Se dice que un espíritu de cariz bondadoso recorre los aposentos de la  vieja casa árabe. Las gentes que  visitan este lugar reconvertido en museo hablan de un ente misterioso. Manifiestan que en el ambiente, impregnado de esencias almizcladas,  se perciben presencias invisibles, sonidos de naturaleza inexplicable. Puede que sea el rumor de sus antiguos moradores,  una rica familia de mercaderes, adherido a las viejas paredes que un día les acogieron. Algunos de los numerosos turistas que han visitado el lugar han declarado sentir el pálpito de algo muy próximo, tal vez el roce de una mano, la silueta de una sombra desplazándose, incluso la voz de alguien que les invoca.

En Cáceres, muy cerca de la plaza de San Jorge, junto al Palacio de los Golfines de Abajo, descendiendo la empinada y empedrada Cuesta del Marqués, accedemos a la Casa Museo Árabe Yusuf Al-Burch, una sencilla construcción de dos plantas, de las muchas casonas que configuran el monumental y blasonado casco antiguo cacereño, pero sin la ostentación de las señoriales mansiones aledañas. Visitamos el museo en una noche fría y silenciosa de invierno, tal vez esperando descubrir alguno de esos misterios que durante años han rodeado este peculiar edificio.

 

 

Entresijos que nos trasladan al siglo XII, cuando los almohades, guerreros procedentes del norte de África, eran los señores de la ciudad. Son años de guerra, de invasiones y reconquistas. Para repeler los ataques de las tropas cristianas, los árabes fortifican la antigua muralla romana que circunda la colina donde se asienta la población. Muy cerca de esa muralla, un rico mercader construyó su casa. De este comerciante, sus formas de vida, sus costumbres y del tiempo que vivió, aunque de cuya identidad nade se conoce, nos habla visualmente, a través de su decena de salas, esta casa-museo.

El antiguo propietario del edificio, José de la Torre Gentil, dedicó una década a restaurarlo, recuperando aquellos elementos que primitivamente lo integraban. Los actuales gerentes del museo, herederos del fundador, nos refirieron la historia de la casa, y de su antiguo propietario, amante del arte islámico y la historia, quien adquirió aquella vieja casona para habitarla, sin saber que en sus muros se conservaba una de las escasas muestras de la arquitectura árabe existentes en Cáceres, una ciudad que durante la dominación musulmana tuvo uno de sus mayores momentos de esplendor.

 

 

Durante la reconstrucción descubrió las bóvedas originales de la estructura, el aljibe, el hamman y diversos restos arqueológicos. Fueron años de viajes y contactos con numerosas personalidades vinculadas con la cultura árabe, para reunir los elementos que actualmente la conforman. Un proyecto sin ayuda económica externa que le llevó a la precariedad, con la única pretensión de rescatar para la ciudad de Cáceres una parte de su ancestral historia.

El museo se compone de una decena de salas. En el vestíbulo de acceso ya encontramos la Cocina, con su aljibe y alacena, que era la estancia más pequeña y de uso exclusivo para la elaboración de los alimentos. Un arco mudéjar con arabescos que nos recuerdan los dinteles granadinos nos abre el paso a la Sala del Té, profusamente decorada con damasquinados, alfombras y libros religiosos. Era lugar de solaz del señor, de lecturas, juegos de mesa, de encuentro y trato con otros comerciantes o conocidos. En esta sala se expone una vitrina con réplicas de piezas del museo de Bagdad, algunas desaparecidas tras la guerra de Irak, y monedas del siglo XII, regalo de las autoridades irakíes, además de obsequios y fotografías aportadas por diferentes personalidades. En la contigua Sala de Armas se exhiben piezas utilizadas en la época, como dagas y cimitarras; algunas de estas piezas fueron halladas en la casa y otras donadas, como las aportadas por el alcalde de Alhucemas. Este espacio era el utilizado como comedor, aunque en los días templados se solía hacer uso del patio.

 

 

El Patio lo ocupaba un espacio mayor que el actual, extendiéndose hasta la cercana muralla romana. Era huerto, cuadra y en la parte superior, que conforma la otra planta del edificio, de construcción ulterior, estaría el almacén, para guardar el grano. En una de las paredes del patio destacan dos pequeñas cabezas de león, en granito, que serían las embocaduras decorativas de la fuente existente en sus orígenes.

En este recoleto lugar y en las deshabitadas estancias del piso superior, misteriosas e inexplicables apariciones han llamado la atención de estudiosos de los fenómenos paranormales. Armarios cuyas puertas se cierran y abren solas, objetos que se mueven sin fuerza aparente que los desplace… Al fondo del patio, en un nivel superior, la Sala de Baile, que refleja el alto estatus social del mercader, en la que se exhiben curiosos instrumentos musicales. A continuación se accede al Harén, contiguo al dormitorio del señor de la casa: alfombras, kilims, divanes, cojines extendidos, cortinajes que hacía de estas estancias espacios confortables.

 

 

En la Bodega, despensa que utilizaban para guardar y conservar los alimentos, construida sobre la descarnada piedra granítica que cubre el aljibe, y que en los días de lluvia recogía el agua enfriando la zona que ocupaban los recipientes, se exponen las cerámicas y vasijas que aparecieron durante la reconstrucción del edificio, con otros utensilios de uso doméstico y herramientas hallados en la casa; también restos óseos que se descubrieron en el interior de unos baúles, en su mayoría de animales, y que posiblemente se depositaron en estos arcones durante las reformas realizadas en el edificio. El agua del aljibe mantiene una temperatura constante de 14 grados durante todo el año.

Elemento singular es el Baño o Hamman. Esta cavidad obrada bajo el nivel del suelo, de techo abovedado con paredes de adobe y ladrillo, era utilizada para las abluciones, aprovechando el vapor de agua que emanaba de una caldera ubicada en una sala situada bajo el patio, y que los criados se ocupaban de calentar. El vapor se canalizaba bajo la casa hasta el baño, que retornaba licuado a la caldera por un canal paralelo, dispensando calor, principalmente a las habitaciones, por lo que los suelos de éstas, construidos
con piezas cerámicas, para conservar la temperatura, estaban más elevados que el resto de las estancias. Este sistema de calefacción, denominado gloria, se sigue utilizando en Castilla, y tiene sus orígenes en las termas romanas. Era un calor húmedo y relajante que se dispensaban los señores bajo una tenue luz y un aire cargado de esencias aromáticas. Los baños solían estar decorados, no así los denominados cuartos oscuros, utilizados para las necesidades fisiológicas, situados en el exterior de la casa.

 

 

Finalizamos la visita nocturna, iluminados con el tenue resplandor de las farolas que nos aguarda en la empinada Cuesta del Marqués. La claridad refleja la sobriedad de las mansiones cristianas colindantes, que contrasta con los luminosos destellos orientales de la vieja casa.

Alguien manifiesta haber escuchado una desvaída voz y el suave trinar de pájaros tras los muros del patio árabe, tal vez los ecos de una lejana primavera cuando las tierras extremeñas las ocupaban gentes a cuyo honor se conservó y restituyó la casa del mercader.

Texto: Roberto Machuca

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto