“Esto no es un juego, es una promesa”. Es lo que tienen en común todos aquellos que se envuelven con soga, se empalan y se cubren el rostro, cualquier empalao. El nuestro es anónimo pero es que la fiesta, la ceremonia, lo presenta así, es cualquiera, no tiene nombre, sólo es un hombre que carga con una promesa hasta el final. Cuentan que esta fiesta, hoy integrada en la Semana Santa de Valverde de la Vera, tiene raíz celta, nace como rito en un pueblo guerrero. Luego se incorporará a la celebración religiosa, pero mantendrá ese carácter misterioso y duro. A partir de ahí, la dureza de verdad sólo la saben ellos: el motivo que les ha llevado a esto. Mientras, el silencio, el dolor, las lágrimas a veces, la promesa y el amor por una fiesta declarada de Interés Turístico en 1980.


Plenilunio de Jueves Santo en Valverde de la Vera. Poco antes de la medianoche. En secreto, a veces violado por el turista exigente, el empalao es vestido por un experto. Cada vez quedan menos vestidores que manejen los secretos del proceso: que el corsé de esparto no quede flojo ni excesivamente tirante. Que no provoque rozaduras ni heridas. “Mucha gente viene a los Empalaos y no entiende el sentido de nuestro sacrificio. Hay que conocer, en la intimidad familiar, el rito de la vestidura. Luego, pisar con el Empalao las calles surcadas por el mito del agua y compartir con él la esencia de cada estación”. El anónimo empalao prefiere preservar su identidad.

Entre treinta y cuarenta penitentes cumplen una “manda” o promesa recorriendo un vía crucis marcado por catorce estaciones, catorce cruces de piedra. La misma soga que da veinte vueltas al torso desnudo del empalao, le ata los brazos al madero que recuerda al antiguo arado romano. De cintura para abajo, una enagua purificadora. El rostro cubierto por un velo blanco, dos sables cruzados a la espalda y las vilortas o aros de hierro, con su sonido triste y lúgubre remitiendo a los encarcelados y avisando de la próxima presencia del protagonista. “Aquí lo difícil es preservar el sentimiento, la tradición. Mucha gente viene a Valverde a presenciar un espectáculo, pero esto es una pasión interior. Los empalaos pedimos respeto y silencio. El murmullo irrespetuoso y los fogonazos de los flashes distorsionan la magia que envuelve a la fiesta. Quien quiera música y folclore, que lo busque en otro sitio”.

Muy pocos saben quiénes son. Menos conocen de dónde salen. Como espectros surcan las estrechas y tortuosas calles de una villa Conjunto Histórico Artístico Nacional; Iglesia de la Virgen de las Fuentes Claras, La Picota, Calle Real, La Fuente, Las Cabezuelas, Plaza , Resbaladero del Altozano Bajo…. Sólo hay un código: arrodillarse y rezar, brevemente, cuando se cruzan con otro empalao o con un nazareno (mujer vestida como tal que, en penitencia, porta una cruz a cuestas). Un hecho de hoy con tradición de siglos. Las calles se convierten en templos y las gentes oran en silencio. “Mientras hago el recorrido, pienso en la promesa que me lleva a vestirme, pero también en el sufrimiento de mis familiares, que van ahí, detrás de la línea que les voy marcando. Creo que este año será el último. No sé si lo soportaré. Pero esto es parte de mí. Llega el Jueves Santo y soy un empalao de Valverde de la Vera.”

Texto: Urbano García
Fotografías: Álvaro Fernández Prieto