Higuera es, junto a Romangordo y Casas de Miravete, una de las localidades que conformaban la Campana de Albalat, un territorio de gran importancia estratégica para los árabes y dependiente de la Medina Makhada Albalat. La localidad de Higuera, situada entre el Parque Natural de Monfragüe y el Geoparque Villuercas, Ibores , Jara, es un enclave privilegiado para disfrutar de la naturaleza. Pero un entorno único no lo es todo, la lista de atractivos turísticos de Higuera es larga: La Ruta Garganta de Los Nogales que da comienzo en la Mina la Norteña, la Medina Makhada Albalat, el Puente de Albalat, y el carácter afable y acogedor de los higuereños esperan al visitante.

Salimos de Autovía A-5 para desviarnos en el kilómetro 200 hacia la antigua Nacional V. Como si la Ruta 66 americana se tratase, la Nacional V ha quedado relegada a trayectos de poco recorrido en favor de la autovía cercana. Esta peculiar situación geográfica proporciona un encanto especial a la zona, sobre todo si adentrarnos en ella significa atravesar el magnífico Puente de Albalat, construido durante el reinado de Carlos I de España y punto estratégico esencial para ejércitos de toda índole a la hora cruzar el Tajo. Ya en los siglos IX-XII, los árabes fueron testigos de la importancia geopolítica del municipio de la Campana de Albalat desde la ciudadela islámica Makhada Albalat , cuyas ruinas están siendo objeto de excavación por parte de la arqueóloga francesa Sophie Gilotte. Se cree que la fortaleza era la capital de la “Kora” o provincia musulmana que ocupaba el territorio comprendido entre la Sierra de Gredos y Medellín y su función principal era el control del paso por el río Tajo. Tras varias luchas entre musulmanes y cristianos finalmente quedó destruida en el siglo XVII.

Dejamos la excavación para entrar en Higuera y la tranquilidad invade nuestros sentidos. La Sierra de Cancho Rebozo y sus buitreras contemplan el devenir de sus habitantes hacia sus quehaceres diarios. “Somos pocos pero bien avenidos señala Tarsicio, Coordinador de la Comisión de Actividad económica, población y vivienda. “Si queréis podéis ir primero con Tomás a la Ruta de la Garganta de los Nogales y luego vamos a ver un poco de artesanía local. Todas las señoras de por aquí llevan haciendo manteles durante muchos años y el Teniente de Alcalde, Ilde, talla bastones muy originales. Son auténticas obras de arte”. Con las palabras de Tarsicio aún en la cabeza seguimos a Tomás , Coordinador de la Comisión Información y Promoción de Higuera, hasta las afueras del pueblo. Una pista de grava que zigzaguea entre encinas, alcornoques y algunos olivos propiedad de la gente del pueblo, nos lleva a una vieja mina de plomo y zinc, La Norteña, y al inicio de la Ruta Garganta de los Nogales.

Llegamos a la Mina La Norteña, o simplemente la Mina, como la conocen en el pueblo, una antigua explotación de plomo y zinc abandonada que marca el comienzo de la Ruta Garganta Los Nogales. Según comenta Tomás, quien poco a poco y por medio de testimonios de los más ancianos del lugar está recomponiendo el difícil puzzle de la historia de la Mina, hacía 1913-14 fue explotada durante 6 o 7 años por una empresa inglesa, con bastante rendimiento según recuerda habérselo oído contar el Tío Daniel a su padre, Juan Vega Molina, que trabajó con ellos. En la actualidad la boca de la Mina se encuentra protegida con una reja para evitar posibles accidentes. Hay que vigilar bien nuestros pasos porque los pozos de ventilación continúan abiertos.

Dejamos un pedazo de la historia de Higuera y avanzamos durante una media hora siguiendo el margen del río. La Atalaya Islámica de Castil Oreja, de difícil acceso y considerada un nexo de unión con la Medina Makhada Albalat , corona la cima de un monte cercano para atestiguar la herencia árabe de Higuera. Un poco más lejos y encajonada en un meandro el río, hay una mini central hidroeléctrica que abastecía de energía al pueblo. Nuestro guía apunta divertido. “En ese charquito es donde hemos aprendido a nadar todos los que tenemos más de 45 años”. Un charco un poco más grande dentro del término municipal de higuera es la Garganta de Descuernacabra, en el primer tramo del Embalse de Valdecañas.

