Si Juan Ramón Jiménez hubiera visitado esta finca de Mérida, donde viven cincuenta de los pocos burros que quedan ya en España, seguro que hubiera encontrado la inspiración idónea para escribir la segunda parte de su “Platero y yo”.

El frexnense Juan Peche es el propietario de este paraíso en la Tierra para los burros, y padre de todos ellos. Al menos así le ve toda esa gran familia peluda y de ojos color azabache, llegada de diferentes puntos del país que, seguro, le consideran su gran salvador. Es el presidente de la Asociación para la Conservación de la Gran Raza Asnal Andaluza y, desde hace unos siete años, trabaja incansablemente para evitar la extinción de estos sacrificados y poco valorados equinos.

Uno habrá tenido que recorrer cientos de kilómetros tirando de un carro; otro dar infinitas vueltas a una noria; alguno cargar con cientos de pesados sacos o arar grandes hectáreas de árida tierra, o en el mejor de los casos transportar sobre el lomo a su amo. Por eso, el sueño de cualquiera de ellos habría sido pasar el resto de sus días bajo una de las encinas de esta finca emeritense.

La llegada de la mecanización al campo relegó a un segundo plano a estos equinos que durante siglos le habían sido tan útiles al hombre. Este hecho ha conseguido que esta sea ya casi una especie en extinción. Algo que Peche trata de evitar por todos los medios. “Si queremos que el burro sobreviva hay que buscarle una utilidad”, asegura. Él propone la creación de un programa que permita dar a conocer estos animales a la sociedad, y la creación de una granja escuela donde se les domestique y forme para cumplir alguna función. “Yo propongo que sean empleados en el turismo rural para realizar rutas o como terapia con niños que sufran algún tipo de discapacidad intelectual”.

Sin embargo, todo ello es imposible sin un fuerte apoyo económico ya que, como detalla, actualmente cuenta con 40 burras productivas, cuyo coste de mantenimiento anual es de cerca de 600 euros, “al sustento diario se suman las varias ecografías y tratamientos veterinarios que requieren”. Cada uno de estos burros será vendido por entre 600 y 900 euros.

 

 

La gran raza asnal andaluza es la que siempre ha predominado en Extremadura. Son burros altos y de gran fortaleza, con grandes patas y pezuñas, llegando a medir los machos 1,40 m. y 1,36 m. las hembras.

“Desde pequeño me han encantado los burros y hace unos años decidí comprarme uno”. Fue entonces cuando verdaderamente se dio cuenta de la problemática de estos animales, de su abandono y desprestigio. Juan ha llegado a tener hasta 90 ejemplares, “pero muchos de ellos estaban viejos y no servían para procrear”, por eso ahora se ha quedado con aquellos que pueden tener una utilidad. En Extremadura hay identificados unos 400 ejemplares de la raza asnal andaluza, de los cuales sólo algo más de 100 son productivos.

Un animal noble, fiel e inteligente a pesar de la mala fama unida a su nombre que, aún hoy, sigue estando arraigado a la tradición y cultura española. No obstante, son pocos los que hoy piensan en él como animal de compañía.

Juan Ramón Jiménez planeó escribir una segunda parte de su libro infantil más famoso, a la que pensó titular “Otra vida de Platero”, que nunca llegó a ver la luz. Un presagio quizá de esa vida que burros, como los de Juan Peche, han llegado a alcanzar.

Fotografías: Álvaro Prieto

Texto: Soledad Gómez