Cristina Gallego nació en Cáceres en 1979, pero son ya más de doce años los que lleva en Madrid. Imaginamos que un día despertó y se dijo “Cris, a comerte el mundo”. Así es, mantiene diálogos con Cris, con esa joven actriz de ojos enormes y una sonrisa vestida, casi siempre, de carcajada. Aunque se soñaba de Medea, de Cleopatra de Shakespeare o de diosa griega vengando la matanza de sus hijos, Cristina deslumbra con su vis cómica. “Sí, un día me dije: ¡Anda, Cris, si sabes hacer reír!”. La encontramos en plena gira con el maravilloso absurdo de la compañía teatral Las Grotesqués. Y la recordamos en los anuncios publicitarios que invadieron todos los hogares: una jovencita pide a su novio que se sacuda una motita de polvo después de que una maceta le caiga encima; una dependienta que jugando a ser trilero se esconde la bola en la boca…“¿Dónde está la pelotita…?”. Y nos vuelve a hacer sonreír de corazón.

Pippi Langstrump fue la que me hizo soñar con la interpretación. Desde que la veía de pequeñita sabía que yo quería hacer eso, que quería hacer lo mismo.

Con el anuncio de Ford fue casi como morir de éxito. Ese anuncio en el que se le caía una maceta a mi novio en la cabeza y yo le indicaba que tenía una motita de polvo en la nariz pegó tan fuerte que luego estuve dos años sin currar porque me decían que se me relacionaba mucho. Se me abría una página y se me cerraba de golpe.

Dicen que mis rasgos tienen una vis cómica. Sin embargo, al principio sólo me sentía actriz dramática. Cuando mi profesor de Arte Dramático se enteró de que me sentía incapaz para la comedia, me tuvo un año entero en el que no hacía nada más que comedia. Me parecía dificilísimo mantener la risa de alguien.

Emocionalmente es complicado aguantar. Es una profesión muy inestable. Cuesta aguantar y sostenerte. Hay que tener cuidado en no perder la ilusión. Sin embargo, me despierto un día y me digo “¡Anda, Cris, si ya llevas doce años en esto!”.

Tienes que saber que no te pasa a ti sola, que hay muchos que de temporadas con mucho trabajo pasan a temporadas sin nada. Mi madre piensa que si yo no trabajo soy la única que no trabaja… claro porque ella ve la tela y ve a la gente que está trabajando.

La última gala de los Goya la vi solita en mi casa disfrutando con una botella de vino. Lloré y todo. Estoy segura de que cualquier actor se monta su película y se imagina el discurso que haría si le dieran un Goya.

Donde no encajo es en la actuación fuera de la actuación. Me siento como un burro en un garaje. Hago esfuerzos para asistir a fiestas y galas, porque me dicen que es parte del trabajo. Me parece tremendo, me cuesta mucho, tengo que hacerlo poquito a poquito.

Japón me cambió la vida. Un año viviendo allí, haciendo un musical en japonés, me mostró un público de entrega contenida. Se emocionan, te admiran, pero controlan todo el tiempo. Tienen un tempo especial. Se sientan, parece que no les pasa nada pero se mueren por dentro. Luego se entregarán cuando ya te digan que aman tu trabajo.

Cáceres, mi ciudad, mi tierra… he aprendido a quererla con los años. Me fui con ganas de irme. Ahora la echo de menos, la quiero y ya sé apreciarla.

De pequeñita el colegio me llevó al Gran Teatro y recuerdo cómo me colaba por todas partes para tocar las tripas del teatro. Ahora cuando entro allí, digo “alguna vez, Cris, alguna vez actuarás aquí”.

El cine es mi sueño. Amo el teatro pero el cine… no es que no lo descarte, es que no dejo de luchar.

Entrevista: Mari Cruz Vázquez

Fotografía: Álvaro Fernández Prieto