Recordamos a Whitman, Walt Whitman. “… comienzo a cantar hoy / y no terminaré mi canto hasta que muera. Que se callen ahora las escuelas y los credos (…) / Ahora yo ofrezco mi pecho lo mismo al bien que al mal, / dejo hablar a todos sin restricción, / y abro de par en par las puertas a la energía original de la naturaleza / desenfrenada”. Si Whitman nos mostró la fuerza, Bebe nos arrastra a disfrutarla. Nos encontramos con esta mujer delgada, de mirada abismal y vasta sonrisa para hablar de poesía y de vida, de canto y de sueños, de miedos y de luchas. Bebe se aferra a la tierra y extrae de ella una fortaleza que resucita, sin quererlo, los versos del autor de “Hojas de hierba”.

Son sólo… o ya, 32 años, y cinco desde que saliera a la luz su primer disco, “Pá fuera telarañas”. Hoy Bebe sigue mirando de frente, quizá con mayor fuerza, y nos regala sus versos y su música en un segundo trabajo: “Y.” En él, de nuevo, los extremos, la fuerza de la alegría, de la melancolía, de la vida, del amor y del desamor. La fuerza de la tierra… como Whitman. “Sí, necesito mucho la tierra… Estoy siempre en contacto con ella. No podemos olvidar que somos animales, que venimos del agua… que somos parte de esta tierra por mucho que vivamos en pisos y vayamos sobre ruedas. La tierra te da firmeza. El centro de gravedad te tira p’abajo y te sujeta”.

 

Recordamos entonces a aquella joven, recién conocida en los escenarios musicales, que levantó la voz sin pensarlo para lanzar un “No” a la instalación de una refinería en Tierra de Barros, en Badajoz, en su tierra. “No sólo he sido yo, ha habido mucha gente que ha dicho ese No. Si me tengo que morder la lengua me la muerdo, pero no en esto. En esto no me la muerdo, igual que otros no se la muerden para hacer aberraciones”.

“La tierra tiene fiebre, necesita medicina / y un poquito de amor que le cure la pena que tiene (…)

Y es que no hay respeto por el aire limpio / Y es que no hay respeto por los pajarillos / Y es que no hay respeto por la tierra que pisamos…” (Ska de la tierra)

… Y parece que nos invita a cerrar los ojos, a soñar un paisaje… “Paz, pura paz… y volar, volar”. Pero como ella no cansa de repetir, “de casta le viene al galgo”. Sus padres, amantes de la música, miembros del grupo folk Suberina, no sólo le inculcaron su pasión por la música, sino también por el viaje, por el camino, por los descubrimientos… “Siendo cinco hermanos, mis padres siempre nos han llevado de viaje. Nunca había problemas para coger los bártulos y al remolque…”

Así nace un segundo disco, “Y.”, mientras cumple el sueño del viaje. “Cuando llevas mucho trabajo se hace necesario parar, apartar todo, tomar distancia…”. Una vez más, Bebe miró p’lante y salió en busca de lo que sólo ella sabía. Durante dos años se abandonó a los caminos, a las montañas, a la mar, a la noche y al amanecer. Dos años para pensar y componer las trece canciones “y punto” de su último disco.

“… recorro montañas, desiertos, ciudades enteras / no tengo ninguna prisa, paro donde quiero / La música que llevo será mi compañera…” (No más llorá)

Un disco para escuchar viajando, tal y como nació. “Me apetecía desde hacía mucho este viaje y lo hice en un momento clave. Vi que tenía que vivir, estaban pasando unos años muy preciados. No he venido a este mundo a trabajar solamente, he venido a vivir… y sí, también a trabajar pero para poder vivir. Yo no trabajo para desvivirme”.

La partida sin mirar atrás, con la vista al frente. “Al viajar, al salir con idea de un viaje largo, poco a poco vas tomando conciencia de ti mismo. Día tras días vas experimentando infinidad de estados anímicos… Así es mi disco”. Y sin duda una buena cura para cuerpo y alma ese viaje. Bebe nos mira fijamente y ríe, despliega una más que generosa sonrisa. “No hay más que verme para saber que ha sido una buena cura”. “Sí, no hay más que ver tu sonrisa”. “Bueno esta sonrisa me la ha dado el viaje, sí, pero también mi hija”.

