El pequeño caserío de El Carrascalejo está dominado por su imponente iglesia que parece querer escapar a los límites del reducido espacio urbano. Más allá de la iglesia, dedicada a Santa María, los altos cipreses anuncian el campo santo. Pocos son los muertos que esperan la llegada del viajero, si es que nos esperan los muertos. Sobre lajas de pizarra los nombres Carmen, Juan, Soledad… aquí el viajero siente un tremendo escalofrío, como un zarpazo que le lleva al vacío que le han dejado sus propios muertos. Hay luz de otoño en el inicio de este viaje que se presiente inútil. Los campos de vides, desnudos ya de sus frutos, se extienden a un lado y a otro del camino. Al fondo se adivina ya el cementerio de Mérida y sus tapias malditas. El desasosiego acompaña aquí al viajero que decide seguir camino. Pero en este viaje el caminante sabe que el sosiego es algo casi siempre lejano.

 

 

De nuevo tapias inmaculadas que el sol del medio día convierte en espejos de la memoria, donde aparecen imágenes crueles de rostros que desfiguran el odio y el espanto. Es el cementerio viejo de Badajoz. Dentro cientos, miles de tumbas, de panteones primorosamente cuidados, que guardan para siempre lo efímero. Camina el viajero despacio llevando su mirada hacia nombres que le son desconocidos. De repente, flores frescas sobre las tumbas de viejas estirpes gitanas: los Salazar, los Heredia, los Montoya… Se escuchan ecos de jaleos, de tangos… ecos que parecen llegar de la Plaza Alta … Gitano soy de Badajoz, caballero cien por cien canto con el corazón;
y, el que sepa comprender sabe que tengo valor. Se llega a Cáceres a través de la Sierra de San Pedro. De la frondosidad de la dehesa llegan lejanos ecos de berrea que el viajero interpreta como un canto a la vida. Ya no se contempla el cementerio de la ciudad de las piedras detenidas desde el entrañable Paseo Alto.

 

Muros de hormigón y ladrillo impiden la vista sobre el campo santo. Un campo santo que desciende desde el paseo en terrazas, donde crece un inmenso jardín de plástico, flores eternas que unas manos, ya sin las caricias de otras manos, han ido dejando. Pabellón tres, calle cuatro, tumba en propiedad. ¡Que ingenuidad la de los vivos queriendo otorgar posesiones a los muertos!. Sobre el suelo gris, y ante la mirada del viajero, pequeñas cruces anuncian que no hay tiempo para la muerte que aquí se antoja caprichosa, sin alma. Es el cementerio de los infantes que esperan que pase el tiempo del limbo y por fin poder abrazar a ese pequeño osito de peluche que alguien dejo sobre una cruz pintada de blanco. La 630 transcurre bordeando
las aguas que lamen la torre de Floripes, muerta de amor, dicen, en esta torre. Cuántas cancio- nes, cuánta poesía para el dolor del amor.

Aparecen en el viaje los paisajes ocres del Ambroz; son los castaños, los robles y las alisedas que acuden al sueño frío de la hibernada. Pasamos junto a Cáparra y su necrópolis profanada. Hace calor, como si de repente quisiese resucitar el estío. Bajo una higuera y frente al cementerio de Guijo, el viajero se encuentra con Luisa que dice ya andar por los noventa. En sus manos un higo, un higo madurado al cálido sol del otoño. Habla del poeta… Habla del poeta de la misma forma que habla del hermano muerto hace ya mucho tiempo, casi tanto, dice, como el poeta.

 

El cementerio de Guijo tiene la geografía de estas tierras de Granadilla, es ancho y espacioso. A lo lejos se adivina el Pinajarro y Tras la Sierra. En el centro las viejas y cuidadas sepulturas, cruces de hierro y lápidas de pizarra que esconden cuerpos, vidas que fueron y que el viajero ignora. La vieja Luisa riega un geranio que crece vivo sobre la tumba de aquel hermano que permanece en la memoria. “Ése de ahí es el panteón de Don José María”, susurra la anciana. Hay rosales recién podados que anuncian rosas para la eternidad de las letras, y una cruz que dice que aquí duerme el poeta.

 

Texto: César Serrano
Fotografía: Álvaro Fernández Prieto