Cuando te aproximas a la campiña de Valencia de Alcántara  buscando los senderos que nos llevarían a los milenarios sepulcros, descubrimos  a lo lejos, tras los campos de encinas y alcornoques, los grandes farallones rocosos que marcan la frontera portuguesa, una línea desconocida para aquellos hombres de la prehistoria, cuyos límites estaban marcados por sus territorios de caza, sus  pastos, o sus campos de cultivo.

Más cerca despuntan berrocales e inmensos batolitos de granito donde los  constructores de dólmenes  desgajaron las gruesas losas, obra ingente en la que participarían decenas de hombres para trasladar y elevar las pesadas rocas en los lugares sagrados y  erigir sus túmulos funerarios. Pequeños monolitos de granito nos van señalando la presencia megalítica. Y no muy lejos,  los grandes dólmenes se van descubriendo, inmensos y al mismo tiempo inermes. En el interior de los túmulos ya no están los restos óseos, ni los ajuares funerarios, sólo depósitos vegetales, como las secas hojas de los castaños que el aire  arremolina y dispersa sobre las enormes mesas de piedra, que semejan estas construcciones.

 

En algunas de las sepulturas excavadas  se hallaron indicios de pequeños ramos de flores atados con trenzas de esparto. Tal vez las tradiciones y ritos  de aquellos seres humanos no fueran tan distintas a las del hombre moderno. En torno al V milenio a.d.C. el hombre prehistrico europeo adquiere una nueva concepción del mundo que le rodea. Recibe, tal vez por intercambio con otros grupos humanos, conocimientos y técnicas surgidas de la experiencia, o de la casualidad, asimilando estas nuevas formas de vida.

Es el Neolítico, o nueva edad de piedra. Los clanes se asientan en territorios fértiles, constituyendo importantes comunidades próximas a zonas de pasto para el ganado y tierras de labranza. No dejarán de aplicar, sin embargo, las anteriores artes de subsistencia, que complementan su sustento, como la pesca, la caza y la recolección de frutas. El sedentarismo permite elaborar elementos para facilitar la vida doméstica en los poblados, como vasijas de cerámica y diferentes útiles para las labores y recolección de los cultivos, u otros utensilios para la caza o el descarnado de los animales.

 

Estas prácticas permiten tener excedentes alimentarios para almacenar e intercambiar con otros poblados. Así, el nuevo hombre podrá contemplar la naturaleza desde otra perspectiva, incitando una nueva sensibilidad que va más allá de lo tangible, que se preocupa del porvenir, pero también toma conciencia de la muerte. Esta nueva cognición pudo surgir de modo espontáneo, pero, posiblemente, el contacto con otras culturas les hizo aprehender nuevas representaciones del pensamiento. Y así nace el megalitismo, la primera y más arcaica manifestación arquitectónica occidental, cuyo arquetipo serán los dólmenes.

Antiguamente se creía que estas estructuras, denominadas por los portugueses antas, eran altares donde se ofrecían sacrificios a los dioses, o capillas votivas dedicadas al dios Júpiter. Los lugareños las utilizaron durante siglos como chozas o zahúrdas. Hoy están especialmente protegidos. No se conoce mucho de sus constructores, estableciéndose la posibilidad de procedencia o influencia oriental, aunque también se señala que el fenómeno arquitectónico pudo tener un origen autóctono. Lo que si es evidente es que a Valencia de Alcántara se la puede considerar la cuna del megalitismo extremeño y, por su conexión con el Alentejo portugués, el núcleo megalítico más importante de Europa, destacando por la densidad y calidad de sus estructuras.

 

El término dolmen procede del bretón y significa mesa de piedra, lo que define un tipo de construcción formado por varias losas verticales, sobre las que se apoya otra losa horizontal y que generalmente cubrían de tierra y vegetación, formando una cámara abierta al exterior, en ocasiones, por un corredor de diferentes longitudes.Su construcción requería el esfuerzo de decenas de personas. Primero tenían que proyectar la obra a realizar. Había que extraer la roca de canteras próximas, luego tallar las piedras con las dimensiones apropiadas, buscar el lugar idóneo para la construcción y luego realizar el traslado de las pesadas rocas.

Para extraer la roca utilizaban, entre otros artefactos, cuñas de madera, hachas de piedra y percutores. También utilizaban agua para quebrar la piedra, aprovechando las dilataciones térmicas. Para trasladarlas posiblemente aplicaran la tracción manual sobre troncos de madera que deslizarían sobre las superficies previamente allanadas. Se practicaba una cavidad donde se introducían las losas que levantaban con palancas y cuñas fijándola con tierra y piedras. Luego añadirían la plancha horizontal deslizándola sobre el túmulo de tierra.

 

En el término de Valencia de Alcántara están catalogados 55 dólmenes, de los cuales 33 están construidos en granito, 8 en pizarra, y 14 fueron destruidos. El tamaño varía por el número de personas que participaron en su realización. Sin duda, existieron más megalitos y algunos apenas conservan sus ortostatos. Causas naturales, el abandono, el aprovechamiento de sus materiales para otras construcciones, o la vanidad de algunos que pretendían encontrar en su interior ocultos tesoros, causaron la destrucción de muchas de estas joyas prehistóricas a lo largo de la historia.

 

Texto: Roberto Machuca

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto