Entrada a la Fortaleza de Ouguela

Acudimos a uno de los rincones más íntimos y sorprendentes de la Raia, viajamos a Ouguela. Ya desde las alturas de Alburquerque se anuncia inquietante la vieja fortaleza. Cruzamos el río Gévora cuyas riberas aparecen desbordadas tras el temporal y en las que crecen las berzas que en estos días de invierno son el acompañamiento vegetal de los poderosos buches.

Junto a la ribera, como surgiendo de las caudalosas aguas, aparece la belleza barroca de la Ermita de Nuestra Señora de Carrión, parada obligada en este viaje a La Raya.

Viajamos hacia poniente. A nuestro paso, piaras de cochinos hozando en la hierba de la dehesa mientras de las encinas llega el estruendo de los rabilargos que parecen celebrar su primer cortejo.

Hemos dejado ya la carretera que conduce de Alburquerque a La Codosera. Avanzamos en medio de espectaculares dehesas que presentimos llenas de vida al calor de este día alumbrado por un sol de invierno. La tranquila y cómoda carretera se estrecha y se vuelve sinuosa nada más entrar en Portugal.

 

Patio de armas de Ouguela

Un pequeño descenso nos lleva al río Abrilongo, río -nos dirán más tarde- que vadeaban sobre impetuosos caballos los contrabandistas del café, que desde el cercano Campo Maior llegaban con su torrefactada mercancía hasta algún lugar cercano a Aliseda o a Arroyo de la Luz.

 “Dois bicas”. En pocos lugares el viajero puede disfrutar de la intensidad y los aromas del café como en estas tierras de Don Denís. Maria Clotilde es la encargada del Centro Comunitario de Ouguela. Pregunta a los viajeros por su procedencia mientras agarra el brazo de la vieja cafetera con sus dos manos, como si quisiera así exprimir el último aroma de las semillas llegadas de la antigua Abisinia.

 

La señora Rosa se queja de que los españoles interfieren en la frecuencia de TVI

Maria Clotilde nos recuerda el día en que su Excelencia el Presidente de la Republica, Don Mario Soares, visitó Ouguela. Y dice recordar las promesas da Sua Excelencia en aquel día 18 de marzo de 1989. “Mais nao ha nada, nao ha escola, nao ha trabalho, nao ha meninos, nao ha nada e o castelo e uma ruína, so ha tristeza”.

 

 

Entramos en el impresionante castillo a través de un gran portón coronado de estucos alegóricos a la guerra y a la patria lusa. Dentro, un gran patio de armas acoge unas cuantas casas que crecen pegadas a la cerca levantada en el siglo XIII.

“Cada vez quedamos menos”, nos comenta la señora Joaquina, 78 años y cinco hijos que trabajan en la recogida de la aceituna. “Aquí estaremos -nos dice- hasta que el de arriba -y señala al cielo- dé la orden”.

 

Interior del Palacio del Gobernador

El palacio del Gobernador aparece medio derruido. Poco o nada queda de los años de esplendor. Ahora sus viejas bóvedas sólo sirven para guardar del agua las sábanas que acogen los cuerpos que el tiempo ha ido enfriando. La señora Rosa tiene 84 años y se queja del frío del invierno y de las humedades que le llagan a la casa desde la gruesas paredes de la muralla del castillo. Pero sobre todo se queja de que los españoles se han metido en la frecuencia de la T.V.I y no puede ver su telenovela brasileña.

El señor Zé nació en el castillo de Ouguela hace ya casi 90 años. Con él recorremos el impresionante patio de armas del castillo. “Antes –relata- en él jugaban los niños al fútbol y a la guerra… también hacíamos bailes el día de Noça Senhora de Enxara…  pero de eso hace ya muchos años…”, se le escucha decir. Nos pregunta dónde venimos, “de Cáceres”, le respondemos, “¡Hummm!… sólo conozco Badajoz”.

 

Desde las alturas almenadas de la fortaleza el viajero emprende un largo viaje a través de la mirada. En la distancia se hacen visibles el castillo de Alburquerque, la fertilidad de la vega del Gévora, ya cercana a Badajoz, también los extensos olivares de Campo Maior y el inmenso mar de encinas del Alentejo que aquí se confunde con los encinares de las dehesas extremeñas.

La perra Nora, que permanece atada a una higuera, observa todos y cada uno de nuestros pasos a lo largo y ancho de la fortaleza. “Por la noche ella es nuestra guardiana  -señala el señor Zé- la soltamos y aquí nadie es capaz de traspasar el portón de entrada”. La manda callar mientras nos ofrece un vaso de vino y un plato de aceitunas hechas en casa por la señora Rosa con la que comparte su vida desde hace 58 años. Brindamos por ellos, por sus años juntos y por que pronto se cumpla la promesa da Sua Excelencia, de hacer de Ouguela un gran centro turístico.

Disfrutamos de unos de los rincones más hermosos y mágicos de La Raya. Son cerca ya de las dos de la tarde y en el pequeño comedor del Centro Cívico María Clotilde nos tienen ya a punto un humeante cocido alentejano. Lo acompañamos con un vino de la casa por 7 euros. Tras el yantar de nuevo el aroma del café y el camino que hacemos a través de Arranches y La Codosera.

Texto: Lucas Riolobos

Fotos: Álvaro Fernandez Prieto