Sigiloso y recóndito, el santuario, situado junto al pueblo de Pedroso de Acim, se orienta en la umbría de la sierra de Cañaveral, en una ladera berrocosa rodeada de encinares, que desciende en bancales muy tupidos de vegetación, donde se yerguen viejos  alcornoques, algunos pinos, higueras, olivos y acacias.  Un lugar que el verano pasado fue asolado por un devastador incendio, que no consiguió destruir la  belleza de este paraje impregnado con el recuerdo de su antiguo morador.

Una estrecha carretera asfaltada, que en otro tiempo fue un sendero de tierra, nos condujo hasta las grisáceas paredes del monasterio. Allí nos recibió fray Francisco, uno de los cinco franciscanos ocupantes del convento, que nos condujo a través de los centenarios  pabellones para mostrarnos una de las construcciones más austeras de la iglesia católica: el diminuto convento de San Pedro de Alcántara, considerado el monasterio más pequeño del mundo,  construido según las instrucciones del santo, y en el que pasó alguno de sus años de vida eremítica.

 

 

El pequeño cenobio está constreñido entre la iglesia, edificada en 1558, y el convento de los actuales franciscanos, levantado hace más de doscientos años tras la canonización de San Pedro. En el penumbroso claustro del convento nuevo, protegidos del sol bajo su arcada, adornado por grandes macetas de flores y plantas ornamentales, fray Francisco nos esbozó con brevedad la vida del santo y la historia del Palancar.

San Pedro nació en 1499. Fue fraile descalzo 47 años. Su verdadero nombre era Juan (Juan de Sanabria) —Era habitual entre los religiosos cambiar el nombre tras ser ordenados sacerdotes. Con ello pretendían despojarse de todo lo que les relacionara con su anterior identidad— A los doce años inició sus estudios universitarios en Salamanca, pero no los terminó para entrar en la Orden seráfica a los 16 años. Fue amigo y confesor de Santa Teresa, con la que mantuvo correspondencia durante dos años y con quien más confianza tuvo el santo. Los escritos de Santa Teresa darían a conocer los aspectos más desconocidos de San Pedro.

San Pedro llega al Palancar en 1554. Un matrimonio amigo y discípulo, don Rodrigo de Chaves y doña Francisca, donan a la orden una casa situada entre Pedroso de Acim y Grimaldo, en la dehesa denominada ‘El Berrocal’, junto a la fuente del Palancar. La cesión fue hecha el 22 de mayo de 1557.

 

 

Antes de penetrar en el pequeño convento, al que accedemos desde el vestíbulo que une la iglesia y el claustro nuevo,  a través de una angosta puerta que hay subiendo unos peldaños, fray Francisco nos previno de la altura de la construcción y sus dimensiones, indicándonos que cuidáramos nuestras cabezas al pasar bajo los dinteles de las  dependencias: “En las celdas hay que entrar de lado y bajando la cabeza, nos comenta el monje” San Pedro decía al respecto, explicando el motivo de tal angostura: “Las puertas que llevan al cielo son aún más estrechas”. Algunos contemporáneos del santo que lo conocieron recuerdan que éste llevaba frecuentemente la cabeza muy descalabrada de los golpes que se daba con las dinteles, por su gran estatura. Sobre su talla fray Francisco señala que la tradición le presenta como un hombre alto de algo menos de dos metros, aunque reconoce que la extrema delgadez del santo exageraría aún más su altura. Del guardián del convento, Pedro de San Bernardo, también se decía que acostumbraba a llevar herida la cabeza por esta razón.

Antes de penetrar en los oscuros espacios del minúsculo convento realizamos un ejercicio de imaginación, un paseo en el tiempo que nos situara en la época de San Pedro: Carlos V pasa sus últimos días en Yuste, Hernan Cortes conquista Mejico, Lutero expande sus ideales reformistas por Europa; poder, luchas, conquistas. El santo se retira a un lugar apartado, el más inhóspito y construye este minúsculo monasterio lejos de cualquier presencia humana.

