sobrio y vistoso mobiliario. No falta la taberna, lugar de encuentro de aquellos esforzados hombres que, después de las largas jornadas de trabajo, se reunían para hablar del devenir; sin olvidar un lugar, ocupado por pequeñas mesas bajas, donde los ancianos echaban la partida de cartas o de dominó.

Una muestra que en muchos casos inspira la nostalgia de los visitantes más adultos, como la que produce contemplar la vieja escuela, con sus pupitres perfectamente alineados y el rincón de los cagones, en el que se sentaban los niños más pequeños. En las perchas, las taleguillas de tela oscura, que usaban los niños de familias humildes para llevar el escaso material escolar, o el cabá, cartera de piel, o de madera, que portaban los de familias acomodadas. Y bajo la mesa del maestro el calienta pies que nos dice de aquellos fríos de antaño, cuando la calefacción era una utopía.

Otras salas tienen un contenido más pedagógico, como las dedicadas a la industria agrícola, con una importante muestra de arados que, expuestos cronológicamente, nos van detallando su evolución en el tiempo y sus técnicas de empleo; la de los pesos y medidas; el telar, complementado con cardadores, ruecas y devanadoras; un espacio denominado “Ambiente Fuegos”, con una exposición de infernillos, destacando el de petróleo, utilizado en los años 60, que liberó a la mujer de las cocinas de carbón.

Algunos de los ambientes son tan completos en su caracterización que podrían funcionar como tales, como la zapatería, en la que se podrían arreglar unos zapatos; la tahona, con todos los elementos necesarios para obtener pan; la herrería, la carpintería, la barbería e incluso la bodega, que incluye todos los elementos para la elaboración de vino.

También se ha dado importancia a las manifestaciones religiosas, básicas en las sociedades rurales, con una pequeña capilla decorada con hornacinas ocupadas por diversas imágenes de santos y vírgenes, y una amplia sacristía que contiene abundante material litúrgico y religioso.

Uno de los elementos más representativos del museo, tal vez por ser la manifestación constructiva que identifica la Extremadura rural, es el chozo. Éste ocupa el patio central y fue realizado por pastores de Huertas. Está formado por una estructura de madera de encina, revestida de escobones en el exterior, juncos y pajas de cereal en sus capas centrales, y también escobas en la cara interior. Se reforzaba su base exterior con bardo de taramas que protegían la estructura de los animales. El chozo servía de vivienda a las familias dedicadas al pastoreo durante largas jornadas. El interior lo ocupaba, en su parte central, sobre una lancha, el hogar, que servía para cocinar o caldear el recinto; al fondo se ubicaba un lecho vegetal sobre el que dormía la familia; a ambos lados de la entrada, cerrada con un portón de madera, la alacena con los alimentos y utensilios domésticos, y al otro lado, las ropas y otros elementos que colgaban de perchas, también llamadas garabatos, hechas de madera. En el exterior se hincaba el caramancho, un tronco seco ramificado, donde se colgaban las sartenes, perolas y otros útiles, además de la leche procedente del ordeño. Se iluminaban con candiles de aceite o lámparas de carburo. Junto al chozo principal también se construían chozos más pequeños y menos elaborados, como el chivero o el gallinero. Los pastores también montaban un chozo de madera, de escobones o juncos, que servía para dormir junto al rebaño en los rediles y que trasladaban todas las noches de lugar.

Texto: Roberto Machuca
Fotografías: Álvaro Fernández Prieto