Millanes de la Mata, que debe su nombre a un pasado agropecuario, ofrece a sus 200 vecinos una vida entre la tranquilidad de un entorno que invita al sosiego y vestigios de una historia que aún está por descubrir.

Cada sitio tiene su encanto, hay que saber descubrirlo”. Esta consigna nos acompaña en la visita a Millanes de la Mata, población situada en un rincón del Campo Arañuelo y llena de rincones que a su vez que invitan al sosiego y a la tranquilidad. Como ocurre en muchas localidades de la zona, lo más atractivo para la vista son los paisajes, los entornos y las panorámicas. Los canchales, junto con las encinas y las retamas se tornan como signo de orgullo, de identificación y de riqueza. La dehesa dignifica la vida en Millanes.

Millanes de la Mata, Campo Arañuelo

La mañana discurre intensa, y llena de sorpresas y paseos. El alcalde, Mariano Catalina, está encantando de mostrar las hermosuras de un pueblo del que está enamorado aunque no es hijo del mismo. Desde su Guadalajara natal, y después de vivir en varios puntos del país, se trasladó a Millanes porque le gustaba la tranquilidad. “Cada cosa tiene su encanto”, insiste a modo de advertencia. Es verano, el calor arrecia y los tonos amarillos colapsan el paisaje. “En otoño esto es precioso”, avisa de nuevo.

Millanes de la Mata, Campo Arañuelo

Nos adentramos apenas unos metros en la dehesa boyal y nos llenamos de argumentos para escribir y fotografiar. Para detener la mirada y la mente. Las vacas, alrededor de un centenar, nos observan. Hemos entrado en su paraíso y queremos robarles un poco de su burbuja. ¿Quién dijo que los tonos amarillentos no eran hermosos? La sequía ha dibujado una estampa única. Las variadas lagunas artificiales que tiene Millanes y que ahora luchan por salvar su prestigio se convierten en exquisitos lugares de conversación; y para hacer fotos de bodas, explican. Canchos y solemnes encinas se muestran como excelente atrezo; eso sí, vivo, sin artificios. Porque en Millanes hay poco plástico. Más bien son piedras las que marcan la vida, desde siempre.

Buscamos los orígenes del pueblo en el que ahora viven unas 200 personas pero que a mediados del mes de agosto casi triplicó su población. Hay restos romanos, nos descubren, pero se los han llevado a Cáceres y a Mérida. En el cartel informativo que anuncia y explica la ruta senderista ‘Montecillo’, que se extiende de manera circular por unos cinco kilómetros, se puede ver un recuerdo de los curiosos mosaicos geométricos romanos que anidaron aquí. Damos un salto en la historia y llegamos a la Edad Media, porque recientemente se han encontrado en el término municipal de Millanes restos visigodos, población medieval de la que apenas se tenía constancia. Y llegamos a la época de la conquista de América: “Recuerdo a las gentes de Extremadura y en especial a los hombres y mujeres de Millanes que participaron en la empresa de las Indias”, recoge el escrito que preside la casa consistorial.

Millanes de la Mata, Campo Arañuelo

El resto de historia la encontramos en las piedras de la villa. En antiguas casas y corrales que luchan contra el paso del tiempo y la inoperancia y dejadez humana para mantener su identidad. Y la de su pueblo. En una de ellas se puede leer, con dificultad, la fecha de 1831. También su fachada muestra orgullosa una cruz en relieve que sobresale y atrapa la mirada. Parada obligada. Unas vecinas, acompañadas todas de bastón, nos miran desde la esquina adyacente y cuentan que cuando eran chicas jugaban a besarla. ¿Y qué significa? “Eso no lo sabemos, sólo sabemos que la besábamos y nos reíamos”, recuerdan sonrientes.

