(El Gordo – Peraleda de la Mata)

            Hace 20 años la Revista El Mirador, perteneciente al Grupo Vivir Extremadura, publicaba este artículo de Antonio González Cordero, donde ya se apuntaba la necesidad de poner a salvo este singular monumento.

            “Una de las construcciones megalíticas mas importantes de Extremadura se halla sumergida bajo las aguas del pantano de Valdecañas, dónde sólo puede contemplarse  en los años de extrema sequía.

            A pesar de hallarse dentro del término municipal de el Gordo, se accede con mas facilidad al mismo desde la localidad de Peraleda de la Mata, siguiendo el camino de la barca que  comunicaba esta orilla con Talavera la Vieja y que pasaba junto a las estancias de la célebre finca del Guadalperal, propiedad del Duque de Peñaranda.

            Allí, unos 700 metros hacia el Este, se emplaza junto a la pendiente que descendía hacia el Tajo, dominando desde este lugar toda la cuenca del río en un amplio tramo, que abarca desde el castillo de Gualija hasta donde se halla situado en la actualidad el templo romano conocido como “Los Mármoles”.

            La tumba fue descubierta para la ciencia por Hugo Obermaier, capellán de la casa de Alba y reputado arqueólogo, que entre 1.925 y 1.927, en una de las temporadas que pasa en la finca de Guadalperal, comienza excavando la cámara, aunque el gran tamaño del sepulcro le obliga a dividir los trabajos en varias campañas en las que se propone llegar hasta los cimientos del túmulo que lo cubría.

Obermaier dejó sin publicar su obra, siendo los encargados de poner orden su legado, Georg y Vera Leisner, un matrimonio de arqueólogos alemanes especialistas en megalitismo, que revisan y rescatan el material disperso entre la Universidad de Friburgo, que es donde se encuentra la mayoría de los papeles de Obermaier y lo que había quedado en la finca.

En aras del interés que guardan todos los materiales conservados merece la pena que nos extendamos un poco y analicemos algunos aspectos relativos a los hallazgos, pues apenas hay difusión de ellos, ya que la única publicación que se hizo, aparte de los desconocida que resulta para el público, fue escrita en alemán.

            Se describe su estructura como la de una gran tumba cubierta por un túmulo, construida con aparejo granítico que tuvo que ser arrastrado hasta este lugar desde 5 km de distancia, dando idea de del enorme esfuerzo que ello supuso, el hecho de que se conserve en pie cerca de 140 piedras, algunas de más de dos toneladas de peso.

            La cámara tiene forma oval y un diámetro por su parte más ancha de 5 metros, formada originalmente por 13 planchas de piedra u ortostatos sin soldar, de los que faltan cuatro. En tanto que el corredor tiene un ancho que oscila entre 1,30 m y 1,40 m y la distancia aproximadamente de 2 metros.

            Alrededor de la cámara hay otro anillo circular, que en el plano resulta ser una sucesión, como si a intervalos los constructores hubieran colocado piezas que sirvieran para la contención del túmulo.

Sobre la posible cobertura del sepulcro hay varias opiniones. Por un lado Obermainer pensaba que no existió, mientras que los Leisner sugieren una cubierta abovedada de falsa cúpula como la de los “tholos” de la cultura almeriense, por aproximación de hiladas o por unas planchas planas apoyadas en postes.

            De todo ello nada puede decirse, pues Obermaier no menciona que en el interior de la cámara se hubieran encontrado piedras de cubierta, aunque la verdad es que la parte superior se hallaba saqueada y removida desde tiempos romanos; quienes dejaron como recuerdo de su paso por este lugar una moneda, varios fragmentos de cerámica, una piedra de moler y una escombrera donde se hallaron 11 hachas, entre enteras y partidas, cerámicas, varios cuchillos de pedernal y un punzón de cobre.

            El resto del material se extrajo en sucesivas campañas de excavación, culminando los trabajos en 1927, cuando el túmulo fue eliminado en su totalidad, trasladando todos los cantos rodados que lo formaban, unos metros mas allá de donde se ubicaba originalmente.

            Lo que se vio entonces resulta en extremo interesante, pues allí se encontraba, tanto los cadáveres sepultados junto a ricos ajuares, como las huellas del campamento de los constructores del sepulcro.

            Por todas partes, nos dice Obermaier, había hogares, manchas de carbón y cenizas muy extendidas por la periferia, mucha cerámica, molinos, naviformes y piedras para afilar hachas, pellas de barro, puntas de flecha, etc…, lo que demuestra que el túmulo es posterior, entre otras cosas, a la erección de los ortostatos y que los constructores vivieron en los alrededores.

            Un hallazgo muy interesante relacionado con el dolmen lo constituye la presencia de una estatua menhir el eje de la cámara adornada por un grabado de cazoletas y serpentiformes en disposición y función, semejantes a las que los profesores P. Bueno y R. De Balbín han documentado en algunos dólmenes de la Jara toledana y por el momento constituye la única manifestación de este calibre conocida en la provincia de Cáceres.

            El inventario de la tumba es poco común, por la riqueza y variedad de objetos que reafirman el carácter colectivo del enterramiento y su perduración en el tiempo. Resalta en primer lugar la influencia Neolítica (300 a. C. Aprox.) demostrada por la gran cantidad de industria microlítica como trapecios, segmentos de  círculo etc. A renglón seguido  se superponen materiales de la Edad de Cobre, delatados por la presencia de vasos, cuencos, reticulados, decoraciones plásticas, una industria lítica conformada por una verdad extraordinaria de puntas de flecha y cuchillos de pedernal e incluso algún elemento de cobre.

            Hacia el 1500 antes de Cristo se realizan los últimos enterramientos, depositándose en la tumba el ajuar cerámico campaniforme más espectacular de la región, constituido por vasos decorados con incisiones que forman dibujos geométricos del estilo denominado de Ciempozuelo.

            A pesar de que el conocimiento de la misma era amplio, pues su hallazgo se había difundido entre el mundo científico español de la época, durante la construcción del pantano de Valdecañas no se tomaron las medidas  suficientes para colocar a salvo este singular monumento, que poco a poco costo,  que se tenga que se tenga una oportunidad merecía ser rescatado, y trasladado con poco costo, a un lugar donde esta joya de nuestro pasado prehistórico pueda ser contemplada y admirada”.

Artículo publicado en noviembre de 1999 en la Revista El Mirador del Grupo Vivir Extremadura. Autor: Antonio González Cordero

Autor Video: Fernando Martín Pascual.