 

Entramos en el cenobio. Una penumbrosa luz penetra por la lucerna del pequeño claustro formado por cuatro columnas de madera. En las dependencias no hay ventanas, sólo unas diminutas aspilleras que apenas difunden luz: “Para evitar el frío y la entrada de alimañas”, nos comentó otro de los fraile del convento, y añadió: “En aquella época, en los bosques que nos rodean merodeaban  lobos, osos y zorros”. Las dimensiones del convento son de 32 pies de largo por 28 pies de ancho (aproximadamente  9 metros de largo por 8 metros de ancho). Dentro de esta minúscula superficie se encuentra la iglesia, la capilla, el coro, la sacristía, el claustro alto y bajo, una hospedería, cinco celdas y una oficina de servicio del convento. Lo primero que construyó el santo fue la capilla, con espacio para el oficiante y el acólito —Sus homilías, recordaría una monja de Trujillo coetánea de Pedro (Juana de San Pedro), solían ser discursos concisos, encendidos y conmovedores. Sin duda su extraordinaria personalidad y espiritualidad indujo y sedujo a muchos fieles a seguir sus pasos, incluyendo familiares: Numerosos sobrinos y primos vistieron los hábitos por su causa. Hay datos de conventos formados exclusivamente por hermanas o primas— En este primer periodo de enclaustramiento fray Pedro tenía un solo acompañante.

Próxima a la capilla se encuentra la celda del santo, en el hueco de la escalera del claustro superior, con unas dimensiones de 112 centímetros de largo, de forma cuadrada, y en cuyo interior sólo se puede permanecer en cuclillas o sentado sobre el poyo de piedra que era en el que se sentaba el santo para dormir, apoyando la cabeza sobre uno de los travesaños de madera que sobresalían del ángulo de la escalera. Santa Teresa da testimonio de esto y asegura que Pedro apenas dormía una hora y media, y así durante cuarenta años. Otros testigos afirman, en cambio, que no yacía sentado sino de rodillas, reclinado y con la cabeza apoyada sobre  el bloque de granito. El conde de Torrejón, Francisco de Carvajal, amigo y bienhechor del santo recuerda que en las ocasiones en que éste dormía en su casa jamás usaba la cama.

 

En una ocasión, su mujer y su suegra, perforaron la puerta de la habitación  donde fray Pedro pasaba la noche y por la abertura lo descubrieron levitando junto al lecho. Sobre el fenómeno de la levitación algunos testigos de su época, como un tal Juan Arroyo, afirmaron encontrarle en ese mismo trance en uno de los calvarios que hay cerca del convento. Sor María de Santa Ana, monja dominica, también manifestó que algunos vecinos de Belvís de Monroy afirmaron ver a Pedro elevarse sobre las encinas donde oraba. Otros, como el conde de Moroto o Jerónimo de Laisa lo vieron cruzar levitando sobre las  aguas  de ríos como el Jerte, el Alagón o el Almonte, mientras leía el evangelio. Estudiosos del tema señalan que estos  prodigios, además de estar sustentados por la imaginación popular, son propios de estados profundos de meditación y no son privativos de los santos de la iglesia.

Fray Francisco nos fue mostrando las diferentes dependencias.  El sol  golpeaba sobre la cubierta del convento  y sobre la lucerna acristalada que dejaba traspasar algunas haces luminosos  que se difuminaban sobre los penumbrosos muros del claustro. Nos mostró una de las celdas de los monjes que acompañaron al santo (fray Francisco nos dice que fueron entre cinco y seis los frailes que convivieron con el santo, aunque durante la construcción del convento sólo estuvo acompañado por uno de ellos). Son estrechas y constan de un catre de madera, una banqueta, una cruz muy tosca colgada de una de las paredes y una lamparilla de aceite (faltan los cilicios espinosos que utilizaban en sus penitencias, algunos como los utilizados por el santo, fabricados con hojalata). La cocina con su pequeña chimenea es muy reducida.

