Quién le iba a decir a Jeromo Bueno, agricultor de Zalamea de la Serena, que tras varios intentos de arar sus tierras, todos ellos fallidos por la dureza de las piedras con que se encontraba el arado, se hallaba un palacio-santuario de origen tartésico. Allí, donde sus encinas crecían fuertes y robustas, 27 siglos atrás un grupo de moradores había realizado en ese mismo lugar rituales, oración y sacrificios. Resulta difícil creer que una pequeña elevación coronada de encinas pudiera albergar en su interior todo un tesoro arqueológico, uno de los edificios más monumentales de la Prehistoria. Es así como gracias a este labrador ilipense, que dio cuenta de los jarros, vasijas y demás objetos que había ido encontrando en su propiedad, se descubre Cancho Roano. En 1986 el yacimiento es declarado Monumento Nacional, por su riqueza arqueológica e histórica.

Datado entre los s. V y VI a.C., esta edificación se encuentra a 10 Km. de Zalamea de la Serena, en la provincia de Badajoz, en la finca denominada «Cancho Roano», junto al río Cigancha. Se trata de un complejo edificio de planta cuadrada, rodeado por un foso y en el que se pueden apreciar tres etapas constructivas: la primera, del s. VI a.C., con muros de adobe sobre una base de mampostería; una segunda fase se llevó a cabo entre el año 500 y 450 a.C.; y una tercera, entre el 450 y el 375 antes de nuestra era. Es el conjunto tartésico mejor conservado de la Península Ibérica.

El descubrimiento

La historia del yacimiento comienza veintinueve años atrás, cuando se parcela la finca de Cancho Roano, vendiéndose entre los vecinos. Una de las divisiones pasaba por un montículo denominado La Turruca, coronado por grandes encinas. El deseo de uno de los dueños de convertir esa tierra en una fértil huerta, le hizo actuar con un arado y posteriormente con una pala excavadora tropezando en el intento con los restos de un edificio de piedra y adobe del que empezaron a salir cenizas en tal cantidad que hicieron pensar en un horno. Pero lo que más llamó la atención de los descubridores fue que además de las cenizas apareciesen un pendiente de oro, diversos bronces y multitud de tiestos de distintas fábricas, entre los que figuraba una elevada cantidad de copas griegas. En octubre el profesor Juan Maluquer de Motes, inspector de excavaciones arqueológicas, acompañado por varios técnicos de la Subdirección General de Arqueología visitaron el yacimiento y decidieron iniciar inmediatamente la excavación, responsabilizándose de los estudios el Instituto de Arqueología y Prehistoria de la Universidad de Barcelona. Tras la muerte de Maluquer, las excavaciones son continuadas por Sebastián Celestino Pérez, director del Instituto Arqueológico de Mérida. Unas investigaciones que aún no han concluido.

El Palacio-Santuario

El complejo arquitectónico orientado al sol naciente fue erigido sobre una cabaña ovalada donde se levanta el primer edificio. Sobre este monumento se construyó un segundo, del que se conoce su planta, en la que se han documentado hasta tres altares de adobe, dos de ellos en forma de piel de vaca. Por último, a mediados del s. V a.C., se decidió clausurar este segundo santuario para edificar el ahora visible. Este es uno de los motivos que convierten a este yacimiento en un descubrimiento excepcional; tres conjuntos arquitectónicos diferentes, construyendo cada uno sobre los restos del anterior.

Se construyó con un sólido basamento de piedras y alzados de adobe, y fue enlucido por el exterior con arcilla de un rojo intenso, como los suelos de las habitaciones, mientras que el interior fue totalmente encalado. Para realzar aún más el cuerpo principal del santuario, se construyó una terraza de piedra de gran tamaño que lo rodea por completo. Al cuerpo principal se accede por un patio cuadrado, con un pozo en el centro, que aún hoy mantiene su nivel de agua. La entrada al edificio se realiza mediante una escalera de piedra construida en la esquina septentrional del patio, que conduce a una estancia que, a su vez, comunica con un gran ambiente transversal, que cruza todo el edificio. Allí encontramos tres cuerpos independientes. En uno de ellos estaban los almacenes en los que se hallaron más de un centenar de ánforas y orzas que contuvieron cereales, aceite, vino, miel y otros productos, así como una cantidad de objetos de bronce: calderos, recipientes, jarros o arreos de caballo.

