Mercedes Guardado nació en Ceclavín. Una mujer menuda, sonriente y con una personalidad que se le escapa por los ojos, por la boca, a través de su respiración… una personalidad que van dibujando el movimiento de sus manos y el tono de su voz. Le gusta hablar como le apasiona a alguien enamorado absolutamente de lo que habla. En su casa de Malpartida de Cáceres, en el Palacio Topete, Merche se sienta junto, delante y detrás de obras de Wolf Vostell, el artista alemán de Fluxus y Happening que se enamoró de Extremadura y de una maestra extremeña. A partir de ahí, volamos con ella hasta Alemania, Francia, Italia, Nueva York… “así eran los artistas, como el arte, internacionales”. Y en uno de esos viajes, Vostell descubre el paraje de Los Barruecos, en Malpartida de Cáceres. Allí, soñó que se fundía con la naturaleza para levantar un Museo de Fluxus. “ ¡Pero, Dios mío ¿Cómo quieres hacer un museo de esta índole aquí?, le tuve que decir”. Respuesta: “Merche si hubiera pensado como tú piensas ahora, no sería quien soy”. Y Merche le mira y comienzan la lucha. Hoy, en un antiguo lavadero de lana se levanta uno de los centros de movimiento Fluxus más importantes del momento. Hace ya trece años de su muerte, pero Vostell nos acompaña durante toda la entrevista, le sentimos, nos sonríe y reímos. “Un día sin una sonrisa es un día perdido… ustedes ya no lo han perdido”. Recordamos las palabras del hombre y del artista, sobre todo el hombre. Al lado, la fuerza de Mercedes.

 

 

– Éramos un hombre y una mujer, de los años Cincuenta, educados en sociedades completamente distintas, él en Alemania, y yo en España, en Extremadura… Y siendo así, yo aprendí de él, pero él también de mí. Nos acercamos el uno al otro sin reglas.

– Vostell vino a Guadalupe después de que un extremeño que conoció en París, le hablara de Guadalupe, de un monasterio y de unos Zurbaranes. Le dijo que podría alojarse en el Monasterio, que los monjes hablaban alemán y que podría restaurar los cuadros, pero… ni hablaban alemán, ni le dejaron trabajar en los cuadros y el Monasterio era muy caro así que se alojó en una casa particular.

– Cuando nos casamos se hablaba del milagro alemán y, de pronto, me vi en Alemania, el país del bienestar, donde había trabajo y de todo. Dejaba atrás Extremadura donde no había nada. Sin embargo, me metí en un grupo de artistas que estaban en contra del bienestar y del consumismo, y yo decía “es increíble, se quejan cuando aquí hay de todo… si supieran cómo vivimos en España”. Pero los artistas son así y cuando uno se va enamorado se absorbe todo.

– Empecé a vestir al estilo hippy, y la primera vez que volví a Cáceres mis padres me dijeron “pero hija mía ¿tan mal os va?… ¿para eso te has ido a Alemania?…”.

– Sí, la vida y el arte eran uno. Nuestro primer piso tenía dos habitaciones grandes separadas por una puerta corredera (que nunca se cerraba). En una estaba nuestro cuarto y en otra el estudio donde se quedaban todos los artistas fluxus del momento. Como él decía, Arte igual a Vida y Vida igual a Arte.

 

 

– Se hablaba de política, arte y filosofía. Cuando Vostell tenía que visitar Nueva York decía que se aburría porque no hablaban de nada de esto. Una madrugada desperté y no había vuelto Vostell. Preocupada fui a buscarlo al bar donde lo dejé la noche anterior y allí estaba: sentadito en el mismo sitio, con las mismas personas y hablando de lo mismo. Así pasaban las horas.

Vostell y Dalí se daban codazos recordando momentos vividos juntos. Dalí se emocionó con Vostell por el interés que puso en sus acciones, porque Dalí tenía mucho que decir del Happening y, sin embargo, se le conocía por sus cuadros y no por sus acciones. Entonces llegó Vostell con ese interés que ponía siempre en las cosas.

– Lo que se ha contado de Dalí es una mentira, decía Vostell. Dalí trataba mal a la gente que se merecía que la tratara mal… Era una persona maravillosa.

– En mi primer Happening me di cuenta de que aún no estaba preparada para hacer de todo. Teníamos que visitar ruinas que había dejado la Guerra en Colonia; luego se invitaba a hacer una acción, una de ellas era orinar sobre la ruina, y dije “Imposible” ¡Vaya, mi primer fiasco!. Luego pensé en mis amigos de Cáceres, “qué dirían si me vieran aquí, sobre una ruina y con el cochecito del niño”- había nacido ya mi primer hijo.

 

 

– En medio de aquella ruina, miré hacia arriba y descubrí restos de paredes cubiertas de azulejos, paredes de un cuarto de baño, cuando en Guadalupe no había ni baños, se bajaba a las cuadras. Me impresionó mucho ver lo que puede hacer una guerra. Todo lo que tenían y todo lo que les había destruido.

– En otro Happening chocaba una locomotora contra un coche sobre la vía. Ahí, como española, me pareció estar ante una corrida de toros: el coche era el toro y la locomotora el torero; el coche quedó destrozado, como el toro, mientras la locomotora orgullosa seguía, no le había pasado nada, como el torero.

– Para Vostell el Happening ampliaba el concepto de vida. Quería que la gente viera lo ridículas que eran algunas cosas en la vida, las absurdidades que hay en la vida… quería que todo el mundo se librara de los prejuicios que se tienen en la vida… Eso era lo importante para él.

– La primera televisión que llegó a Cáceres reunió a mucha gente en torno a un escaparate de la Plaza Mayor. Vostell se acercó y vio en el cristal el reflejo de todas aquellas personas asombradas mientras en el centro estaba el televisor encendido. Aquello le inspiró la incorporación de la televisión a los cuadros.

– A Vostell le gustaba mucho el trueque. Cambiaba cosas por arte. Llegó a cambiar coches o una cocina en la casa de Berlín por una obra de arte…

– Jamás tiraba algo. Para él todo tenía un significado y todo podía servir. Puede ser que esto viniera de que fue un niño de la guerra. Nadie que haya vivido una guerra tira algo porque no sirva.

– No se dejaba influenciar por mí, y menos mal. En un concierto, donde al final se vertía un cubo de sangre sobre una silla, yo le dije “No lo hagas, va a resultar demasiado fuerte”. No me hizo caso y fue lo mejor del acto… No se puede estropear la obra del artista.

– Los gorros se los hacía yo porque quería que le quedaran exactos, que no le incomodaran nada, que se sintiera bien con ellos… ¿Qué modista podía hacer eso si no era yo que se lo probaba mil veces?.

– El recuerdo de mi vida con él me ha mantenido viva. Comencé a escribir un libro despacito, muy despacito, como terapia y sin nostalgia, al contrario, con satisfacción. Ahora, después de doce años, lo veremos publicado en alemán y en castellano.

– Cuando Vostell falleció sabía que me iba a dar mucho trabajo… y es que un artista nunca muere. Somos una familia que vive del arte de Vostell. Es mucho trabajo, mucho… no me aburro, no.

Texto: Mari Cruz Vázquez

Fotografías: Ester García

Fotografía W.Vostell cedida por el Museo Vostell Malpartida