Desde que conozco a Iker – y nuestra amistad cumple ya la mayoría de edad – puedo asegurar que sigue siendo el mismo de entonces. La popularidad que da la televisión no le ha cambiado nada. Su empeño en divulgar y dignificar materias que otros pretenden ignorar, tan sólo porque no hallen una explicación para ellas, sigue en pie. Le apasiona lo que hace y es generoso con quienes están a su lado. Podríamos decir que Iker Jiménez es un soñador que comparte sus sueños. Evocador de misterios y mundos inciertos, pone el alma en todo lo que emprende. Es, así, tal y como aparece ante la cámara. En mi caso, confieso que al verle, sigo contemplando a aquel niño de once años que con su bici y una grabadora se movía por su Vitoria natal en busca del último caso ovni.

GONZALO PÉREZ: Viajero incansable en busca del misterio por medio mundo, Iker Jiménez, parece tener una sensibilidad especial con Extremadura. ¿A qué piensas que se debe esa fuerte atracción que tienes por esta tierra, Iker?

IKER JIMENEZ: Yo creo que Extremadura es una tierra que aún no ha cortado el cordón umbilical que la une con lo misterioso, lo sagrado y lo ancestral. Creo que es un paraíso, en muchos aspectos, para un buscador de lo extraordinario, como es mi caso. Hay un legado cultural, desde la prehistoria, que es digno de elogio.

G. P. : Las Hurdes es una clara muestra de lo que dices. Esta comarca se fundió contigo, hace mucho tiempo. A ella y su antropología dedicaste el libro “El Paraíso Maldito”. ¿Qué te aportó esa intensa relación con el mundo hurdano?

I.J.: Mis correrías y mi fascinación por las Hurdes, por su verdad y su mito, es algo que viene de antiguo. A la Vera y a Las Hurdes fui en mi primer viaje de investigación, de forma profesional, recién iniciada la carrera de periodista, allá por los inicios de 1991. Han llovido veinte años, que no son pocos. Me quedé “encandilado” con aquel paraje. Con aquella fuerza telúrica. La estampa negra y desoladora que quizá yo llevaba en la mente, se convirtió en un arcoiris antropológico y etnográfico como yo no he vuelto a encontrar. Creo que “El Paraíso Maldito” es un libro que estaba obligado a hacer. Es fruto de mi enamoramiento con una tierra y con su larga historia llena de sufrimiento y enigma. Es un libro que había que hacer, porque todo eso se perdía. Quizá, muchas cosas que yo grabé y rescaté a la luz de la lumbre y por esos caminos de pizarras, ya no existan. Por eso un libro es, a veces, como un salvavidas.

G. P. : Gran número de las páginas del libro se refieren a la Naturaleza misteriosa hurdana. Este es otro de los campos de lo extraño que te fascina ¿no? ¿Qué seres fantásticos o reales del mundo animal recogiste en aquella investigación?

I.J.: Todo lo que me contaron durante diez años de viajes – de 1991 a 2001 exactamente- lo guardé y anoté pacientemente. Esos cuadernos para mi son un tesoro. Hay dibujos temblorosos, otros firmes como el pedernal. Trazados por mis amigos hurdanos de varias generaciones. Como plasmando un mundo que ya solo es recuerdo. Gentes que me contaron sus encuentros, llenos de folklore, de mito y de rotunda verdad, con “El Luceru”, con “El Escorrupión” o “La Tarantanchuela”. Y ya pasábamos a mayores, al caer la noche, y cuando en los seranos los más ancianos me hablaban, con una sonoridad que parecía provenir de la protohistoria, con una cadencia y una capacidad de comunicación extraordinaria, sus lances con personajes de la talla del “Macho Lanú”, “La Chancalaera” “El Pelojáncano” o “El tío Entiznao”.

Pocas veces me he sentido tan feliz como en mis correrías de alquería en alquería. Es algo que me hizo crecer como persona. El “Bestiario Hurdano”, la panoplia de todo este mundo que latía allí hasta hace no mucho, debería darse en los colegios. Es nuestra cultura. Nuestro mito. Único e intransferible. En Estados Unidos, sin duda, ese libro estaría editado y sería de obligada lectura.

