Te ocultas camuflado entre los juncos de la orilla, metido en el agua. Llevas un vadeador de neopreno porque, aunque es verano y el agua del río Tiétar es templada, piensas estar metido en ella durante varias horas. Te cubres con una red de camuflaje sobre una liviana estructura que, anclada en una plataforma flotante, forma un pequeño habitáculo desde el que espías una tranquila tabla de este tramo del curso medio del Tiétar cacereño. En la parte delantera del habitáculo, fijada a la plataforma flotante, una cámara de fotos y un teleobjetivo –que asoma fuera del camuflaje- presagian el sentido de tu extravagante espera.

Texto y fotografías: Juan Pablo Resino

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