Empieza a llover y tras varios traspiés y algún pequeño susto a causa de las resbaladizas pendientes de la ruta, decidimos que ya es hora de conocer el alma de higuera, es decir, sus gentes. Volvemos al pueblo para encontrarnos con las señoras Mari Coloma, Leandra, Salvadora, Fausta, Tere Melo y Emiliana, todas ellas expertas en el arte del bordar y tejer mantelerías. Llevan un buen rato discutiendo sobre qué mantel exhibir primero y el orden de los mismos en la mesa. Hay un revuelo considerable y sólo una se presta a salir en la foto con los manteles de fondo. Las demás rehúsan con súbita vergüenza mientras gritan a nuestra fotógrafa “ ¡Muchacha! ¡A mí no, que yo no quiero salir en la tele!”.

 La paciencia y el cariño con el que estas mujeres trabajan las telas salta a la vista en los detalles de cada pieza. Algunas tienen más de sesenta años de antigüedad pero brillan como el primer día. “Si te equivocas en un hilo o te comes una puntá, ya no hay ná que hacer, hay que faratarlo todo y volver a empezar. Serían hasta seis meses tirados”, insisten. Según nos cuenta Mari: “Esto se hacía antes para el ajuar y a veces también por encargo a gente de Lagartera por menos de diez duros. Hace cuarenta años de esto”. Salvadora y las demás recuerdan cómo no las dejaban salir de casa hasta que no terminasen sus labores. También, no sin cierta tristeza, echan la vista atrás en el tiempo, cuando el pueblo no estaba tan despoblado y la Mina aún funcionaba. “Nosotras hemos trabajado en el campo y en todos sitios como el que más, como los hombres, excepto arar hemos hecho de todo”, subrayan orgullosas. El marido de una de ellas, Ilde, es el Teniente de Alcalde y guarda un as en la manga. Viene cargado con un paragüero lleno de bastones tallados a mano. “Son de manera de olmo y de bambú. Los hacía antes de entrar a trabajar porque me levantaba muy temprano”. Los motivos de los mangos son muy originales. Desde un pato y un hombre con sombrero hasta un sencillo bastón para andar por el campo.

 

Tomás sugiere que vayamos a visitar una de las pocas empresas asentadas en Higuera. Un pequeño negocio familiar de miel autóctona que poseen los hermanos Isaac y Ruber Amor. “Tenemos unas 2,000 colmenas por la zona, comenta Isaac, con una variedad de miel de bosque y de flores”. Preocupado, comenta el problema con el aumento en la mortandad de las abejas.”Hay un problema con la despoblación de abejas. Son unos ácaros que se les suben en la espalda y les comen las alas. También dicen que las antenas de móviles tienen mucho que ver”. Decenas de panales se amontonan en una nave y mientras Rubén explica como las jaras han abierto tarde este año a causa de las lluvias tardías y eso perjudica seriamente a la producción. Probamos una cucharada de esta miel de bosque y un potente dulzor penetra en nuestras gargantas.

Con las fuerzas recuperadas gracias a la inyección de vitamina natural que acabamos de recibir ponemos rumbo al pueblo para visitar el edificio más importante de Higuera, la Iglesia Parroquial de San Sebastián. Construida entre los siglos XVI y XVII con mampostería y granito, es de nave única y posee un retablo de dos cuerpos de estilo clasicista del siglo XVIII. Una talla gótica del cristo crucificado es otra de las joyas del patrimonio religioso de Higuera.

Seguimos empapándonos del carácter de Higuera y aparece el alcalde, Victorino González, un hombre con una sonrisa permanente en la cara “Bueno. ¿Qué tal? ¿Cómo veis el pueblo? ¿Qué tal la ruta? ¿Tenéis hambre? ” No podemos negarnos a su ofrecimiento . Nos reunimos con todos los higuereños que hemos visto hoy en el centro social del pueblo, el bar de Stoika, conocido como Juan el rumano en el pueblo y prueba palpable del carácter abierto y acogedor de Higuera. Se nos hace la boca agua al contemplar el amplio surtido de productos típicos mientras comentamos las buenas noticias del pueblo, como el regreso al pueblo de muchos higuereños con motivo de las vacaciones de verano, cuyos hijos pequeños convertirán en bulliciosas las ahora tranquilas calles de este rincón cacereño.

 

Texto: Javier Antón

Fotografías: Rocío Gallardo