El pasado 27 de agosto, tras siete años de espera y durante diez días, la alentejana villa de Campo Maior volvió a vestirse de papel, de ornatos, y convertirse en un colorido jardín primaveral. Recoletas y rectas calles donde los encalados blancos de su fachadas se fundieron con los tornasolados doseles colmados de flores de papel, cubriendo de una mágica y acogedora penumbra a los cientos de visitantes que pasearon por sus calles o ruas.

El visitante experimentó la sensación de ser el figurante de una fabula, de una fantasía. Calles con diversidad de motivos decorativos y tonalidades diferentes, en un trabajo ingente y voluntario, donde los campomairenses instalaron kilómetros de alambre y prendieron toneladas de papel, un pueblo transformado en un gran escenario en el que se representaba su singular fiesta de la primavera.

 

Campo Maior pertenece al distrito de Portalegre y tiene una población cercana a los 10.000 habitantes. Su localización fronteriza ha hecho del municipio un importante enclave turístico. Sus principales visitantes, además de los propios portugueses, son españoles, especialmente extremeños, aunque durante sus fiestas acogen a viajeros de toda Europa. En apenas 15 años la afluencia de turistas se ha duplicado. En 1989 recibieron un millón de personas; en el año 2000, 1,5 millones; y en el 2004, 2 millones. Este año la asistencia ha sido de 2,5 millones.

Una fiesta —nos refiere uno de sus organizadores— que a lo largo de su historia ha sufrido diversos ajustes, según la evolución económica, social, incluso política, pero siempre manteniendo su espíritu de cooperación entre los propios vecinos, que han aportado su trabajo desinteresado, mejorando en lo posible la decoración artística de las calles, con la incorporación de nuevos elementos, y sobre todo esforzándose en mejorar los servicios y ofrecer la máxima hospitalidad al visitante.

Algunas fuentes documentadas sitúan en 1893 la primera conmemoración de las fiestas, organizadas por una comisión popular, que se fue renovando anualmente hasta 1898, fecha en la que, por diferentes causas, se cancelarían hasta el año 1921, cuando los vecinos decidieron volver a celebrarlas. Sobre sus orígenes, las fuentes más antiguas la relacionan con el culto a San Juan Bautista, patrono de la villa, cuya festividad se realizaba el 28 de octubre. En aquellos pretéritos tiempos los vecinos realizaban una misa, una procesión y una fiesta nocturna con iluminación y bailes populares; aunque la festividad también haría mención al sitio al que fue sometida la villa en 1712 por parte de tropas castellanas, cuyo fin del asedio fue atribuido a la intercesión del santo.

Una fiesta que se mantuvo a lo largo de los años, con periodos de interrupción originados por las crisis económicas, las revueltas políticas y las guerras civiles que se sucedieron en el siglo XIX. En 1893, con la pacificación interior, la tradición fue retomada, aunque las circunstancias climáticas decidieron su traslado temporal del mes de octubre al mes de septiembre. Esta reactivación partió de un grupo de comerciantes y artesanos deseosos de reanudar estas conmemoraciones en honor a san Juan. Estas personas, a los que nominaban como los “artistas”, por no estar ligados a las tareas agrícolas, querían rescatar las tradiciones y fijarían lo que será la fiesta hasta la edad contemporánea.

 

En aquellos años se denominaba como la Festa dos Artistas, y sólo en la segunda década del siglo XX, las fiestas patronales pasarían a llamarse Festas do Povo, en el que ya se implicaría a toda la población en la organización y realización del evento. Desde que la tradición fue rescatada en 1893 por aquellos jóvenes artesanos, sus propósitos se ha conservado durante todo el siglo XX, como la ornamentación de las calles, la iluminación nocturna, los actos religiosos, el festival taurino, las alboradas y los conciertos de bandas locales, acompañados de bailes populares y fuegos artificiales.

