Es momento. Es momento de abrir los ojos y rasgarse el corazón hasta sentir el latido dentro y fuera del pecho. La tierra ya nos lo ha entregado. Su latido. Hemos decidido saltar, correr, hurgar, perseguir, volar, respirar, tocar esta naturaleza que Extremadura nos tiende estos días. Y hemos rogado cantos, palabras y poesías de nombres que laten. Álvaro Valverde, Miguel Murillo, Rosa Mª Lencero, Santos Domínguez e Irene Sánchez Carrón nos han regalado como oraciones a la madre naturaleza, estas palabras. Pero antes… ¡silencio! ¡escuchen! De las entrañas de esta tierra aún llegan ecos que queremos ahora cantar recordando a Ángel Campos Pámpano.

“Siento caer la luz no sé si dentro o fuera de mis ojos pero sobre el mismo paisaje de infancia estremecido”

No es fácil darse cuenta…

No es fácil darse cuenta de la existencia de un humilde milagro que has tenido delante de tus ojos desde que naciste. Caer en la cuenta de cuánta felicidad puede proporcionarte lo que siempre ha estado ahí. Sin embargo, en primavera, la dehesa rompe su majestuosa serenidad, su perenne equilibrio, su misterioso silencio, y se revela como genuino lugar del elogio. Entonces, el agua, las flores, los animales, los árboles, las plantas y todo cuanto vive y hasta lo que permanece inerte, celebran la llegada del buen tiempo y resulta imposible que no aprecies el privilegio de que ese territorio mediterráneo exista. Para todos, para ti”.

Álvaro Valverde

Buscábamos “la bola de fuego”…

Buscábamos “la bola de fuego”, la que quemó las orejas del gato y marcó el tronco de la encina con el rostro de Cristo. Apenas salía el sol y ya estábamos inmersos en aquel laberinto de jaras y chaparros. Niña Pura, la de los eternos mocos y las bragas sucias, se acercaba con el gato chamuscado en sus brazos. “Hoy viene la bola desde el arroyo” Al mediodía descansábamos con los pies en el agua. A lo lejos se escuchaba el deambular de las ovejas bajo el sol. Llegaba el hambre y corríamos hacia el cortijo. Sobre el arroyo una centella cruzaba veloz. Nunca la pudimos ver. Hoy, en esta primavera lejana y vieja mientras la dehesa se adorna con sus primeras galas, contemplo mi propio rostro grabado a fuego en el tronco de la encina, y el rostro de Niña Pura en otra, y el de mi hermano, y el de mi prima Carmen…

Miguel Murillo

Idilio de Dehesa

Si Virgilio hubiera conocido nuestra dehesa, sus églogas hubieran tenido cantos de piconeros. En bosque claro de encinares, chascando entre dedos hojarasca, una música eleva a las sierras aroma tibio de matorrales. El dulce pastor sabe a madroños, sus pies se tiñen de cantuesos. Bellísima fronda de alcornoques y roquedos. Extremadura es de lentisco y jara, águila y culebra, de bellota montenera tapizando el suelo. Extremeñamente la dehesa asemeja cielo: nido al sol, agua rizada de luna.

Rosa Mª Lencero

Deslumbrada luz entera

Alboroto somero de patos y de ranas, casi de amanecida. En la primera hora de la luz, restos de niebla y rocío cerca de la calzada romana, una de esas espinas dorsales de civilización e historia que atraviesan la Península a través de un espectacular paisaje de dehesa que llega a Cornalvo. La plenitud vegetal de la primavera en estos días centrales de marzo recibe la luz entera de la mañana. Aquí, donde se juntan el cielo y el suelo en la magia del reflejo, la luz y la altura se llaman también pájaro y árbol.

Santos Domínguez

Los Obstinados

“El aire es inmortal. La piedra inerte”
F. G. Lorca

Al fondo de rincones escondidos
crecen flores ocultas entre hierba.

Hay raíces clavadas a la piedra
que aguardan impertérritas la lluvia.

Al sur del los veranos agostados
se oye la seca espera de los pozos.

Tanta belleza vive, tanto amor…

Bajo la nieve sueñan los caminos
con los días azules del deshielo.

Irene Sánchez Carrón

Fotografias: Álvaro Fernández Prieto y Rocío Gallardo

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