“Des pedras julgara o viajante ter visto tudo. Não o diga quem nunca veio a Monsanto”, José Saramago.

Asentada sobre la escabrosa vertiente de una colina berroqueña, al nordeste de Idanha-a-Nova, en el distrito de Castelo Branco, se descubre una de las villas históricas de Portugal que preservan el encanto de la arquitectura tradicional, perfectamente integrada con el agreste entorno originario. Una pequeña aldea con apenas un centenar de habitantes, en su mayoría longevos pobladores, diseñada y ajustada a la sinuosa orografía que la acoge.

Lo primero que llama la atención son las inmensas moles de granito que son parte de la arquitectura y paisaje de Monsanto. Voluminosas rocas que, en muchos casos, son los cimientos, los muros e, incluso, las cubiertas de las construcciones a las que se fueron añadiendo y adaptando labradas rocas de cantería para diseñar las iglesias, viviendas, cobertizos y espacios habitables.

Las calles zigzaguean entre las construcciones, contorneando los perfiles rocosos, que a veces sobresalen de los muros como grandes gibas, protuberancias que caracterizan el paisaje urbano de Monsanto. Sinuosos callejones en pendiente, suavemente acanalados para encauzar las aguas de lluvia, que se abren y cierran entre los murallones de roca, conformando una espléndida muestra de la arquitectura sostenible o natural.

 

 

Construidas en los desniveles o sobre las vastas peñas graníticas de la pequeña montaña, el acceso a las viviendas se realiza a través de una escalera de cantería adosada a las fachadas. Viviendas sencillas que nos hablan de la austeridad de sus habitantes; casas blasonadas y puertas manuelinas que nos recuerdan el señorío de la villa y su antiguo esplendor nobiliario; fuentes ornamentadas e iglesias, que detallan su ascendencia. De esta arquitectura religiosa destacan: la iglesia de São Salvador, construida en el siglo XV sobre un antiguo templo románico, del que se conserva su pórtico, y en cuyo interior resaltan las tallas doradas de su altar principal; la antigua Capilla del Socorro; la iglesia de la Misericordia; la Torre de Lucano, coronada por el famoso Gallo de Plata, que simboliza la concesión en 1938 a Monsanto del título de “El Pueblo Más Portugués de Portugal”. Desde esta posición se pueden contemplar unas magníficas vistas del territorio de Idanha. Y no olvidemos la Capilla de San Antonio, aneja a las cancelas del allanado cementerio de tumbas blancas, del siglo XVI, en la que luce una bóveda gótica.

Atravesando la Puerta de San Antonio y bajando por un sendero que bordea los taludes lindantes de Monsanto, donde crece la zarza y la chumbera entre naranjos, olivos y repoblados eucaliptos, y el alcornocal aledaño, que declina a la llanura, se llega a la Capilla de San Pedro de Vir-a-Corza, una ermita de estilo románico y visigótico, del siglo XIII. Un bucólico lugar guarnecido por roca y bosques de alcornoques, envuelta de una aureola de leyendas cristianas, como la que narra la aparición de San Pedro para proteger a un niño cuya alma quiso robar el demonio, o la del Santo Amador, un ermitaño que rescató de la muerte a un bebé recién nacido abandonado en una cueva del castillo. Sólo se abre en la Fiesta de San Pedro, el 29 de junio, una feria que se remonta al año 1308 cuando fue autorizada por el rey de Portugal D. Dinis.

 

 

En los días soleados los habitantes de Monsanto, especialmente los mayores, se sientan al sol, con sus costuras o las artesanías que venden a los visitantes. En pequeños cestos ofrecen al visitante las “marafonas”, unas muñecas de trapo confeccionadas sobre un soporte de madera con forma de cruz. Son muñecas sin rostro y su uso está relacionado con atávicos ritos de fertilidad y para evitar el mal de ojo. Según cuenta la tradición, colocando una muñeca debajo de la cama la noche de bodas, se aseguraba el embarazo; y en los días de tormenta, oculta bajo la almohada, se repelían los rayos.

Enlutadas o con sobrios vestidos floreados, las mujeres de Monsanto recorren las calles con sosegado paso y el tiempo se ralentiza. No hay prisa. Esta calma contagia de silencio el entorno, sólo roto por la música de fados que surgen del entresijo de callejuelas, canciones tradicionales portuguesas que el municipio ofrece al visitante en su recorrido turístico. También se oye el murmullo de algunos albañiles obrando en alguna de las viejas viviendas. Unas reformas en las que se aprecia a los trabajadores descargando gruesas piedras de pequeños vehículos y remolques, o ayudados de palancas, reinstalando el viejo dintel de una casa. Dinteles que aparentan absorber el peso de las inmensas moles de piedra, y los muros, en donde aparecen pequeños vanos que dejan pasar la leve luz del amanecer, o las luces mortecinas de las farolas cuando la noche convierte a la aldea en una lugar misterioso y mágico.