Bebe nos habla de Candela. No llega al año. Intenta transmitirnos su sensación cuando, dormida, la acuna en sus brazos. “Lo llamo mi momento mágico. Es mágico”. Imaginamos “al abuelo”, a José Antonio, paseándola por la Plaza Chica de Zafra o mostrándole los retazos que la historia ha ido dejando escritos en la alcazaba árabe de Badajoz o en la Plaza Alta. “Aún no le ha dado tiempo a presumir de nieta, pero sí lo ha hecho con mis sobrinos y he visto lo grandioso que es ser abuelo, porque es como si se cerrara el ciclo. Es ver que la sangre de tu sangre ha tenido otra sangre… Poder vivirlo es grande”. Calla. Serena calla y espera.

Descubrimos un rostro de Bebe muy próximo y muy cálido. ¿Ha llegado otra Bebe con este segundo disco?  “Uno es como la vida le va haciendo, como las circunstancias le van mandando, aunque, eso sí, manteniendo algunas cosas que son básicas, pero no hay que olvidar que los hombres son cambiantes. No pienso igual que cuando tenía 12, 15 ó 20 años, ni siquiera como pensaba hace 5 años. Ni pienso ni siento igual… Algunas cosas las he cambiado, y otras las he afianzado, las he hecho más fuertes”.

“Yo soy una montaña rusa que sube que baja / que ríe que calla confusa me dejo de llevá llevá / por lo que los días me quieran mostrar…” (Busco-me)

No ha ocultado Bebe, en más de una ocasión, su incomprensión o su ahogo ante una popularidad, quizá no esperada, que la situó, incluso, a la cabeza de movimientos proclamándola abanderada de causas diversas. Se muestra firme. “Procuro hacer lo que quiero sin pisar ninguna cabeza, pero hacer lo que mi corazón quiere que haga, hacer lo que me gusta. Intentar agradar siempre es absurdo”. Sí, aunque no nos lo confirme, creemos que hay un antes y un después… “Llámalo como quieras”.

“Cuando quiero soy una gamberra / en la playa y en la sierra (…) por piedra me gusta andar / como una cabra estar / soy extrema y dura / y a mí qué más me da de lo que de mí quieran pensar…” (Qué m’importa a mí)

Ojos grandes, oscuros y profundos que vuelven a posarse serenamente sobre nosotros. A la espera. Sin prisas. Ya no más prisas, parece decir. Ojos que ya fascinaron en el cine, en películas como “La educación de las hadas”, de José Luis Cuerda. Precisamente por la canción de este film, “Tiempo pequeño”, Bebe obtuvo el Goya a la Mejor Canción Original en 2007. “¿Qué si me gustaría que me llamaran para hacer cine? Pues claro que me gustaría, pero ahora no me puedo quejar, estoy con la música. Aunque el cine, el teatro… es para mí muy importante. No olvides que vine a Madrid a estudiar Arte Dramático. Pero ahora con la música estoy empezando, como quien dice. La verdad… es que cualquier cosa que haga la estoy aprendiendo… Esto es como hacer caligrafía cada día”. Ahora ríe la niña. La que, recuerda, con 18 años llegó a Madrid acompañada de su padre para matricularse en la escuela de Arte Dramático. “Fue un viaje muy divertido, porque primero tenía que saber si había aprobado dos asignaturas que me quedaban; luego me tenían que mandar el certificado de aprobado por fax desde Badajoz para poder matricularme… Un lío enorme… Estaba llena de nervios… como cuando sales al escenario”. ¿Siguen hoy esos nervios? “No es que sigan, es que son necesarios. La tensión es buena, pero la justa. Tensión para no dormirte, pero que no te saque de tus casillas”.

Y hablamos de esa “tensión tan positiva” que es la que dice Bebe encontrar ante su público, en un escenario pequeño. “Esa tensión en un lugar reducido es mucho más potente que en un concierto multitudinario. Los tuve que vivir, pero no me gustan. Ya no”. Sin embargo, en esas salas donde Bebe tiene casi al alcance de la mano al público, es donde ella juega y disfruta con la complicidad entre unos y otros. “En los conciertos mola encontrar cómplices. Busco la comunicación, y para eso a veces pido a los técnicos que paseen las luces en algún momento por el público… Lo que ocurre –reconoce riendo- es que a veces los veo tanto que me desconcentro. Miro a la gente, la veo, pienso en ellos… Pero me gusta, sí, me gusta mucho”.