Sobre la especificidad del uso de flores de papel, algunos tradiciones documentadas hablan de una antigua costumbre de las mujeres campomaiorenses, al final del verano, de recibir a sus maridos con flores y engalanando las calles, para celebrar su arriesgado retorno de los caminos de la frontera donde ejercían el contrabando, una importante fuente de ingresos en aquellos tiempos de carencias.

El papel surgió como elemento decorativo y la electricidad permitió aprovechar la noche para aligerar los trabajos y decorar el pueblo la noche anterior a la inauguración floral. Aunque siempre se dice que las fiestas del pueblo se realizan cuando el pueblo quiere, hay quienes prefieren señalar no a la voluntad de los campomaiorenses sino a las condiciones económicas y otras circunstancias ajenas
al deseo popular, las que deciden cuando deben celebrarse. Por ello, a pesar de que fueron concebidas para ser anuales, suelen tener lapsos relativamente largos. Una de las razones es el gran coste de los materiales usados, que darán ornato de toda una población, una gran variedad de elementos decorativos que exige un importante esfuerzo económico, además de la disposición voluntaria de centenares de personas, que tienen que dedicar muchas horas a lo largo de los meses para la confección de todo tipo de flores, figuras y adornos.

 

En cuanto a las flores, rosas, claveles, tulipanes y otras, es tal la exquisitez en su confección que llegan a confundirse con flores naturales. Uno de los promotores que nos sintetiza los preparativos anteriores a la fiesta, nos refiere que la asociación organizadora, que representa a todos los vecinos, es quien dirime en el mes de marzo, el momento propicio de la celebración y se elige al representante de cada rua. Éste será el responsable de organizar y distribuir las tareas de cada uno de los voluntarios, de escoger el local donde se realizaran los trabajos, y de estar al corriente de las necesidades del material que se va a necesitar. En total serán miles de resmas de papel. El secreto es importante tanto para los vecinos de otras calles como para los amigos y familiares, hasta la noche de la enrama.

En general, son las mujeres las que confeccionan las flores de papel durante las noches frías del invierno, al calor de los braseros. Las más habilidosas serán las encargadas del trabajo, acompañadas de las más jóvenes, incluso de los niños que se inician en este arte, pero siempre atentas al consejo experto de las más ancianas. Los hombres se encargan del trabajo más pesado, realizando los trabajos de carpintería y montaje de las estructuras.

Durante la noche se yerguen los palos o postes y soportes cubiertos con hojas de papel que sustentan los techos y los ornamentos. “Enramar” una calle no es una tarea fácil para realizarla en una noche, por lo que se recurre a la ayuda de amigos y familiares llegados de otras poblaciones. Pocos campomaiorenses se acuestan esta noche y cuando el sol irrumpe en el horizonte alentejano, comienzan las fiestas, con bailes típicos y canciones populares, acompañándose de panderetas y castañuelas.

Este año se han engalanado un total de 104 calles, una decoración que también se realizó la noche anterior, con la participación de unas 5000 personas, instalando toneladas de alambre y cuerda, y más de 20 toneladas de papel; una bulliciosa noche donde los vecinos se afanaron en tener listas sus respectivas ruas y barrios antes del amanecer, donde nadie durmió, esperando que los primeros rayos del sol iluminaran las floredas calles de Campo Maior.

Un paseo por su casco histórico, su castillo, sus iglesias, sus ruas, y una escalofriante visita a su Capela dos Ossos, o simplemente escuchar en la voz de sus vecinos las leyendas y las gestas militares de sus antiguos pobladores, mientras se degusta un café, con el trasfondo musical de nostálgicas canciones del folklore portugués, hacen de Campo Maior un importante enclave turístico de la raya portuguesa y un lugar único en el mundo durante sus Fiestas de las Flores.

Agradecimientos: Joao Muacho, Chefe de Gabinete do GAP.
Texto: Roberto Machuca
Fotos: Rocío Gallardo