 

 

También se pueden encontrar antiguas viviendas abandonadas, intactas las inexpugnables paredes de granito, en cuyo interior todavía se descubren las pertenencias de sus antiguos moradores: baúles de latón vacíos de sus ajuares, recipientes y utensilios domésticos dispersos en alacenas y estanterías, muebles desvencijados, desusados útiles hortenses. Elementos que nos hablan de las condiciones y modos de vida de sus moradores.

Algunas cruces de piedra, de las muchas que, repartidas por la aldea, detallan el Vía Crucis cristiano o la huella de una vieja sepultura medieval, destacan junto a fachadas, camufladas por el verde musgoso que las recubre, el mismo verde que también tapiza las invernales y húmedas rocas. Para dar color y mitigar la sobriedad de las calles, los vecinos las decoran con flores, que penden en macetas sobre los muros de las viviendas, alineadas sobre los basamentos, en los umbrales o junto a las barandas de las escaleras.

 

En los lugares más insospechados aparece una puerta o una ventana, casi encajada entre las rocas. Pequeños huertos abancalados adaptados al intricado relieve urbano, parterres donde se cultivan legumbres, algunas verduras, incluso, se atreven a crecer en los intersticios de los muros, pugnando con las adelfas o las espinosas zarzas. Olivos se aprietan en cercados y patios, apretados entre el ramaje de las higueras o de los frutales de hojas ensortijadas por el frío.

No muy lejos de la aldea, siguiendo un estrecho sendero empedrado, que bordea un paisaje de grandes batolitos graníticos, se llega a la Capilla de San Miguel, del siglo XII, una sobria y hermosa construcción medieval rodeada de sarcófagos de piedra y sepulturas antropomórficas excavadas en la misma roca. Junto a la iglesia, la Torre Vigía, lugar de observación durante el periodo medieval. El gris de las construcciones se confunde con los macizos graníticos en un paraje de sosegada belleza.

El Castillo, una fortaleza medieval del siglo XII, que fue castro y posteriormente una alcazaba, se levanta en lo más escarpado de la montaña, amoldado a las irregularidades orográficas de la cima del denominado Mons Sanctus. En el siglo XIX, una explosión fortuita de un depósito de municiones destruyó parte de la fortificación. Lo que no habían conseguido los continuos asedios a los que fue sometido a lo largo de la historia, un incidente en una noche de Navidad devastó parte del baluarte. Todavía hoy es posible encontrar restos de aquella explosión entre los sedimentos dispersos por los suelos del castillo. Actualmente se conservan las murallas, el patio de armas y los torreones, con sus dos puertas de acceso, denominadas Puerta Principal y Puerta de la Traición.

 

En el patio se encuentra la iglesia de Santa María del Castillo, construida sobre lo que fue una ermita templaria, y un aljibe, bajo un enorme batolito. De sus avatares gloriosos la leyenda narra el asedio al que fue sometido el castillo por invasores musulmanes. Sin alimentos, con apenas un saco de grano y un ternero, los sitiados idearon la estratagema de cebar al animal para después arrojarlo por los muros exteriores del castillo. Encontrado por los asaltantes, y descubriendo el grano que llenaba su vientre, pensaron que aquellas gentes tenían alimento suficiente para soportar el bloqueo, liberándoles del cerco. Desde entonces, en los primeros días de mayo, se celebra este ancestral evento con la Fiesta de la Santa Cruz, con una procesión al castillo. Las mujeres, ataviadas con trajes típicos, portan las “marafonas” y recipientes de barro llenos de pétalos de flores, que arrojan al vacío desde las murallas de la fortaleza. Otras tradiciones hacen referencia, como origen de la Fiesta de las Cruces, a la resistencia de los pobladores durante años al ataque de los ejércitos romanos en el siglo II a. C. Desde su elevada posición se descubre la orografía, el espléndido horizonte de la comarca y los perfiles que señalan la frontera española.

Monsanto. Una pequeña joya de la arquitectura tradicional portuguesa y una espléndida muestra de adaptación humana al medio natural. Un lugar de leyenda, en un entorno lleno de sugestivos enclaves que le confieren un hálito misterioso y romántico, unos parajes que nos trasladan a lejanas épocas, a la prehistoria cuando sus pobladores ocuparon los refugios rocosos, al tiempo de las místicas tribus celtas, al de las legiones romanas que durante años intentaron doblegar a los aguerridos habitantes, al de las huestes árabes y al tiempo de los conquistadores cristianos con los legendarios caballeros templarios, que colmaron de historias y gestas la ancestral villa de Monsanto.

Texto: Roberto Machuca
Fotos: Rocío Gallardo