Desde el exterior de la capilla, una luz penumbrosa y macilenta se filtra a través de un pequeño ventanal, donde una veintena de cráneos perfectamente alineados reciben al visitante con una lapidaria y siniestra inscripción: “Nos, ossos que aquí estamos, pelos vossos esperamos”. Es el simbólico lema, cuya traducción: “Nosotros, huesos que aquí estamos, por los vuestros esperamos”, nos desvela con trágica ironía la transitoriedad de la existencia humana.

En el interior, sólo la voz del sugestionado visitante rompe el aparente recogimiento mortuorio, una capilla o un osario donde centenares de huesos cuidadosamente adheridos recubren con una extraordinaria uniformidad las paredes, techos y columnas de la capilla. La Capela dos Ossos de Campo Maior, en el Alentejo portugués, anexa a la iglesia de San Francisco, fue erigida en 1766.

 

Los huesos que la ornamentan son consecuencia de una azarosa historia militar, que se remonta al año 1640 cuando Portugal inicia la guerra con Castilla. Campo Maior, por su situación fronteriza, se convierte entonces en un enclave estratégico, obligando a los monarcas portugueses a fortificar la ciudad y emplazar un importante destacamento militar. Será la segunda guarnición del Alentejo, tras Elvas. En el año 1712 la villa sería sitiada por las tropas españolas, un asedio de 36 días y toneladas de proyectiles que caerán sobre las defensas y la sobrecogida población. Pero el horror estaba por llegar años después y esta vez el hostigador no vendría del otro lado de la frontera.

 

Una tormentosa noche de verano de 1732 mientras la población dormía, a las tres de madrugada, un rayó cayó sobre una de las torres del castillo donde se hallaba el polvorín del ejercito. Los anales refieren que el arsenal contenía unas 60 toneladas de pólvora y 5000 cartuchos. La violenta explosión y el fuego devastaron la villa, donde perecieron dos tercios de la población A Capela dos Ossos y
fueron destruidas 836 casas de las 1076 existentes. El Rey Juan V reconstruirá el castillo y Campo Maior será reedificado de entre las ruinas.

 

En 1766 los monjes franciscanos construirán la capilla en homenaje a las victimas, de las que exhumaron alrededor de 800 esqueletos con los que revestirán el interior del pequeño santuario mortuorio. El germen de esta siniestra idea de ornamentar las capillas con huesos humanos, nos traslada a la ciudad de Évora, donde se halla la mayor Capela dos Ossos de Portugal, y antecedente de todas las existentes en el país, como son las de Faro, Lagos y Alcantarilha, en la región del Algarbe.

La historia de la Capilla de los Huesos de Évora es menos infausta que la de Campo Maior, aunque no pierde esa impresión de morbosidad. Más amplia y ornamentada que la mencionada, se construyó también junto a una importante iglesia consagrada a San Francisco, a finales del siglo XVI. Sus artífices fueron tres monjes que atendiendo a los principios de la contrarreforma, surgidos del Concilio de Trento, pretendían transmitir un mensaje de lo efímero y fugaz de la existencia, y la necesidad de adoptar una actitud contemplativa ante la vida.

Un monje franciscano nos refiere que la época en que se erigió la capilla era un tiempo oscuro y siniestro de la Europa católica, con un gusto por lo morboso, donde la muerte regía la actividad humana en todos sus ámbitos. La calavera y el esqueleto son las figuras principales que aparecen en el arte de esa época, incluso los cuerpos en descomposición; y un deseo de ocultar lo bello y lo placentero de la vida. Aquellos poderes religiosos querían presentar lo temporal de la vida para soslayar los excesos y la depravación de la sociedad que se originó durante el Renacimiento, cuyo efecto fue especialmente pernicioso entre los próceres eclesiásticos.

 

La luz penumbrosa de la sala con la tétrica música que envuelve el lugar ofrece una curiosa y desapacible sensación de aprensión que permite percibir lo que sentirían los hombres y mujeres de aquel tiempo, como una advertencia de que la muerte era el principio y el fin de todo lo material. “El hombre actual —nos explica el monje franciscano— ha perdido el espíritu religioso de aquella época, y el interés por la muerte ha sido relegado a un segundo plano. Aunque la muerte es una circunstancia intrínseca a la condición humana, de una u otra manera tratamos de obviarla”. En la Capilla, lo que para nosotros es una curiosidad artística, para aquellas gentes era un lugar de culto y reflexión.

Espeluznantes son los cadáveres momificados de un adulto y de un niño, colgados de cadenas, en una postura humillada. Un mensaje permanente que nos hace meditar sobre la vida. Aunque la aparente pretensión de aquellos monjes era significar lo efímero de todo lo humano y fomentar la reflexión del visitante, existía un trasfondo más banal. En el siglo XVI hay constancia de 42 cementerios monásticos
cuyos terrenos se pretendían aprovechar para fines menos consagrados.

La solución planteada por los religiosos fundadores llevó a la exhumación de 5000 esqueletos y su uso en la decoración de una capilla construida sobre lo que era el primitivo dormitorio de los monjes franciscanos, y que pasaría a ser la sala de meditación y recogimiento. Cráneos, tibias, vértebras y fémures, fueron escrupulosamente seleccionados para el ornato de aquella macabra
construcción. Sólo las bóvedas fueron privadas del material óseo, para permitir la decoración pictórica con motivos alegóricos ofrendados a la muerte.

Espectros, creían aquellas gentes, del otro mundo que nos avisan del inexorable futuro que nos aguarda. Es historia, parte de nuestra cultura, y una reflexión amarga sobre la condición humana.

Texto: Roberto Machuca

Fotos: Rocío Gallardo