No hay un sitio mejor para contemplar un paisaje que desde lo alto de un castillo. La fortaleza en cuestión está situada en la localidad pacense de Magacela y el paisaje no es otro que todo el municipio de la Serena a vista de pájaro. La torre del homenaje data del S.XV y si se tiene el valor suficiente para subir por la herrumbrosa escalera de unos 9 metros de altura, el viajero se verá recompensado con unas vistas que no están al alcance de todo el mundo, sólo de los más intrépidos. Las sierras de Montanchez, de Orellana, de Santa Cruz, de Tiros, de las Cruces e incluso parte de las Villuercas conforman una visión que sobrecoge al visitante.

 

Hay dos maneras de adentrarse en Magacela. Si subimos por la ladera oeste, nos encontraremos zizagueando por intrincadas y estrechas calles de inspiración islámica que dan acceso al camino de tierra que lleva al castillo. Es la opción más recomendable para subir andando y disfrutar de la arquitectura popular, según
nos aconseja un vecino del lugar. La visión de la torrepuerta en un recodo de la montaña según vamos ascendiendo reconforta y da ánimos a la hora de enfrentarse a una pendiente tan pronunciada. La ladera oeste es para subir en coche por una carreterita de la que brotan múltiples badenes. Pudiera ser que el caminante se vea sorprendido al hallar un viejo cementerio y una iglesia de hace sólo ochenta años dentro de un castillo del S XV. Hasta hace pocos años, la población actual de Magacela daba sepultura a sus difuntos y practicaba el culto religioso dentro del mismo. La iglesia posee una portada mudéjar y se encuentra abandonada desde que se incendió en 1937. Al igual que el viejo cementerio, está en desuso actualmente.

No es aconsejable visitar el interior del Castillo de noche. Amén de las posibles caídas desde bastante altura, la imagen de una iglesia incendiada junto a un cementario abandonado cuboierto de lápidas con flores secas resulta pavorosa.

 

 

Un poco de historia

La herencia prehistórica se hace visible en el magnífico dolmen a las afueras del pueblo, dirección a La Coronada, que data del III milenio antes de Cristo. Las pinturas rupestres se encuentran en buen estado.

De igual manera, la huella de nuestros antepasados se aprecia en un conjunto de hornos de ladrillo del S.XVI situado cerca del dolmen, en las faldas de la montaña. Los romanos también pasaron por Magacela. El itinerario Per Lusitaniam ab Emerita Caesaraugustam” y el “iter ab Corduba Emeritan” del historiador romano del S.II Antonino Pío sitúa la Villa Contosolia en las inmediaciones del pueblo, aunque no hay pruebas físicas de ello. Sin duda, otro tesoro escondido para el viajero.

 

 

Un dato a tener en cuenta es que algunos autores ubican el fallecimiento de Viriato a manos de las legiones del General Cepión en Magacela, aproximadamente en el 139 A.C. Obviamente, no hay ni rastro de la tumba o los restos del mismo pero los sillares de piedra que conforman la base del castillo son claramente romanos.

Hay que tener cuidado por donde pisamos ya que el triple recinto amurallado está salpicado de clavos con etiquetas numeradas que sugieren restos de una excavación arqueológica. Como casi cualquier núcleo defensivo rocoso de nuestra península, Magacela o Umm Gazala, Gran Madre o Gran Casa, en el periodo musulmán (S.XIII), ha sido el enclave perfecto para construir fortalezas propias de todas las culturas que han dejado su huella en este territorio: celtas, romanos, árabes y cristianos.

 

 

La población que rodea al castillo vivió al abrigo de sus murallas hasta el S.XV. Poco después el pueblo comenzó a expandirse por la impresionante ladera de piedra, buscando su propio espacio. Incluso hubo una época en la cual la población cristiana y almohade compartieron techo hasta la reconquista. El topónimo romano Magna Cella (Gran Despensa) es también bastante coherente debido a la abundancia de cereales en los alrededores. Magacela fue durante muchos siglos la población de referencia de la Serena. Trás el periodo de ocupación árabe, el rey Fernando III realizó un trueque con la Orden de Alcántara a cambio de Trujillo. La Orden estableció su priorato en Magcela y, a partir de ahí, la localidad se convirtió en la capital por derecho propio de la Serena. A finales del S. XV, la Orden trasladó el priorato a Villanueva y Magacela fue cayendo poco a poco en el olvido.

 

Don Alonso de Monroy

Alonso de Monroy fue el último gran maestre de la Orden de Alcántara. Llegó al castillo en 1437 por la misma senda que acabamos de ascender con la firme intención de casarse con Elvira, hija de Don Francisco Solís, sobrino del alcalde de la villa, Don Francisco de Soto. Fue recibido con los mayores honores hasta que, durante la copiosa cena de bienvenida se llevó una sorpresa bastante desgradable. Cuando levantó la bandeja que tapaba su plato se encontró unas cadenas en lugar de una muestra de la magnífica chacinería porcina de la época. Esto sólo podía significar una cosa: traición.El noble se revolvió dispuesto a luchar por su su vida paro fue inútil, fue apresado sin remedio por el resto de los caballeros que asistían al convite. Muchos de ellos también pertenecían a la Orden de Alcántara. Estuvo preso durante dos años hasta que Don Francisco Solís murió a manos de un antiguo criado en el Castillo de Ugüela, Portugal. Sus dos intentos de fuga no llegaron a buen término y en uno de ellos se rompió una pierna. El detonante de tan desdeñable acto de sedición fue una vendetta personal de Don Francisco de Soto contra Alonso de Monroy a causa de la pérdida del título de maestre de Alcántara, y por tanto del Maestrazgo, que ostentaba su muy querido sobrino Don Gómez de Cáceres en favor de Don Alonso.

Dejando a un lado las intrigas palaciegas que antaño sucedieron en el castillo, descendemos desde la colosal fortificación para internarnos en la empinadas calles blancas de Magacela, no podemos evitar preguntarnos cuantos siglos de historia nos contemplan y si este hermoso pueblecito, antaño una capital en toda regla, seguirá viendo pasar el tiempo desde su privilegiada atalaya.

Textos basados en la colección Documentos de Magacela de Dionisio Prieto y Alonso G. Ayuso.

Fotografías: Rocío Gallardo