G. P. : Indudablemente, la tierra extremeña y sus gentes han sabido preservar de manera muy loable sus costumbres, sus ritos, su antropología… Sin embargo, el hombre de hoy parece querer desprenderse de su conexión con la tierra, la naturaleza, el cosmos…

I.J.: Tu lo has dicho. Y yo tengo poco que añadir. Y cuando esa desconexión total ocurra muchos se lamentaran. El “aplanamiento” de la globalización a mi me produce arcadas. El soterramiento del mito, de lo ancestral, de lo sagrado, me enerva. Porque es ir contra lo que hemos sido. Contra la raíz de un adn milenario. Si algunos quieren ser robots, allá ellos.

G. P. : Tus programas han dedicado muchos minutos a casos misteriosos de Extremadura. Podrías contarnos alguno de los más célebres.

I.J.: Pues tendría que ocupar media revista, Gonzalo. Y creo que no es plan. Tú mejor que yo sabes que en esta tierra, que es una porción grande de España, han ocurrido encuentros y desencuentros de todo tipo. Lances llenos de documentos, de fenómenos, de ocultaciones y de pruebas. Sin duda, Extremadura es un paraíso para estas temáticas. Y eso no tiene que ver con incultura o falta de información, como seguro pensarán algunos “listos”. Eso más bien tiene que ver con la sinceridad y con la valentía, de unas gentes de pura cepa y con poca doblez. Al menos eso es lo que yo he vivido.

G. P. : Sin embargo, no siempre es fácil convencer a una persona para que te cuente una vivencia de este tipo. ¿Qué hacer, Iker, para conseguir el testimonio de una experiencia inexplicable cuando, en este caso, esta se produce dentro del ámbito rural, donde todos sus habitantes se conocen entre sí y contar una historia de este calado puede marcar a quien la vive?

I.J.: Tú lo sabes mejor que nadie. Sacar un testimonio de su entorno es como ir con un alicate a arrancar una muela. Es una profesión de alto riesgo. Y más para el cronista, como tú. Pero al final los casos llegan. Hay una extraña necesidad que hace que a veces, después de mil esfuerzos, aflore el testimonio. Por desgracia esto no ocurre siempre. Hay personas que callan por el temor al qué dirán. Y eso me da mucha pena. La ignorancia del entorno, la banalidad de quienes le rodean, dejan mudos a muchos testigos. Es una lacra cotidiana.

G. P. : Has hablado hace un momento de ocultaciones. En la pequeña gran historia de los enigmas extremeños hay un suceso relacionado con el fenómeno ovni que se convirtió en todo un clásico de la investigación ufológica española. Hablo del caso del humanoide aparecido en la base aérea de Talavera la Real. A estos hechos dedicaste enteramente un libro: “La Noche del Miedo”.

I.J.: Me pasé tres años, se dice pronto, detrás de esa historia. Obsesionado y enfebrecido con lo que iba descubriendo. Es, posiblemente, la investigación más larga y concienzuda que he hecho en mi vida. Y creo, rotundamente, en lo que pasó aquella “noche del miedo”. Sin género de dudas. No sé la naturaleza de la aparición terrible que vieron aquellos soldados. Pero, tras encontrarlos 25 años después, sé que no mienten. Y sé que en plena noche dispararon contra algo que es oficialmente imposible. Una historia digna de una película. Pero ojo, una película real y dramática en muchos aspectos.

G.P. : Precisamente acerca de este fenómeno de los ovnis, casi todos los investigadores afirman que Extremadura es una zona “caliente” en sucesos ufológicos. ¿Piensas que esto es así y de serlo a que crees que se debería?

I.J.: Es una de las comunidades más extensas de España. Hay parameras y entornos casi desérticos, solitarios. Con muy poca densidad de población. Y hay telurismo, dolménico y arqueológico. Abrigos como los de las Batuecas en los que uno parece descender a otro mundo antiguo. Esa zona de la Peña de Francia donde uno mira al cielo y se le estremece hasta la última célula…. Parece que son los entornos propicios para cierto tipo de fenomenología. Además, en Extremadura, fenómeno no muy común, hay gente, desde antaño, curiosa. Cronistas, periodistas, informadores que sienten la necesidad de contar e indagar. Esto ha hecho, evidentemente, que algunos de los casos extremeños hayan llegado muy lejos y se hayan convertido en “clásicos” a nivel nacional.

