A la luz trémula de las velas, el rostro de la niña parecía aún más demoníaco. Sus rasgos adquirían sombras verdaderamente tenebrosas. Sin embargo, no fue eso lo que aterrorizó a su madre que apenas podía sostener el pequeño cuerpo de aquél bebé de tan sólo tres meses de edad. El espanto surgió de la boca de la pequeña en forma de perfecta pronunciación de vocablos en latín. Una voz gruesa, gutural, que lanzaba proféticas palabras, brotaba del interior de aquel menudo ser. La chiquilla forcejeaba con espasmódicos movimientos ante la atónita mirada de quienes estaban presentes.

Podríamos decir que el caso de los manuscritos de Villafranca de los Barros (Badajoz) es el primer “Expediente X” español, así, al menos, ha sido nombrado en alguna ocasión. Estos documentos del siglo XVII recogen el proceso abierto, en la mencionada localidad pacense, a una niña ante el hecho insólito que protagonizó con solamente tres meses y medio de edad. Lo extraordinario de este suceso no estriba únicamente en su naturaleza. El proverbial hallazgo de una documentación que contenía la investigación oficial de unos hechos inauditos, plasmada en su día para ser recogida en la posteridad, adquiere también una relevancia notable.

El hallazgo de estos extraordinarios legajos tuvo lugar en 1999. Los fondos del archivo municipal estaban siendo trasladados desde lo que hoy es el Museo Etnográfico de Villafranca de las Barros a un nuevo y más acondicionado emplazamiento dentro del consistorio de la histórica población. Esos trabajos fueron aprovechados para la catalogación de viejos documentos y libros que se hallaban durmiendo el sueño de los justos desde sabe Dios cuándo. Quizá alguno de estos escritos ni siquiera había “visto la luz” desde el día en que fue redactado. A la archivera, Pilar Casado, correspondió el honor de toparse con el que posiblemente era el más extraño de todos. Puede que como premio a su encomiable labor de escudriñar entre tanto papel polvoriento, el destino puso ante sus ojos una carpeta rotulada en el siglo XIX que se encontraba perdida – quién sabe si deliberadamente – entre acusaciones, altercados familiares, reyertas, etc.

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El epígrafe de aquél voluminoso expediente, formado por dos únicas palabras, resultaba inquietante por sí solo: “Hechos sobrenaturales”. El conjunto de los manuscritos hallados se compone de las actas con la narración y constatación de unos hechos extraordinarios según el testimonio de las muchas personas que observaron los acontecimientos ocurridos en pleno siglo XVII en la hacienda de Don José de Ribera Padua, médico asalariado de la villa. Declaraciones juradas que nos transportan al imaginado escenario de unos sucesos del todo misteriosos y oscuros. Fue la participación del licenciado Don José Beltrán de Arnedo, caballero de la Corte, la que terció en el caso de la “niña poseída” para que este prodigio se perpetuara. Su investigación registró toda la información posible acerca del fenómeno manifestado en el cuerpo de esta pequeña, de nombre Antonia y origen portugués, que según se leía en el informe fue el centro de atención de cuantos acudieron a la llamada del médico por cuanto la pequeña hacía gala de “un hablar imposible que fue certificado por los más honorables hombres de la villa”.

El acceso a los preciados documentos, gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Villafranca de los Barros y al amparo de Elisa Gragera García, constituyó uno de los momentos más emocionantes de este reportaje. Junto a la Diplomada en Biblioteconomía y Documentación, y Licenciada en Documentación por la Universidad de Extremadura, pudimos conocer con profundidad aspectos del todo fascinantes acerca de los sucesos que nos ocupan. El primero de los documentos interesantes acerca del proceso de los hechos y su investigación, lo constituye una carta proveniente de la Corte. El nueve de octubre de 1671 las autoridades de Villafranca reciben esta misiva de Beltrán de Arnedo:

“En la villa de Villafranca, en nueve días de octubre, sus mercedes don Mateo Vaca de Liria y Diego López Barragán, alcaldes ordinarios de esta villa por su majestad, recibieron el pliego sellado que dice así: Por la Reina Gobernadora. A la Justicia y Alcaldes Ordinarios de Villafranca. Y habiéndose abierto el dicho pliego, firmado por el señor licenciado don José Beltrán de Arnedo, en el que por él manda se haga información de que una niña de edad de tres meses y medio, hija de padres portugueses estantes en esta villa, habló por el mes de septiembre pasado ciertas palabras latinas. Y que se hiciese información de que por el año pasado del sesenta y cinco se tocaran las campanas de la Ermita de Nuestra Señora de la Coronada”.