Estamos ahora en el centro de pueblo, en la calle que lleva al ayuntamiento y a la parroquia de San Francisco de Asís, el patrón, y desde la que se divisa el callejón de Santa Antonia, donde lucen los Arcos Santos del Carmen, una de las postales típicas de Millanes. La arquitectura popular cobija las callejuelas que trazan la desigual distribución de las calles y recovecos millanejos. Las plazas no tienen cabida en este pequeño laberinto. La escasa holgura aparece junto a la iglesia, que data del siglo XVI, es de estilo renacentista de mampostería y carece de grandes alardes decorativos y ornamentales. El mayor desahogo se encuentra junto a la Fuente de los Caños, lugar de encuentro de antaño para las mujeres a la hora de lavar la ropa, la siesta habitualmente. “Hace 30 años, dejaba a los hijos en la siesta, ¡cómo no tengo más que cinco!… Y me iba a lavar”, rememora con sorna Erenia.

Las piedras nos trasladan de nuevo a la dehesa boyal, paisaje bucólico incluso en verano. Allí otras pilas de lavar la ropa recuerdan la vida de antaño, al igual que otras destinadas a dar de beber al ganado. A lo lejos, pero como si estuviera al lado, sobresale la Sierra de Gredos, abrigo del Arañuelo. “Cada sitio tiene su encanto, hay que saber descubrirlo”, nos recuerda Mariano Catalina. Lo tenemos claro. El paseo lo muestra como una certeza, por si existían dudas.

Millanes de la Mata, Campo Arañuelo

La ruta millaneja tiene como próxima parada la casa de Pili, que nos ofrece unas floretas y unas pastas en su patio. Descubre las recetas, los secretos para conservarlas frescas y ricas durante un tiempo, y saca la joya: el molde, que ha heredado de su abuela. “Tengo otro para hacer roscas que era de mi bisabuela”, relata con su nieta en brazos. También confiesa que compró uno nuevo pero “se pegan”, así que continúa utilizando, tres o cuatro veces al año, el artilugio centenario. En una reunión improvisada hablamos de la vida en Millanes y de la tranquilidad que marca las horas. “Aquí tenemos algo de ganadería pero nada de agricultura. Luego está la farmacia, la tienda, la casa rural, dos bares y el hogar del pensionista”, enumeran. Y, por supuesto, no pueden faltar los pequeños huertos, alimento del verano.

Camino de casa de Erenia encontramos de nuevo viejas casas, cuyas puertas de madera están adornadas incluso con matrículas de carros del siglo pasado. La mujer menuda, septuagenaria, enérgica, amable y dicharachera nos abre las puertas de su hogar. Le preguntamos por Millanes. “Aquí se está muy a gusto, cada uno en su casa…”, responde veloz. Nos habla de su vida en el pueblo, nos enseña una foto lavando en los Caños y otra de una matanza…Y recuerda que ella lleva tres años sin hacer una pero que la última vez mató cinco cochinos; que su marido ha trabajado mucho, mucho en el campo, “más todavía”, añade convincente; que todavía hoy tienen 14 vacas… Finalmente, para rematar por todo lo alto el rato, nos deleita con una sopa de tomate, con higos y con torreznos que tiene lista para comer. Excelente manjar. Nos atrevemos con los torreznos a modo de aperitivo y saca el vino. “Me encantan las sopas de tomate con lo que sea, con higos, con uvas, con peras… con lo que haya”. ¿Y cuál es su comida favorita? “A mí me gusta todo”, se ríe.

La mañana ha discurrido deprisa, interesante y divertida. Pero aún quedan cosas por descubrir en Millanes. Nos despedimos de Erenia, que sale a la puerta alargando la conversación, y llegamos al ayuntamiento cobijo de un tesoro del siglo XVIII: el libro a través del cual el rey Fernando VI concede el título de la propiedad de la dehesa boyal a la villa de Millanes. El documento, de decenas de páginas, reabre nuestras pupilas. E intentamos leer: Fernando VI rey de Castilla, León, Aragón, las dos Sicilias, Jerusalem, Trastámara, Granada, Toledo, Galicia, Mallorca, Sevilla, Cerdeña, Córcega, Murcia, Jaen, Gibraltar, Islas Canarias, Islas de las Indias Orientales y Occidentales, archiduque de Austria, duque de Borgoña….. Estamos en Millanes de la Mata.

Texto: Mª Ángeles Fernández

Fotos: Ester García