“Tu mirada, mi mirada, su mirada / nuestras miradas todas juntas / Todas juntas metidas como una colada / Se cuelan por dentro de mi cuerpo” (Uh Uh Uh)

 

CUÉNTANOS

 V. E: ¿Qué música escuchas?

B: Muchas, pero la de cabecera es la de Lole y Manuel. Me pone la carne… me la traspasa. Ahora, incluso, he tenido la osadía de comenzar algún concierto con la canción de la mariposa… esa de… (mirándonos fijamente canta, canta y sonríe) “Érase una vez una mariposa blanca / que era la reina de todas las mariposas del alba, / se posaba en los jardines, / entre las flores más bellas…”. Pero escucho de todo. Me encanta la banda sonora de la película 2046, de Wong Kar-Wai. Es una banda sonora increíble, con algunas canciones como Siboney… Y hoy viniendo en el coche venía escuchando a Tina Turner… ¡qué buena!

V. E: ¿Y la música de tu infancia?

B: El grupo de mis padres era folclore, pero en casa se escuchaba de todo: Alberto Cortez, ¡supremo!, Perales, Mocedades, Simon y Garfunkel, Julio Iglesias… mucho francés también… recuerdo a Charles Aznavour… A veces poníamos la aguja larga en el tocadiscos, esa aguja en la que se podían poner hasta cinco discos a la vez e iban cayendo uno detrás de otro.

V. E: Una imagen… esa que cantas, en la que “el cielo que se junta con tu tierra…”

B: Me encanta cuando llegas a Miravete desde Madrid y empiezas a bajar, a bajar… entonces digo ya estoy, ya estoy, ya estoy en casa

V. E: ¿Cómo es tu furgo?

B: La mía, la primera, es de color pitufo. La llamo la Pitufita o la Quinquillera. Pero he tenido varias. Por ejemplo, en el viaje se me estropeó la Pitufita y dije a mí no se me estropea el viaje, y alquilé otra, la Marlene, blanca.

V. E: Hablas como si tuvieran vida

B: Sí, es increíble la relación que se llega a establecer con los automóviles. Recuerdo el GS de mi padre. Me hace gracia recordar cómo se cargaba. Entrábamos toda la familia, con maletas y demás… Era como jugar al Tétrix para conseguir encajarnos todos.

V. E: Un olor

B: El de tierra mojada cuando llueve. Me recuerda a casa. En cuanto llueve lo puedes oler, incluso en Madrid a pesar de toda la porquería… Y también el olor de mi madre.

V. E: ¿Y la cocina de casa a qué huele?

B: ¡Mmmmm! A pucherito, a tortilla de patata que a mi madre le sale increíble. Fíjate, con mi madre he llegado a adorar desde chica, que ya es raro, las espinacas y las acelgas.

V. E: ¿Cómo es ahora tu relación con Extremadura?

B: La misma que he tenido siempre. No he dejado de ir. Siempre ando p’rriba y p’bajo. Sigo yendo en Navidad, también unos días en verano… Vamos que creo que todavía mantengo el ciclo del estudiante. Voy igual que iba cuando estudiaba.

V. E: Bueno, Bebe… pues nos vemos en Extremadura…

B: ¡Eh! No me habéis preguntado por mi libro favorito… ¿Os lo digo? “El Miajón de los Castúos”… Cada vez que leo un fragmento… se  me pone el cuerpo…

…Toito lleno de tierra

le levanté del suelo,

le miré mu despacio, mu despacio,

con una miaja de respeto.

Era un hijo, ¡mi hijo!,

hijo dambos, hijo nuestro…

Ella me le pedía

con los brazos abiertos,

¡Qué bonita qu´estaba

llorando y sonriendo!…

Y pensamos en Candela.

 

Texto: Mari Cruz Vázquez y César Serrano; Fotografía: Rubén Campos

Entrevista publicada en el número 32 de Vivir Extremadura; Febrero-Marzo de 2011