La Niña endemoniada de Villafranca de los Barros

Documento situado junto al altar de la Ermita de La Coronada donde se declara como milagroso el prodigio de sus campanas

Con esta comunicación arrancaron las averiguaciones en torno a los acontecimientos de Villafranca. La Reina regente, Mariana de Austria, viuda de Felipe IV, estaba extraordinariamente interesada en sendas historias. Más adelante, comprobaremos por qué ambos asuntos la concernían tan directamente. Como se lee en el escrito, aparte del trance sufrido por la niña luxa, se menciona otro prodigio acaecido seis años antes y referente a un misterioso tañer de campanas en la ermita de la Coronada. Este otro suceso tuvo lugar en la noche del 22 de agosto de 1665. Numerosos testigos declararon que una de las campanas de Nuestra Señora de la Coronada tocó a muerto sin que nadie la accionase. Aquella noche, no hacía ni una brizna de viento y en el interior de la ermita no había nadie. Sin embargo, todo el mundo en Villafranca escuchó el doblar de campanas proveniente del santuario de la Coronada.

La trascendencia de la epístola de Don Beltrán dirigida a los preocupados alcaldes, era mucha. El interés que los hechos habían suscitado en las altas jerarquías y el escaso tiempo que había transcurrido desde que la pequeña Antonia protagonizara el extraño episodio del “don de lenguas”, contribuirían grandemente a que la investigación contase con un gran número de valiosos testimonios. Se convocó al pueblo entero a un pleno extraordinario con el objetivo de reunir el mayor número posible de pormenores sobre lo que muchos no ocultaban en señalar como la manifestación del demonio a través del cuerpo de un bebé.

Entre todos aquellos testimonios recogidos en el documento de 1671, existe uno, por sí mismo clarificador y detallado, que recoge lo acaecido en Villafranca hace más de trescientos cuarenta años. El acta con la declaración jurada y rubricada del médico de la Villa, José de Ribera Padua, retrata lo acontecido en su propia casa aquella tenebrosa noche de septiembre de 1671.

“D. José de Ribera Padua en el auto proveído por la justicia dixo:

El sábado pasado que se contaron doce días del mes de septiembre deste presente año, entre siete y ocho de la noche, estando este testigo en las casas de su morada en una sala donde tiene su estudio, en compañía de María Batista, su prima, viuda de Rodrigo de Sequera, la cual tenía una hija suya de edad de cuatro meses poco más o menos, en sus brazos, la cual estaba echadita sobre un bufete reclinada en el brazo de su madre. Y este testigo quiso salir de casa y yendo a tomar su capa miró a la dicha niña a la que llaman Antonia, la cual con violencia consiguió a levantar los brazos y piernas poniéndosela la cara muy roja, y este testigo juzgó que le daba algún accidente a la dicha niña, levantando la cabeza del brazo de su madre comenzó y dijo en voces altas y claras “DOMUS, AUSTRIACA, CONTERET, CAPUT, TUUM”, y cuando la niña comenzó a decir las palabras comenzó en tono bajo y acabó en tono alto, con mucha fuerza y violencia, mostrando en sí grande alegría y sobrenatural gozo. Y a este tiempo, la dicha doña María Batista, madre de la dicha niña, dijo: “El buen Jesús, Dios nos quiere castigar, misericordia Señor”. Y este testigo dijo “Verbum carofactum est”, admirado del suceso. Fue a la calle en busca de gente para que lo viesen y fue a casa de don Álvaro Guerra de Bolaños, que vive pared en medio de la de este testigo para que fuese a ver este prodigio y ambos vinieron a gran prisa para ver a la niña, la cual todavía estaba forcejeando con los mismos movimientos de piernas y brazos, y gorleando con la lengua, y la cara muy roja… y así estuvo desta forma más de medio cuarto de hora hasta que se fue apaciguando, se quietó y se quedó como antes de que te diese dicho accidente”.

