El viajero olvida la autovía, quiere hacer este camino como tantas veces en el pasado y rememorar el recorrido que hiciera Don Antonio Ponz en “Su viaje por España”. Hablaba, entonces, del difícil acceso y de lo fragoso del terreno. A estos pasos casi de infancia regresa el viajero, a sus curvas, a las grandes cuestas que casi podría jurar que terminan en el mismo cielo. Todo invita a pensar en ello. La belleza del entorno, la fuerza del Tajo y del Tiétar, el imponente macizo montañoso de Las Villuercas, el calor y la frescura, a la vez, del Parque Nacional de Monfragüe… Todo, todos los alrededores del Puerto de Miravete alientan a la subida.

Es un pueblo de no más de 200 habitantes que vive y duerme al amparo de alcornocales, encinares y al arrullo del vuelo de la cigüeña negra, el águila imperial… Es un rincón lleno de vida, donde no es difícil seguir el rastro de jabalíes, venados, corzos o buitres negros. Naturaleza, agua, manantiales, nieve, sol…

 

 

Casas blancas, calles serpenteantes, luminosas al pie del pico de Miravete, en la parte oriental del Parque Nacional de Monfragüe. Esta fresca tranquilidad nos lleva a pensar en la historia que nos cuenta nuestro acompañante, que sin darnos otra opción nos ha dicho “yo seré su cicerone en esta mi tierra”. Y no ha habido orden mejor acogida y más provechosa porque sin darnos cuenta nos hemos trasladado al siglo XIII, a la Mesta, a las Cañadas reales que atravesaban la península con numerosos rebaños en busca del mejor clima. Vías o cordeles que llegaban a Extremadura. Los años, los siglos mantienen la cultura ganadera y agraria, surgen ferias de ganado en Plasencia, Talavera… y Miravete está en el camino. Así aparece, nos cuenta nuestro acompañante, “la Venta de San Andrés”. Un descansadero para los animales, los pastores y los zagales. También para los viajeros. Imaginamos a los hombres hablando y cantando al calor de la lumbre y del vino en largas mesas corridas de madera mientras fuera el relente de la noche cae sobre los animales.

El caso es que en torno a esta parada, a este, descansadero se irán levantando casas,asentando familias… Las Casas del Puerto de Miravete. Escuchamos la historia. “Pues dicen –nos espeta casi con orgullo- que la Venta de San Andrés fue el primer mesón que se abrió en España”. Y la Venta y su entorno será lugar al que se trasladarán familias de pequeños pueblos de alrededor como Piñuela de Arriba y Piñuela del Puerto, de los que hoy en día quedan restos y recuerdos.

 

 

“Y luego llegarán los franceses…”. Y como si hubiera estado inmerso en la batalla, nuestro acompañante frunce el ceño. Llegaron y “saquearon todo e incendiaron cada rincón”. Y de ahí, de este capítulo de la historia, se celebra cada primavera la llamada “Ruta de Los Ingleses”, una ruta senderista con los participantes ataviados de la época y recordando el apoyo de las tropas inglesas contra el invasor.

Callamos y contemplamos nuestro alrededor. “Es grandiosa la naturaleza que tenemos aquí”. Frente a nosotros el río Tajo que penetra en Monfragüe por una enorme portilla. “Esos son todavía terrenos de Casas de Miravete, tienen que ir al río y ver la portilla”. El río, los cantiles, las jaras, los madroños… las grandes rapaces, la berrea… Es el Parque Nacional de Monfragüe, visita obligada en nuestra excursión. Pero seguimos paseando por las calles. Alguien escucha música. Distinguimos la voz del cantautor Miguel Ángel Gómez Navarro, “nació aquí”, nos dice nuestro guía. Y nos dejamos mecer por su canto: “…Es una buena costumbre dormir al sereno. De mañana el sol es el despertador que te asusta el sueño cuando está mejor…”.

 

Texto: Mari Cruz Vázquez

Fotografías: Álvaro Prieto