Es la región con más especies de la cuenca mediterránea.

La naturaleza es un descubrimiento continuo. Son tantas sus facetas que es imposible conocerlas mínimamente todas. Menos mal que, como dice el naturalista Joaquín Araujo, para disfrutar el campo “no hace falta tener la vista hermosamente trastocada de los poetas, tampoco la capacidad de penetración de los naturalistas, ni siquiera resulta imprescindible estar enterado de nada”. Pero es muy común que quienes acuden al campo con asiduidad, terminen, espoleados por la curiosidad, necesitando comprender aquello que descubren. Al principio te fijas en lo más evidente, en lo más visible. Las aves se exponen con sus vuelos y cantos, captando nuestra atención inmediata. Entre ellas las heráldicas rapaces -simbolizando el poder, la fuerza, la autoridad- reclutan legiones de seguidores. Pero se disfruta con un simple paseo. El paisaje, con su luz, composiciones, olores y sensaciones, es mucho más que un mero escenario, es el entorno tridimensional al que sentimos pertenecer, a pesar de la apariencia de que el agujero que en él rasgan nuestros pueblos y ciudades, nos encierra en una realidad al margen. Y de ese modo las visitas a la naturaleza, sean habituales o esporádicas, siempre te desvelan algo nuevo. Sin querer te topas con una seta, un insecto, un anfibio, o un arbusto de originales flores y te asalta la idea de que un universo desconocido te ofrece la aventura del descubrimiento.

Nunca lo sabrás todo, la naturaleza es inabarcable, pero el tránsito de lo evidente a lo sutil te enriquece. Y un día, sentado en un fresco prado, una plantita diminuta expone sus flores entre la hierba. Paseando normalmente no la verías, pero cuando repones fuerzas deteniendo tus pasos, observas que en uno solo de ellos cabe un mundo al que te invita esa flor diminuta. Acercas la vista sorprendido porque crees que esos pétalos simulan hombrecillos desnudos, homúnculos vegetales tan caprichosos que te parecen una fantasía salida de algún cuento infantil. Entonces te fijas en que por los alrededores se ven más flores de la misma especie y otras de formas igualmente curiosas. Adaptas la escala de tus ojos, que hasta ese momento solo percibía el macro paisaje y el prado se convierte en un microuniverso inacabable. Cuando te informas compruebas que se trata de orquídeas, plantas que asociabas a latitudes tropicales y resulta que han estado siempre escondidas en tus paseos por el campo, ajenas a tus sospechas. Si te hipnotizan lo suficiente, y encanto para ello les sobra, entonces puede que te empieces a interesar por ellas y conocer que se trata de flores evolutivamente muy modernas. Algunas especies imitan en forma y aroma a la hembra de insectos de tal forma que el engañado enamorado que acuda, termina consumando un amor inesperado llevándose la semilla de la orquídea a otra flor. Extremadura está bien representada en especies de este grupo y aunque sus condiciones climáticas y edafológicas (muchas orquídeas prefieren sustratos calizos que no abundan en nuestra mayoritariamente silícea tierra) no sean especialmente favorables, se las puede encontrar en dehesas, en prados, en laderas de montañas, en olivares, en estepas, casi en cualquier sitio. Tenemos especies extendidas por toda la región. Lugares como Las Villuercas, Gredos, centro de la provincia de Badajoz, etc. acogen muchas especies. Existen puntos de gran diversidad de orquídeas, como la Sierra de Almaraz donde es posible encontrar al menos 20 especies, entre ellas incluso a una variedad exclusiva de orquídea abeja (ophrys apifera), que por ello se denomina almaracensis. Allí, en los olivares de ladera o en los prados entre los sotos de los arroyos, se pude disfrutar, llegada la primavera, de unas flores cuya vistosidad y originalidad comienza a atraer a muchos aficionados a la fotografía de naturaleza. Así su fecha de floración se convierte en un hito que marca su búsqueda año tras año.