Este expediente cuya signatura es 35/1.3.3, del año 1671, guarda las palabras testimoniales de cuantos presenciaron el fenómeno. Como el médico, pasaron ante el interrogador el alcalde, el sacerdote de Villafranca o el mismísimo Alguacil Mayor del Santo Oficio de la Inquisición, Don Álvaro Guerra de Bolaños, quien quedó absorto ante el rostro congestionado de aquella chiquilla que seguía farfullando palabras, a veces inconexas. Gente de toda condición pasó por aquella casa pudiendo contemplar el extraordinario fenómeno. El hecho de que la niña hablara, algo que la parapsicología clasificaría con el término de xenoglosia, manifestación por la cual una persona puede hablar lenguas que desconoce, muy frecuente en los sucesos de posesión demoníaca, no es el único enigma que plantea el trance de Antonia. Aquella voz gutural pronunció unas palabras que a la postre serían realidad. “Domus austriaca conteret caput tuum”, vocablos que han suscitado diversas interpretaciones: la “casa de Austria te aplasta la cabeza”, la “casa de Austria enloquece tu cabeza”… Sin embargo, la más defendida y aceptada siempre ha sido la “casa de Austria enloquece”.

No era de extrañar, con la superstición de la época, que la misteriosa frase donde se nombraba a la casa reinante entonces en España, la dinastía de los Austria, hiciera cundir la alarma en el Consejo de Castilla. La huella del maligno parecía estar presente y, por tanto, toda información obtenida era poca. No en vano, lo que la voz surgida del interior de la niña Antonia Bautista parecía anunciar era algo que en palacio muchos ya intuían. Carlos II con diez años debía esperar para alcanzar la mayoría de edad y poder ejercer como rey. Este sería el último rey de la dinastía de los Austria. Los historiadores han contemplado, siempre, la posibilidad de que
estuviera loco.

En 1675 Carlos II fue coronado como rey del Imperio… el pueblo ya le conocía como “El Hechizado”. Una vez conocida la profecía que podrían ocultar las palabras pronunciadas por la pequeña Antonia, sepamos más acerca de lo reflejado en los manuscritos de Villafranca. Estos documentos fueron analizados por expertos reconocidos como la doctora en Historia, y gran conocedora de la Inquisición, Marina Torres Arce. Obtuvieron los datos para localizar dónde se hallaba cada uno de los testigos y cómo se desarrollaron los hechos en la noche de marras. Así, el ya mencionado Álvaro Guerra de Bolaños, Alguacil Mayor de Santo Oficio, testificó expresando el gran pavor que sintió al observar el rostro amoratado de aquella niña mientras profería las extrañas palabras.

Otras personas como Cristóbal Vaca, Teresa Rodríguez o el asustado párroco de la villa, Don Álvaro Martín, ofrecieron sus testimonios ante el juez. En la misma investigación se asegura que la niña existió y que la partida de bautismo figura en el Archivo Diocesano, donde además se constata que la edad del bebé coincide plenamente con la expresada en los manuscritos. Sin embargo, en los registros de defunción no existe rastro de María, la madre de la niña. Un dato curioso que se desprende de la declaración de la madre es la de que durante la gestación de Antonia, la niña lloró en su vientre. Según la superstición arraigada en gran parte de la geografía española todavía en nuestros días, este acontecimiento es considerado como un anuncio de que el nacido poseerá facultades paranormales o extrasensoriales que le permitirán conocer hechos aún por llegar velados para el resto de los mortales. Sin embargo, en aquella época, este fenómeno era interpretado, sencillamente, como un signo del maligno.

Pero para acabar de asentar el misterio que rodea a un hecho profusamente documentado a través de una investigación en pleno siglo XVII, debemos mencionar una circunstancia del todo sospechosa. Si nos vamos al Libro de Actas Capitulares del Consistorio y buscamos el año 1671 nos encontraremos con un vacío escandaloso. El lugar donde se deberían encontrar las anotaciones, informes y observaciones de lo vivido en el pueblo en aquellos días, misteriosamente, aparece con las páginas arrancadas. Por tanto, no se conoce si María Bautista y su hija fueron absueltas por la Inquisición o, contrariamente, fueron acusadas de brujería y posesión diabólica respectivamente.

