Declarada Monumento Natural en 1997, esta antigua explotación minera se ha convertido en un importante referente turístico en Extremadura y en un ejemplo de recuperación de espacios naturales afectados por la actividad humana.

La mina, próxima a la localidad pacense de Fuente del Arco, y cercana a la provincia de Sevilla, se sitúa entre las últimas estribaciones de Sierra Morena. El nombre de Jayona deriva del vocablo árabe “Aiun”, que significa agua, manantial o fuente. Por eso también denominan al lugar “La Sierra del Agua”, donde una antigua leyenda habla de un rey moro, señor de aquellas tierras, llamado Jayón, y su hija, la princesa Erminda, a los que se les apareció la Virgen, convirtiéndoles a la fe cristiana. No muy lejos de la mina se levanta la ermita de la Virgen del Ara, en honor a aquella divina aparición.

 

 

La mina consta de once niveles orientados en torno a un pozo central, de donde parten las galerías, aunque sólo tres niveles pueden ser visitados, y dos de ellos adaptados a personas con incapacidades físicas. El nivel 2 es el más espectacular, con 230 metros de longitud, rematado en una profunda y húmeda cavidad, con un gran lucernario donde la vegetación se afana por conquistar la luz, y a la que también se denomina “Sala de las Columnas”, así denominada por los gruesos pilares de roca que los mineros moldearon y dejaron sin excavar para consolidar los niveles superiores. Aquí también encontraremos un desgajado plano de falla y diversos plegamientos rocosos.

En el nivel 3 se encuentra el cargadero y diferentes registros minerales, como las calcitas cristalizadas rellenando algunas geodas, e impresiones karsticas. El nivel 4 se podría calificar como el gran mirador de la cavidad, desde donde se pueden contemplar los niveles inferiores y comprobar la magnitud del mineral y roca extraídos.

 

 

Morfología

La Jayona no es una mina común. No son cavidades ciegas, existen grandes aberturas al exterior donde crecen diversas variedades de helechos, musgos y donde las higueras, adheridas a las rocosas paredes, extienden sus alargadas ramas de hojas muy anchas para recibir la luz del sol; unos haces luminosos que bañan de destellos las penumbrosas oquedades, reflejando el brillo metálico de las hematites, y descubriendo el inmenso colorido de las mineralizaciones sobre las abruptas y angulosas paredes de caliza y pizarra. Lo geológico y lo orgánico se combinan en la lobreguez de las cavidades. Incluso las algodonosas telas de araña, que recubren las pequeñas hendeduras dejadas por los picos de los antiguos mineros, se confunden con las manchas blancas del carbonato cálcico.

De vez en cuando, la luz de las linternas te revela alguna pared bañada de púrpura, de los precipitados metálicos que se forman sobre la caliza, o hermosas manchas verdes de minerales de cobre y pequeñas geodas con excelentes cristalizaciones de calcita. Hay dinámicas corrientes de aire que desde las grandes aberturas exteriores se desplazan por los diferentes corredores, un aire fresco que en los meses de verano se percibe muy agradable. Existen notables oscilaciones de temperatura y humedad según el nivel en el que no situemos.

 

 

En el interior de la cavidad nunca se superan los 20 grados. En verano, y en apenas unos metros, las temperaturas varían de los 40 grados, en el exterior, a los 10 grados en los espacios más cerrados y los 14 grados en los corredores donde penetra la luz del sol. Visita obligada para conocer la historia de la mina, es el Centro de Interpretación, dispuesto en uno de los edificios rehabilitados del complejo minero, y aún no inaugurado. Allí se detalla el devenir histórico de la industria a través de paneles, dioramas, maquetas, materiales recuperados de las galerias e interesantes fotografías de los primeros años de actividad y los hombres que la ocuparon.

Alguna de estas fotografías, teniendo en cuenta que toda la documentación existente desapareció tras el mencionado incendio de 1920, fueron recuperadas casualmente. Nos recuerda Francisco Muñoz, uno de los dos guías de la Jayona, que todos los años, los habitantes de la localidad próxima de Guadalcanal, durante la celebración de sus fiestas patronales, programan entre sus actividades, una excursión y visita a la mina, algo que ya lo han convertido en una tradición. En una de esas visitas, los guías conocieron a una mujer que era la hija de uno de los antiguos capataces de la mina. En su poder tenía algunas fotos con la imagen de la instalación minera y sus trabajadores en los primeros años del s.XX. Fotografías que han permitido conocer aspectos desconocidos de la explotación y en las que aparecen aquellos esforzados mineros realizando su labor y que, como dato anecdótico, destacan guarnecidos únicamente por un sombrero ancho de paja, sin duda para protegerse, no de los peligros propios de su actividad, y sí del calor sofocante del verano.

 

 

Sin duda, el hombre y la naturaleza han configurado en las entrañas de la sierra Jayona, un magnífico templo geológico, adaptado a la sosegada mirada del visitante, en un espacio que sobrecoge los sentidos y que difícilmente encontraremos fuera de la geografía extremeña.

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Texto: Roberto Machuca

Fotografía: Álvaro F. Prieto

Agradecimientos: Dirección General de Medio Ambiente, Junta de Extremadura.
Ayuntamiento de Fuente del Arco.
Francisco Muñoz, guía en esta visita

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