Resulta que hace poco tiempo, en el año 2010, un estudio descubrió 70 nuevas especies en nuestra región, que pasó de ser un territorio modesto en número de especies a nivel nacional, a convertirse en una de las dos regiones – junto con Sicilia- con más especies de orquídeas de la cuenca mediterránea. Y es que hasta a los expertos les cuesta desvelar los secretos que ocultan los paseos…

Y tú, que no eres experto, ante esta avalancha de descubrimiento de nuevas especies de orquídeas, entiendes mejor que fuese tan fácil encontrar tantas especies juntas en un pequeño olivar de Almaraz de no más de una hectárea. Sí, al que familiarmente llamas “el olivar del caballo”, pues la portela -que la generosidad de su propietario mantiene sin candado- muestra un cartel solicitando que sea cerrada al pasar para que no se escape el equino. Y allí, cuando la alfombra primaveral se extiende entre los olivos, la sobrevuelas con la mirada asegurándote bien de dónde apoyas tus pasos, porque sabes de sobra -por tantos años pasados que te lleva haciendo venir aquel primer encuentro casual con unos homúnculos- que esas esencias son naturalmente guardadas en frascos pequeños y no deseas demostrar literalmente que caben perfectamente en uno de tus pasos… Y hasta diez especies distintas llegas a encontrar en una sola visita y poco a poco te sumerges en el mundo rasante donde la hierba se embosca bajo la copa de los olivos. Te tumbas hecho un cuatro, quebrando tu cuerpo por sus articulaciones adaptándolo al laberinto de flores que intentas no aplastar. Colocas los cachivaches fotográficos resultando arduo componer con limpieza ante tantos elementos vegetales emergentes entre la orquídea que eliges para inmortalizar. Tomada la foto retiras el ojo del visor, pero permaneces un rato tumbado porque el frescor de la hierba, su olor, el verdor sobre el que destaca hipnótico el color saturado de la orquídea, te relaja, te adormece. Sientes al caballo vagamente por los alrededores, giras la vista un poco y fugazmente ves el bamboleo de su cola desaparecer entre unas retamas próximas. Resopla y el sonido te llega amortiguado entre la hierba. Y te abandonas, descargas la tensión del cuello apoyando la cabeza en tierra, dejas caer los brazos a los lados del cuerpo, los párpados se te cierran y tu mente se ralentiza demostrando que no hace falta estar enterado especialmente de nada para disfrutar en el campo…

En fin, cuando piensas en la belleza del entorno en el que vives, ya no solo te vienen a la cabeza las extensas dehesas, las laderas impenetrables de monte mediterráneo coronadas con moles graníticas donde anida el buitre leonado o despega el águila real, también valoras el regato fresco y su arboleda que acomodan prados húmedos poblados de insectos o flores sobre los que las orquídeas reinan. Y se añaden como una pieza más del rompecabezas que es la imagen que te formas de tu entorno, simbolizando la interconexión de todas ellas, la unidad de los ecosistemas y la idéntica importancia de todos los componentes del escenario natural. Muchos creemos que la naturaleza es una fuente de formación gratuita, generosa, una despensa de valores presta para enriquecer nuestra sociedad. Creemos incluso que debemos dejar de sentir nuestros pueblos y ciudades como mundos aparte, pues son piezas del rompecabezas vital, conectadas de forma inextricable y cuyas influencias mutuas son innegables y sensibles. Continuaba Araujo su frase diciendo que “La Naturaleza es el lugar donde se aprende. /…/ conocer nuestra Naturaleza es la mejor protección contra la peor de nuestras conductas: la indiferencia. Sentirnos parte del entorno natural nos ayudará a su conservación”. Resulta entonces que cuando detenemos nuestros pasos para descubrir la naturaleza que cabe en ellos, estamos en realidad dando uno al frente, alejándonos con naturalidad de la indiferencia.

Texto y fotografías: Juan Pablo Resino (Número 38 revista Vivir Extremadura)