El museo de Juan lleva 18 años en pie y es el sueño de cualquier aficionado al motor. Un paraíso donde todos los coches son V8 y las motos parecen tener vida propia gracias a los exquisitos cuidados de su peculiar dueño. No sólo es el cielo de los adictos a la gasolina. Como dice Juan refiriéndose al entorno privilegiado que nos rodea: “Es un paraíso dentro de otro paraíso”.

 

 

El museo está ubicado en Hervás, bajo el abrigo de las montañas de la vertiente sur de la Sierra de Béjar, bañado con las innumerables gargantas de los ríos Gallego, Ambroz y Santihervás y con unas vistas espectaculares a las juderías de la urbe hervalense. Cruzamos el estrecho puente que separa el pueblo de la privilegiada atalaya donde Juan ha edificado su sueño y penetramos en el complejo, diseñado por el mismo “ sin una sola línea recta, como los coches clásicos americanos”. Viste una cazadora de cuero de motorista y un sombrero a juego del mismo material que le da un aire entre piloto de carreras retirado y aventurero nostálgico. Su tono de voz es suave pero firme, vocaliza extraordinariamente bien y no piensa demasiado sus respuestas. “Bienvenidos al museo de motos clásicas más importante de Europa en este momento”. “Aquí están recogidos todos los medios de transporte terrestre, desde la tracción animal a la locomoción, desde cochecitos de bebé hasta coches fúnebres, ambulancias, camiones…

Seguimos a Juan hasta el primer pabellón, repleto de motos españolas en perfecto estado de conservación. La historia de la moto de nuestro país está en este pabellón. El aficionado español puede perder la cabeza en este recinto. Las Bultaco Mercurio, Saturno, Metralla y demás modelos de la marca de Don Paco Bultó reposan al lado de Guzzis Alce, Cardellino, 65 y Larios. Las Montesas Impala, Brio y D51 relucen como el primer día y duermen bajo la atenta mirada de las Derbi (DERivados de BIcicleta) 49, 74, 125 y 250 c.c Turismo. “ Empecé con todas las Guzzis que se fabricaron en España de baja cilindrada, luego Ossas, Lambrettas, Montesas… Fue una vía de escape a una situación muy dolorosa. Cuando me quise dar cuenta tenía una colección de cuarenta o cincuenta unidades y un edificio en pie. Comencé a construir sin licencia, es cierto. Presenté el proyecto en el Ayuntamiento, fue apoyado y declarado Bien de Interés Social y Cultural por unanimidad ya que podía reportar riqueza a la zona. Hice una inversión terrible y me hipotequé hasta las cejas para construir todo esto pero, desafortunadamente, se me engañó. Me dijeron que sí al principio y luego que no. No ha habido una recalificación de la zona como se me prometió. No recibo ninguna ayuda económica por parte de nadie. Estoy en esto sólo y es una pena porque es algo único en Europa y está aquí, en Extremadura.”

Juan abre la puerta del pabellón número dos, también dedicado a la motocicleta. Hay piezas inglesas, italianas, francesas, de Europa del Este y un sinfín de nacionalidades más. Ducati, Norton, Triumph, Vespas, Lambrettas, Sanglas, MV y motos de marcas de las que nunca habíamos oído hablar parecen observarnos con la misma curiosidad que nosotros a ellas. “Todos los vehículos que entran aquí están enteros y funcionando. Conozco museos que sólo tienen el esqueleto o la carrocería y por dentro están vacíos. No es el caso”. Juan profundiza en la manera en que se enfrenta al proceso de restauración. “Cuando llega un vehículo, sea moto o coche, lo primero que se hace es desmontarlo de arriba a abajo, hasta que no queda tuerca sobre tornillo. Se comprueba el estado de todas las piezas y si alguna no funciona bien se cambia. A veces hemos tenido que fabricarlas nosotros mismos porque era imposible localizarlas en las ferias de clásicos. La pintura también es la original, todo se revisa según la documentación de la época” . ¿Todo lo haces tú , Juan? Le preguntamos con incredulidad. “Soy artesano , de la madera porque fui ebanista, pero artesano en definitiva, aclara Juan apoyándose en una Peugeot Movesa con sidecar. “Vengo de la clase media-baja, no soy el típico riquillo (risas). Tampoco soy mecánico ni chapista ni nada por estilo, somos más bien un equipo. Yo sólo soy el director de orquesta de una buena cuadrilla de artesanos. Cada uno se encarga de una cosa, de pintar en origen con documentación original, pulir todas las imperfecciones, realizar de nuevo los cromados, revisar y desmontar el motor y de muchísimas cosas más. En el mundillo de la restauración nos conocemos todos, en España y fuera. Una vez que entras en ello es una rutina, lo difícil es entrar en el sector.”

Seguimos recorriendo el museo y vamos a parar a un pabellón dedicado exclusivamente a motos con sidecars. “Me encantan los sidecars, ayudaron mucho a la motorización de nuestro país. Se podría decir que aquí pasamos del burro al motor directamente. Recuerdo que antes iban tres personas en el sidecar y el saco de patatas. Cuando había una pendiente muy pronunciada alguno tenía que bajarse. En este momento somos el museo con más sidecars de Europa, subraya orgulloso.” Tenemos más de cincuenta unidades, matiza mientras fija su mirada en un simpático “artefacto” que parece salido de un tío vivo”. Viendo lo atrevido y “espacial” de algunos diseños de los “prósperos años 60” americanos, no hay duda de que éste será el pabellón preferido de los niños que visiten el museo. Juan continúa. “Estoy planeando traer tranvías y locomotoras para reunir todos los medios de locomoción terrestre. Mi ilusión es hacer una fundación sin ánimo de lucro para que esto sea perenne en el tiempo. Cuando yo no esté quiero que el museo sea patrimonio de Hervás y de todos los extremeños”. En ese momento, el tono firme y decidido de Juan flaquea un poco. “ Me han hecho un vacío tremendo en el pueblo. No lo entiendo. La política tiene la culpa de que esto no se aproveche más. Lo único que quiero es que se olviden de Juan y piensen en su museo, situado en Hervás, no en Cataluña o Valencia donde hay mucha tradición automovilística, sino en Hervás, un paraíso natural en Extremadura. El loco ya está aquí y los vehículos también. No les costaría nada, al contrario, dice con tristeza y asombro.”

¿Os gustan los coches también?, propone Juan con la sonrisa de vuelta a su curtido rostro de camino a los pabellones número 4 y 5. “A mí me encantan, sobre todo los americanos del 59, son verdaderas obras de arte en cuanto al diseño. Llaman mucho la atención por sus dimensiones también, son auténticas moles de hierro de casi seis metros o más, todo lo contrario a los actuales, que son todo plástico y no tienen alma. Hemos retrocedido mucho en cuanto al diseño”. Juan no exageraba ni un milímetro, el enorme Cadillac El Dorado de color rosa, idéntico al que Elvis regaló a su madre por su cumpleaños, posee la longitud de un camión pequeño. Igual que el Buick del 59 que descansa altivo a sus espaldas. Tiene un sofá de tres plazas por asiento delantero y otro de cinco en la parte de atrás. O el Ford Thunderbird, el Pontiac Boneville del 59, el Chevrolet Impala de 1960, Lincoln Continental de 1974….la lista de clásicos que tenemos delante parece no tener fin. Hasta hay un autobús Ford A de 1928. “Era una filosofía de hacer coches completamente distinta a la europea. La gasolina estaba muy barata y los coches podían tener el aspecto de tanques devora gasolina”. Resulta cuanto menos curioso comprobar como la mayoría de estos modelos ya equipaban aire acondicionado, cierre centralizado, capotas y elevalunas eléctricos en los años 50 y 60. “Esos avances eran impensables en Europa, al menos en modelos asequibles para el pueblo”, sostiene Juan.

Después de una paradita en el mirador del pabellón 6 para contemplar las maravillosas vistas al Valle del Ambroz y visitar el resto de la colección de coches y motos de 1920 a 1970, proseguimos con nuestra visita acompañados de tan singular personaje. “Las motos y los coches clásicos son los vehículos que más cabezas giran al pasar, más que cualquier Ferrari moderno. También tiene que ver con el cine y con un ejercicio de nostalgia”. En la puerta del pabellón 7 hay un letrero que reza: “En estos coches venimos al mundo y en estos lo abandonamos”. Los coches “en los que venimos al mundo” son la colección de carritos de bebé de Juan y “en los que lo abandonamos” son coches fúnebres y ambulancias. La visión de ambas colecciones a media luz con los restos desechados de restauraciones posteriores conforman una imagen inquietante. El pabellón número 8 está dedicado a los carruajes, calesas y carrozas de los tres primeros cuartos de hace dos siglos. Omnibuses de 1875, Fhae- tones de 1900, carrozas de 1890 y vagonetas de principios de siglo transportan al visitante más longevo a otra época.

Llevamos casi cuatro horas en el Museo de la Moto Clásica y el Coche Clásico. No hay límite de tiempo para recrearse con las maravillas de la ingeniería de época que Juan atesora. “Todo lo que veis está a la venta pero eso no significa que vaya a cerrar, eh? , aclara socarrón, es para ir renovando y mejorando la colección. Fijaos si el museo podría tener más trascendencia que la Casa de Moneda y Timbre nos dedicó un sello. Fue una alegría que se acordarán de mí. Yo sólo les puse una condición: Hervás tenía que salir en el sello. No sé que más puedo hacer para obtener algo de reconocimiento, de dentro de Extremadura quiero decir…”. A estas alturas es más que evidente que Juan no está de acuerdo en cómo es tratado por su pueblo. “Me gustaría que el museo fuera gratis o a precio simbólico de 1 euro pero no puedo permitírmelo, todo sale de mi bolsillo. Bueno, ahora que lo pienso, el museo fue gratis d urante cinco años y calculo que sólo el 20 % del pueblo se acercó a verlo. Algo inexplicable también. Esto está por descubrir, ni imagináis la de gente que mueve lo clásico. Podríamos llenar todas las plazas hoteleras y restaurantes de Hervás sin problemas. Cada vez tengo menos fuerzas para tirar del carro. No tenemos licencia municipal después de 12 años. Es inaudito. Podrían venir autobuses semanales de muchos sitios.” Dejamos a Juan en la misma posición en la que lo encontramos, de pie, impertérrito, con su sombrero de cuero calado hasta las cejas mirando al infinito, tal vez pensando en su esposa, la razón de ser de la impresionante construcción que tiene a sus espaldas.

Texto: Javier Antón

Fotografías: Rocío Gallardo