 

 

El espacio del refectorio esta ocupado por dos bancos corridos de piedra a ambos lados de la pared, donde los frailes apoyaban los platos. Comían arrodillados, aunque en determinadas celebraciones  podían sentarse y apoyar las escudillas sobre las piernas. La alimentación era muy restringida: no podían comer carne, pescado, huevos, o beber vino (excepcionalmente los enfermos y mayores). La dieta de los monjes se reducía al pan, el agua, algunas legumbres, verduras, hortalizas, derivados de la leche y fruta (una higuera plantada por el santo entre los años 1557 y 1562 fue famosa por sus frutos milagrosos: La veneración y el fervor religioso provocaron su desaparición  tras la muerte del santo. El régimen del santo era aún más estricto: comía cada dos o tres días. Durante tres años, en una de sus largos ayunos se afirma que fray Pedro sólo tomó pan y agua. Incluso cuando amigos y notables le invitaban a comer en sus mesas, éste siempre mezclaba los alimentos con agua o ceniza para que perdieran el sabor. La imagen que de él se tenía no era muy atrayente:  Avejentado y muy flaco, siempre descalzo, los ojos hundidos, la cabeza espaciosa y calva, la frente surcada de arrugas. Un franciscano de Belvis, Juan de Plasencia, recuerda la piel del santo cubierta de ampollas y de heridas. Estas heridas, sobre todo la de los pies, se decía que las cosía con una lezna de zapatero.

 

Después de visitar  otras diminutas dependencias, la enfermería, la salita capitular  o el claustro alto, al que no se puede acceder por la fragilidad de su suelo,  salimos al huerto que desciende escalonado en bancales a los pies del convento, cuya ladera ahora es un vergel de flores. Antes de descender contemplamos una de las ermitas en las que se recluían los monjes para sus penitencias y oraciones. Antes de su construcción, los monjes se aislaban en chozas hechas con escobones y ramas, para preservar su soledad. Bajamos por un sendero hasta llegar a los desnudos granitos bajo los que se protege la cruz de piedra y la fuente milagrosa donde solía orar el santo. Del agua de la fuente se decía que tenía propiedades curativas. Más abajo encontramos el estanque, al que vierte sus aguas el manantial, donde lavaban sus prendas y se bañaban los monjes. San Pedro sólo poseía un hábito de estameña,  ideal para un penitente (caluroso en verano y frío en invierno), y una prenda interior. Todavía se conserva parte de este hábito en el convento de Arenas de San Pedro, en Avila. En pleno invierno, el santo se sumergía en las aguas heladas del estanque con los hábitos. A veces se desnudaba y esperaba que estas prendas se secaran, aunque también era frecuente, como recuerdan algunos monjes coetáneos, que se las pusiera mojadas.

Soledad, oración, pobreza y penitencia eran los ideales de este santo, reformador de la Orden franciscana, acusado de apóstata  por otras Órdenes religiosas en las que campaba la corrupción y la escasa o nula espiritualidad. Una vida inhumana para uno de los hombres más fascinantes del siglo más glorioso de la historia extremeña.

 

San Pedro murió el 18 de octubre de 1562 en Arenas (Avila), durante uno de los frecuentes viajes que realizaba a sus conventos. Una dolencia estomacal que arrastró durante años fue la probable causa de su fallecimiento. Los monjes que le acompañaron en sus últimas horas de vida recuerdan que las campanas de la capilla del convento de Arenas comenzaron a tañer solas, anunciando el fin de su vida penitente.

Su imagen representará siempre el ideal y el espíritu  extremeño, un ideal difícil de igualar.

Textos: Roberto Machuca

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto

Agradecimiento: Francisco Pila Delgado