La historia de esta cueva arranca una mañana de 1967 cuando el propietario de un olivar araba con su mula la tierra y el animal hundió una de sus patas en el terreno, dejando al descubierto un hendidura de medio metro de diámetro, de donde surgió una pequeña nube de vapor. Dio cuenta del descubrimiento y espeleólogos de Madrid realizaron un estudio y mapa topográfico que supuestamente quedaría archivado, ya que la gruta permanecería precintada durante casi veinte años.

Nos trasladamos a una lluviosa noche de septiembre en 1984. Los miembros de un grupo de espeleólogos aficionados de una población cercana, habían conocido por vecinos del pueblo, que en las afueras de Castañar existía una cueva que no había sido explorada, similar a unas existentes en el entorno de Las Villuercas. Portando un material muy precario: linternas comunes, sogas de pita y ropa poco adecuada, iniciaron la exploración por un estrecho conducto vertical en el que no se apreciaba el fondo. La llu-
via formaba pequeños regueros de agua que se deslizaba por la oquedad arrastrando tierra y arcilla. Asidos a cuerdas iniciaron el descenso hasta que, casi sin cuerda, alcanzaron el suelo en una cavidad en la que se distinguían formaciones rocosas muy deterioradas por la erosión interna del subterráneo.

 

Arrastrándose por un conducto horizontal, con leve inclinación descendente, llegaron a un gran espacio abovedado. Cuando les preguntaron en el exterior por lo que habían encontrado y visto, solo pudieron decir: “¡Es fascinante!”.

El 15 de octubre de 1986, el entonces alcalde de Castañar y el grupo de jóvenes, denuncian la existencia de la cueva en una entrevista con el presidente de la Diputación de Cáceres, y la noticia es dada a conocer a la prensa regional. La gruta, formada en sedimentos del Precámbrico, hace 570 millones de años, a una altitud de 660 metros, se ha constituido bajo placas de caliza y pizarra. Algunas de las galerías son de difícil acceso.La longitud de la cavidad explorada es de varios kilómetros, pero el recorrido guiado se reduce a las salas más accesibles. Durante la visita nos vamos a encontrar con suelos, paredes y techos forrados de prismas y concreciones brillantes constituidos por cristales de calcita y aragonito.

 

 

Emergiendo de la oscuridad más absoluta, las linternas y focos ofrecen la vista de hermosas bóvedas de estalactitas con formas cónicas o redondeadas; estalactitas excéntricas, de gran belleza, que crecen en diferentes direcciones por acción de las cargas eléccas contenidas en las aguas mineralizadas; estalactitas que recubren las paredes formando coladas de mineral. Contemplaremos las denominadas cortinas o banderas de caliza translúcida, que afloran junto a las fisuras y grietas de las techumbres; estalagmitas de diferentes dimensiones; columnas y superficies escalonadas, llamadas gours, donde se forman pequeñas balsas de agua. Y todo teñido de diferentes tonalidades, por la acción de los óxidos de hierro y manganeso.

Los haces de luz nos mostraran espacios recónditos e inaccesibles que se bifurcan en otros recintos, con diferentes alturas y siempre con una temperatura ideal de diecisiete grados. También existen unas curiosas y delicadas estructuras esféricas que los espeleólogos denominan pisolitas o perlas, donde el mineral va tapizando algún pequeño material o impureza, que se concentran en la sala de los Lagos, no abierta al público.

 

 

Para los estudiosos de la geología, las formaciones existentes en estas galerías son poco frecuentes en el mundo y esta considerada como la gruta con mayor cantidad de espeleotemas de aragonito en España. Actualmente el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y la Universidad Complutense estudian la evolución de las formaciones, su antigüedad y el impacto ambiental provocado por la presencia humana; en este caso comparando, entre otras mediciones, la temperatura y humedad de la Sala Nevada, por donde transcurren las visitas, con la Sala de los Lagos, no transitada. En alguna de estas bóvedas, como la Sala Jardín, la humedad es del 98%, y el nivel de saturación llega a alcanzar el 100%.

Las salas descubiertas fueron bautizadas con diversos nombres, según lo que las caprichosas formas líticas y las diversas tonalidades minerales sugerían, tales como la Sala Nevada, El Jardín, La Librería, la Sala de los Lagos, la Sala Roja, la Sala de las Planchas, la Sala de la Bandera, o la Galería de los Corales.

Actualmente la lista de espera para su acceso es de un año. De momento habrá que conformarse en la visión parcial de la cueva, o satisfacerse con visitar el Centro de Interpretación instalado cerca de la gruta, para percibir la belleza oculta en uno de los parajes más admirables de Extremadura.

Textos: Roberto Machuca

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto

Agradecimientos: Consejería de Agricultura y Medio Ambiente, Junta de Extremadura y Ana Blázquez Díaz