Es apenas mediodía y la niebla inunda la mirada. El frío del invierno asoma para acompañarnos, e incluso arroparnos, en la visita a Casas de Miravete, pequeño municipio situado a la umbría de la sierra que da nombre al único túnel de Extremadura. La jornada tiene un tinte poco apetecible, pero el inicio del caminar vira los tonos hacia los verdes. Vivos e iluminados.

La serranía no es la única seña de identidad de Casas de Miravete: el 22 por ciento de su territorio está dentro del Parque Nacional de Monfragüe y el 78 por ciento restante es Reserva de la Biosfera. “El pueblo está cien por cien protegido”, resume su alcalde, José García. Y eso marca sin duda su carácter y su devenir. Con poco espacio para la finta, el entorno no debe ser sino la brújula para avanzar. A pesar de la niebla. ‘La ruta de los alcornoques’ es el camino que nos aleja de las casas; que nos adentra en lo bucólico. Altos, robustos, austeros, regios, sobrios, centenarios. Perennes. Crecen a ambos lados de la senda. Cobijo. “Se hizo un desastre en la sierra, se cortaron muchos para poner eucaliptos. Pero hace dos años plantamos 2.200 alcornoques, porque esta zona siempre ha sido un alcornocal. Es que es lo suyo. Todo esto era monte y lo hemos preparado, lo hemos rezagado”, sostiene el regidor mientras muestra los plantones; el futuro. “Este pueblo es un canto al alcornoque. Aquí estamos a una determinada altura y en umbría; la encina la vamos a encontrar más abajo, pasado el río Tajo”.

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¡Echa una foto a ése! La voz llega desde lo alto de un olivo. Nicolás Fernández, un “artista de lo que salga”, como se autodefine, hace equilibrio para recoger aceitunas a la par que nos recomienda un buen encuadre. Y nos da conversación. “Pues aquí estamos, luchando por la vida”, afirma con voz bonachona y satisfecha. Torreznos y costillas tiene en su morral, “y no lo cambio por nada”. Este vecino del pueblo coge cada año, él solo, unos mil kilos de aceitunas de sus más de cien olivos: “Ordeño por arriba, ordeño por abajo, un poquito de vara… y así no hago daño al árbol”. Y finiquita la conversación: “Yo he venido al pueblo de retranca. Y no lo cambio por nada. La salud es lo que vale”.

En los últimos años, los vecinos de Casas de Miravete, encuadrado también en una esquina del suroeste del Campo Arañuelo y en las estribaciones occidentales de Las Villuercas, han crecido en medio centenar. Una cifra nada desdeñable que se sustenta, según el alcalde, en un proyecto con tres pilares: social, cultural y de infraestructuras. Una biblioteca, un centro cultural, un centro de día y un centro de interpretación, que tomará vida a lo largo de este año, son parada obligada para los foráneos. Mª Ángeles Díaz y Teresa Ibarra interrumpen su labor para enseñarnos el centro de día en el que trabajan desde hace tres años. “Esto ha supuesto bastante, hay gente que vive aquí porque tiene estos servicios”, resumen. Arroz a la cubana es el primer plato de hoy. Es mediodía y el olor nos embauca.

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Nos encontramos a Cecilio Moreno, de 73 años, cuando camina para ir a almorzar. Hoy toca arroz, le anunciamos. “Pues yo no soy mucho de arroz….”, responde. Pero sí es mucho del pueblo, parece que forma parte del paisaje (y del paisanaje, claro) con su boina y su irregular bastón; eso sí, también con su móvil y su reloj Casio, auténtica moda vintage. “Yo aquí hasta que…”. Calla. “Toda la gente se iba”. Retoma.

El origen de este pueblo que hoy supera los 210 habitantes (la mayor parte con más de 65 años) está en el camino; en el tránsito de la Mesta; en la sombra del intercambio entre ganaderos; en los trapicheos; en la cañada real que atraviesa sus calles; en la Venta de San Andrés (de hecho, el primer nombre del núcleo poblacional fue Las Ventas de San Andrés)… También en Al-Murabit, nombre árabe del que procede Miravete. Allí en lo alto del pico que arropa al pueblo, y a sus casas, a más de 800 metros de altitud, los almorávides levantaron un castillo en el siglo XI. Poco queda de la fortificación pero mucho de las vistas, de las que disfrutan las aves rapaces habituales de estos parajes: a un lado la llanura del Arañuelo con la Sierra de Gredos al fondo; al otro, los llanos de Trujillo.

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Nada queda tampoco de un cementerio árabe destruido por las obras del túnel. La Campana de Albalat también está en lo pretérito de este relato; en el siglo XIV, cuando se creó este un concejo de alquerías pastoriles para repoblar la zona. El siguiente punto en la crónica es la guerra de la Independencia, de la que se conservan restos como los fuertes que los franceses construyeron para el control del Puerto de Miravete y del río Tajo. Las batallas que aquí se libraron entre franceses e ingleses, que ayudaron a los locales, renacen cada año con la Ruta de los Ingleses, una actividad senderista teatralizada, y organizada junto con el vecino Romangordo, que recuerda los avatares de principios del siglo XIX. Turismo histórico, lo llaman.

El presente está en la supervivencia: huertos, alcornoques, claro está, y Monfragüe. “Sí, estamos a la sombra del Parque… pero no pasa nada”, reconocen el alcalde y un concejal. Las restricciones ambientales limitan en muchos casos el crecimiento económico e industrial. Y ahí está el reto, y la dificultad: “Es el pueblo el que tiene que dar el paso para aprovecharse del Parque”, reconocen. “Poder vivir en el entorno de un Parque Nacional debería tener un peso específico que no hemos querido o no hemos sabido aprovecharlo”, reflexionan José García y José Antonio Solís en la zona de plantones.

Y seguimos la ruta, entre alcornoques. La fuente ‘la casá’, en la zona llamada por los lugareños ‘cacaranda’, es una buena tregua para tomar imágenes. Conversación y mirada. A un paisano en burro, por ejemplo; y a otros que no se dejan fotografiar. “¡Para, para…!”, clama la fotógrafa. El paraje de ‘la pilonilla’, donde está el mejor agua a la redonda nos dicen, la ha cautivado; las instantáneas le dan la razón. Y nos hablan de un pequeño pantano que han montado (de unos 500.000 metros cúbicos) y que se ha recebado de tencas. Y de la romería que van a hacer. Y del centro de interpretación. Afable conversación.

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La niebla no se despega y nos acompaña a la última parada: la fonda. Allí nos encontramos con Emilio ‘el chato’, “yo soy auténtico de aquí”, se adelanta a las preguntas. “Este es un pueblo muy unido, somos como una familia. Nos ayudamos unos a otros. Yo colaboro en todo lo que puedo. Estoy muy agradecido a mi pueblo y ellos a mí”. Y mira a la montaña, que también nos observa a nosotros. “Eso es precioso”, sentencia y nos cuenta que ha sido guarda muchos años para que nadie robara los huevos de los buitres. Las aves rapaces; otra seña de identidad. Junto con el pico de Miravete, vigilante. Y con los alcornoques, que han vuelto impertérritos. Como si todo siguiera igual. Hay niebla.

Texto: Mª Ángeles Fernández

Fotografías: Ester García

En Vivir Extremadura encontrarás información y noticias diferentes de Extremadura. (Entrevista publicada en el número 40 de la revista Vivir Extremadura)