Otro de los cuerpos consta de una habitación alargada, en cuyo fondo había un telar, a la que se abren tres pequeñas estancias en las que se halló alabastrones, copas griegas, cuentas de pasta vítrea púnica, brazaletes, decorados con filigranas, broches egipcios, marfiles, sellos de piedra, cuentas de ámbar y buena parte de las joyas de oro del santuario. En el eje central del edificio se erigió la habitación principal, verdadero lugar sacro del complejo, en cuyo centro se levantó un gran pilar rectangular que haría las veces de altar, como indican las investigaciones de Sebastián Celestino Pérez.

Por último, el monumento está rematado, a modo de torres, por dos habitaciones: la de la entrada, donde se construyó una escalera para acceder a la terraza y a la planta superior hoy perdida, y la sur-oriental, tal vez lugar de residencia. Todo el complejo palaciego está rodeado por un foso excavado en la roca. Lo más llamativo de los hallazgos encontrados en su interior son la gran cantidad de huesos de animales extraídos, todos con marcas de haber sido consumidos antes de arrojar sus restos. Destaca la presencia de corderos y vacas, pero también se encontraron restos de jabalí, ciervo, cabra, zorro y cerdo. Igualmente sorprende la existencia de restos de caballos. Este animal está presente en muchas manifestaciones artísticas y rituales de Cancho Roano. Aunque igual que los anteriores animales que fueron consumidos, no presentaban signos de haber sido sometidos a trabajos de tracción ni a la monta.

Maqueta de Cancho Roano

En la zona oriental, por donde se llega al santuario, la única puerta de acceso está franqueada por una muralla de tipo defensivo y dos torreones; aunque otras teorías desechan la razón de defensa, y creen que más bien responde a una demostración de prestigio que pudo generar la religión. Aunque a la entrada se puede apreciar una estela de guerrero. Junto a la entrada se encuentra un vestíbulo en el que hay un pozo que curiosamente, después de más de 2000 años cegado, ha vuelto a emanar. Entre los objetos recuperados en la excavación sobresalen especialmente los envases realizados en cerámica común, destinados a almacenar productos sólidos y líquidos: orzas, ollas, platos, copas o cuencos, realizados en un torno de alfarero y otros a mano, pero con perfectos acabados.

En Cancho Roano están muy presentes los instrumentos de hierro relacionados sobre todo con la carpintería: hachas, cinceles, brocas o punzones. Pero los más numerosos son los artículos de bronce relacionados con las guarniciones y arreos de los caballos. Llama la atención de los expertos una figura maciza realizada en bronce que representa un caballo curiosamente engalanado, en posición de marchar al paso. Celestino Pérez cree que podría ser una imagen de culto que presidiría la estancia. Es una de las figuras más emblemáticas de Cancho Roano, habiendo recorrido numerosas exposiciones. Otro de los objetos más significativos localizados es una cajita de piedra con forma de bellota ornamentada con motivos vegetales y empleada probablemente para guardar droga, quizá opio, o perfumes.

 

En cuanto al por qué de este asentamiento, hace más de 2500 años ya existía una compleja red comercial impulsada por las civilizaciones del Mediterráneo Oriental en su búsqueda de materias primas. Este foco cultural de rasgos orientalizantes extendió su influencia sobre amplias zonas, abarcando, entre otras, gran parte de Extremadura y el Alto Guadalquivir. La reorientación económica surgida de la crisis del mundo tartésico provocó un espectacular desarrollo de las zonas periféricas, siendo uno de sus mejores exponentes el lugar en el cual se ubica Cancho Roano.

Texto: Soledad Gómez

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto