“Un verdadero joyel de oro” “obra delicadísima…” que “acabada será obra digna de ser vista” Han pasado cinco siglos desde que Bartolomé de Villalba se refiriera a la catedral de Plasencia así en “El pelegrino curioso y grandezas de España”.

Plasencia, Ciudad Episcopal casi desde su nacimiento en el siglo XII, nos recibe en un fresco atardecer. Allá, a lo alto, abrigadas entre nubes y casi casi acariciando el cielo, las dos Catedrales, la Nueva y la Vieja, nos marcan el camino. Es uno de los tesoros de la ciudad de Alfonso VIII: una catedral, que no es una, son dos catedrales yuxtapuestas. La Vieja, del siglo XIII, iría siendo destruida para dar vida a la Nueva, del siglo XV. Pero a la vez, los restos de la Vieja irrumpen en la Nueva. Lo veremos.

 

Nos acercamos con curiosidad tras años de trabajo de restauración y limpieza, sobre todo de la Catedral Nueva. Esa Catedral que, en su devota penumbra siempre nos preguntábamos por qué el dorado del Retablo Mayor. Hoy tenemos la respuesta clara al entrar y tenemos que volver a recordar a Bartolomé de Villalba, “…un verdadero joyel de oro…”. Nos cubren hermosísimas bóvedas, nervios, arcos, medallones, parámetros… todo vestido de oro.

 

 

El trabajo de restauración, realizado por los arquitectos Sebastián Araujo, María Jesús Marteles y Jaime Nadal, se centró en varias y muy distintas tareas. Por un lado fue necesario proceder a una limpieza profunda, “el humo de las velas viene desde el siglo XVI”, nos dice Don Francisco Rico, Vicario General y Dean. También se ha ido recuperando lo dañado por la humedad así como la cobertura de dorado y pintura allá donde lo había en origen. Ha sido toda una sorpresa. El pan de oro envolvía mucho más de lo que se esperaba, de hecho se ha aplicado en una superficie que supera los 2.500 metros cuadrados y se han utilizado “mil paquetes de 20 librillos de 25 hojas de 8×8 cm.”.

Dejamos al margen las cifras porque lo que realmente importa es ver cómo se ha conseguido ahora resaltar la esbeltez de las columnas. “Algunas se abren desde abajo como si fuera una palmera”. Las claves de las bóvedas, unas con relieve en piedra, “donde no se repite ni un solo rostro de mujer”, y otras con releve en metal. Hermosísimo. Miramos el retablo… miramos las bóvedas… ahora son todo uno, las bóvedas y el impresionante retablo Mayor del siglo XVII de Gregorio Fernández.

 

En calma, vamos observando la Puerta de la Sacristía, de Juan de Álava, con el escudo del Obispo que comenzara la construcción de la Catedral Nueva, el Obispo Álvarez de Toledo. En esta puerta, el dorado y el azul se unen en perfecta armonía. Mientras, los arquitectos han querido dejar sin tocar los miembros que faltaban a alguno de los relieves.También el Sepulcro del Obispo Ponce de León, el andito o balconada, una reminiscencia del triforio de las catedrales góticas, las capillas laterales, los escudos y medallones, la tribuna del órgano… son algunos de los elementos que contemplamos ahora en su plena belleza.

 

 

Tras el coro, nos llama la atención la unión, yuxtaposición, irrupción o como se desee llamar entre la catedral Nueva y la Vieja. En estos trabajos de rehabilitación se ha decidido dar a este paño un tono blanco de modo que podemos ver hasta el arranque de los arcos. Salimos al claustro y, al otro lado, vemos claramente esta unión, dos muros, uno inacabado y otro como si siempre estuviera naciendo. Detalles así nos van contando la historia.

Texto: Mari Cruz Vázquez
Fotos: Álvaro Fernández Prieto