En cuanto al otro prodigio por el cual Mariana de Austria también requirió información, referente a las campanas de la ermita de la Coronada – en compañía de Elisa Grajera y gracias a su eficiente labor – encontramos en los legajos de Villafranca la voz de muchos vecinos que, bajo juramento, testificaron acerca de lo ocurrido en la noche del 22 de agosto de 1665, seis años antes del episodio de la niña poseída, noche en la que las campanas del Santuario de la Virgen doblaron solas.

La niña endemoniada de Villafranca de los Barros

Los Manuscritos de Villafranca de los Barros, quizás el primer Expediente X español

La declaración del Alguacil Mayor de la Villa está reflejada en estos términos:

“Yendo este testigo el día ventidos de agosto del pasado mil y seiscientos y sesenta y cinco, a cosa de las once de la noche, poco más o menos, en compañía de su merced don Álvaro Gutiérrez Blanco, alcalde ordinario de la villa aquel año, llegando al final de la calle del Aceituno que salía al ejido de la ermita de Nuestra Señora de la Coronada, oyeron que una de las campanas de dicha ermita dio una campanada, y dentro de poco sonó otra campanada, y este testigo y su merced fueron a dicha ermita que está extramuros de la villa. Yendo a dar a ella sonó otra campanada, y habiendo todos juntos llegado vieron que las puertas que tiene estaban cerradas y se comprobó que no había persona alguna en el interior de la ermita… “.

En parecidos términos hablan otros vecinos como Juan de Zúñiga y Ceballos o el escribano de la Villa, Juan Mateos. Junto a ellos Beatriz Hernández, Leonor López y el Alguacil Menor, Don Álvaro González, juraron haberse internado en la oscuridad de la ermita, la noche de las fantasmales campanadas. Contaron la evidencia de un hecho desconcertante sucedido cuando el grupo se encontraba dentro del santuario. Estaban inspeccionando cada rincón de la nave, alumbrándose con velas, cuando, de nuevo, el espectral tañer de las campanas volvió a surgir. Ahora, el sonido recorrió clara y fuertemente la ermita y, también, las entrañas de aquellos desdichados. Refugiados en el grupo, los de Villafranca pudieron hacer frente al miedo y se mostraron capaces para escudriñar la parte del coro, la sacristía, e incluso, en la mismísima torre. Pero allí no había ningún alma más que las de aquella valerosa cuadrilla de vecinos.

Esta expedición era aguardada por el resto de la población en la plaza del pueblo. Todos habían escuchado el inquietante tañer de campanas de la Coronada en esa serena noche de agosto de 1665. Apenas transcurridas dos semanas desde que sucedieran estos hechos, a muchos kilómetros de Villafranca, fallecía el monarca Felipe IV, padre de Carlos II El Hechizado, quien a la postre se convertiría en el último rey de la dinastía de los Austria. Sobre el milagro de la Coronada, como se conoce al prodigio de las campanas, existe un documento que certifica los hechos y que se encuentra expuesto junto al altar de la ermita, tras una cancela.

Gracias a Pedro Toro, Hermano Mayor de la Hermandad de Nuestra Señora de la Coronada, pudimos examinar de cerca este certificado donde se da fe de los extraordinarios sucesos ocurridos en ese lugar siglos atrás. Pedro también nos permitió el acceso a la torre para, a través de sinuosos peldaños, poder llegar al campanario. Allí pude contemplar el escenario donde el misterio se dio cita la noche del 22 de agosto de 1665. En 1671, cuando en la corte se conoció el caso de la niña endemoniada, alguien debió informar de aquél otro paralelismo entre lo ocurrido en Villafranca y el acontecimiento de la muerte del rey en Madrid. Eran dos episodios extraordinarios en un mismo pueblo que parecieron anunciar dos circunstancias muy importantes en la vida de Mariana de Austria como para iniciar una investigación.

Son los tenebrosos presagios reflejados en los manuscritos de Villafranca de los Barros, un auténtico “Expediente X” del siglo XVII.

 

Texto: Gonzalo Pérez Sarró

Fotografías: Rocío Gallardo