G.P. : A través de los reportajes de Milenio3 y Cuarto Milenio, se percibe que la arqueología es otro de tus temas favoritos. Extremadura conserva importantes huellas de su pasado remoto. Existe una pieza rodeada de misterio que despertó tu inquietud hace muchos años. Se trata de la figura que fue rescatada de la tapia del cementerio de Casar de Cáceres.

I.J.: Si Von Daniken la llega a conocer, hubiesen llegado miles de turistas a Cáceres para contemplarla. Pero se le pasó. Es una lápida alucinante, maravillosa, cósmica. Un ejemplo de ese pasado del que desconocemos casi todo. Uno de mis “tótems” más entrañables. Volver a verla, grabada en televisión por Cuarto Milenio, me erizó la piel. El “Astronauta de El Casar” es como ese viejo amigo al que uno siempre quiere volver a ver.

G.P. : Para suceso extraño dentro de lo extraño, el caso del fuego de Torrejoncillo, Iker.

I.J.: Impresionante. Sé que algunos miembros de la familia murieron tiempo después. Me acuerdo mucho de algunos de ellos que me enseñaron aquella casa envuelta de un fuego que les pareció “el del fin del mundo”. Ahí tenemos un expediente X español en toda regla. Sin discusión. ¿ Qué provocó aquello? Eso ni tú ni yo lo sabremos nunca.

G.P. : ¿Son bien tratados estos temas por los medios de información general, la Ciencia o los estamentos oficiales de hoy?

I.J.: Hay de todo, como en botica. Pero creo que algo, sinceramente, estamos haciendo por normalizar estos asuntos, tan amplios, y que no sean estigmatizados. Los talibanes y los dogmáticos del pensamiento uniforme pueden hacer poco. Porque la gente de la calle, la gente normal y corriente, o ellos mismos, o tienen parientes o conocidos- personas de las que no pueden dudar- que han vivido esas cosas que quieren hacernos creer que son imposibles. Y contra eso no puede nadie. El misterio ha tocado a muchas más personas de las que creemos. Y si no me creen, que hagan la prueba con varias generaciones de parientes. Alguno de ellos habrá tenido algún lance con lo desconocido. Estoy seguro.

G.P. : ¿Estamos cerca de resolver algún enigma? O, mejor, ¿se puede nombrar algún misterio para el que se haya hallado alguna respuesta?

I.J.: Yo creo que cada vez sé menos. Hace unos días nos enterábamos de la “bomba” en el seno de la ciencia. Puede que todo sea casi erróneo. Que la regla con la que medíamos el universo ande torcida. Se habla de viajar en el tiempo. Y cuando oyes a los científicos, como la física cuántica Sonia Fdez. Vidal, te quedas embobado. ¡Todo es misterio! La pregunta no es si podremos resolver algún enigma. La cuestión es que cada vez sabemos menos de lo que creíamos conocer a la perfección.

G.P. : En tu obra siempre tienes espacio para tratar algunos sucesos concretos de desapariciones de personas. ¿Los contemplas, sencillamente, como casos sin resolver dentro del periodismo de sucesos o piensas que detrás de alguno de ellos pueda existir alguna causa paranormal?

I.J.: En algunos creo que hay misterios que se escapan a lo policial. Hay un caso de “rapto anómalo” de un muchacho y todo su rebaño en Huesca que es de película de terror. He conocido casos de gente que desapareció en mitad de la nada. Como si abriesen la puerta de un lugar que no es este mundo. Quizá la mayoría tengan explicación. Pero algunos casos se han resistido a cualquier comprobación. Sin rastro. Casos que acumulan polvo. Varios centenares que son sencillamente increíbles.

G.P. : Existe una apasionante investigación tuya donde lo paranormal y la Historia se tocan. Y ocurrió en Villafranca de los Barros.

I.J.: Una niña que habló en latín con apenas tres meses. Y ahí estaba todo el dossier inquisitorial y judicial. Aquello fue como abrir el cofre del tesoro. Un momento impagable, único irrepetible. Quizá uno de los primeros grandes misterios españoles. Los expertos dirían que un caso de glosolalia o xenoglosia. Hablar lenguas desconocidas para la persona. Y como incremento, que sea una niña de tres meses que, por supuesto no sabía hablar. Y que testifique todo el pueblo y autoridades con nombres y apellidos. Lo dicho, una joya.

Entrevista: Gonzalo Pérez Sarró
Fotografías: Pablo Albacete