Siente el viajero la necesidad de un viaje, un regreso, de alguna forma, a las empinadas y tortuosas calles, a las fuentes, a los huertos, a los campos de olivos, a la poderosa presencia de Sierra Grande donde las ruinas del hermoso castillo aparecen en vigilia, como esperando el regreso de los que se fueron hace ahora 400 años. Entendido tenéis que por tan largo discurso de años he procurado la conversión de los moriscos de ese reino de Valencia y del de Castilla, y los edictos de gracia que se les concedieron y las diligencias que se han hecho para convertirlos a nuestra santa fe, y lo poco que todo ello ha aprovechado (…) He resuelto que se saquen todos los moriscos de ese reino y que se echen en Berberia…

 

Iglesia de Nuestra Señora de la Concepción

Han pasado 400 años desde que el juez Gregorio López Madera hiciera valer el Decreto de expulsión de los moriscos de Hornachos firmado por el Rey Felipe III. Después vendría el largo viaje al sur. Primero Sevilla donde embarcarían  camino de la piadosa ciudad de Sale los cerca de 3.000 moriscos de Hornachos, ancianos, hombres, mujeres y niños. Qué lejos el río Matachel y la poderosa presencia de Sierra Grande. Ahora es el mar y las aguas del río Bu-Regreb las que rodean las ruinas de una vieja alcazaba y donde el Sultán ha tenido a bien acogerles. Los moriscos  hornachegos siempre supieron de caminos. Muchos de ellos tenían como oficio el de arrieros, y con sus recuas de mulas y asnos recorrían las enormes distancias de Extremadura llevando de acá para allá mercancías, dichos y noticias del reino.

 

Ahora, sin caminos que recorrer, sin recuas que dirigir, el mar aparecía como un nuevo y desconocido espacio y a él acudieron los bravos hornachegos que siempre fueron gentes de armas y de mucho coraje. Muy pronto aprendieron las artes de la mar y de la construcción de fragatas y galeones, pero también a armarlas al estilo corsario y con ellas salir al encuentro de bajeles que transportaban ricas y codiciadas mercancías. Así, desde este nuevo oficio de corsarios, los hornachegos consiguieron el respeto de sus vecinos y el temor de holandeses, italianos, ingleses y españoles a caer en sus manos. De este tiempo nos llegan nombres como Hamed Tagarino, Abdelkader Cerón,  o Ali Galan. Pero sobre todos los nombres sobresale el del hornachego Brahin Vargas, primer gobernador de la República de Sale, que con sus galeones atemorizó a buena parte de las costas españolas y portuguesas, e hizo de Sale una próspera República al estilo de las repúblicas italianas de la epoca.

 

 

Tras pasar el río Matachel, el viajero comienza ya a sentir la presencia de la vieja morería, la más grande que existiera en Extremadura. Y a ella acude el viajero deseoso de sentir de cerca la vieja memoria de los moriscos hornachegos. Sobre la sierra, en sus cimas, aparece la fortaleza califal de los Omeyas, que desde sus adarves derruidos continúa formando parte de un paisaje poderoso. Más abajo, las calles de traza sinuosa reflejan con su luz de cal y sonidos de agua una arquitectura de claras influencias árabes. A menudo, a través de los tapiales, se asoman los limoneros que perfuman de aromas cítricos una mañana soleada del sur.

 

 

Junto a la Fuente de los Cristianos, y no muy lejos de la llamada Fuente de los Moros, nos espera Antonio Nogales quien nos dice que a él, en Hornachos, todos le llaman Picotín. Con él entramos en un tesoro de acequias, de fuentes que curan como la de los milagros y de viejas norias ahora detenidas. Un tesoro fértil y vegetal. El aire trae perfumes antiguos, de azahar, de hierbabuena, de albahaca… Junto a los olivos centenarios vemos crecer al enigmático alcancil o las tiernísimas habas que, a la sombra de la vieja higuera, maduran sus vainas. Es aquí, en los huertos, donde el viajero siente con más fuerza la herencia dejada por los moriscos hornachegos.

 

 

Picotín nos habla casi con veneración de la fertilidad de los primorosos huertos, de los frutos que casi durante todo el año ofrecen a quien los mima con labores ancestrales y los riega con las aguas recién manadas de la tierra. Se lamenta, eso sí, del poco esfuerzo por conservar las acequias y los manantiales, y nos comenta que al igual que se cuidan castillos, iglesias y conventos, habría que cuidar este rico patrimonio vegetal. Un patrimonio vegetal al que se asoma el antiguo convento franciscano de San Ildefonso y la iglesia mudéjar de Nuestra Señora de la Concepción que mandasen construir los Reyes Católicos al saber que tan solo existía una pequeña capilla encerrada en el interior de la fortaleza, y así quedó atestiguado por el visitador de la Orden de Santiago a Hornachos “…Después de visitada la fortaleza e la persona del comendador no hallaron que avía en la dicha villa, ni en su término iglesia ni hermita, porque todos son moros, salvo una capilla pequeña que está en la fortaleza e que oye misa el comendador e los suyos”.

Nos despedimos de Antonio Nogales, “Picotín”, con la promesa de regresar cuando maduren las berenjenas y las granadas.

Texto: Lucas Riolobos
Fotos: Álvaro Fernández Prieto