El 8 de septiembre, Día de Extremadura, la región reconocía la labor y la personalidad de hombres y entidades, y lo hacía, un año más, con la concesión de las Medallas de Extremadura, el mayor reconocimiento que otorga la región. Entre ellos, pudimos escuchar el nombre de BARRANCOS, la localidad portuguesa que se abrió ante el horror que vivían muchos españoles durante la Guerra Civil. El nombre de Barrancos y del teniente Antonio Augusto Seixas conmocionó de nuevo setenta años después.

Mirando a los cielos de Extremadura y Andalucía, la población alentejana de Barrancos aparece en la misma y simbólica línea de la frontera hispano portuguesa, sobre los últimos perfiles de Sierra Morena, alargando su territorio a las extensas dehesas de encinas y alcornoques que circundan el castillo de Noudar, protagonista y sigiloso espectador de la historia y devenir más inmediato de la villa. Un espléndido entorno natural surcado por los ríos Múrtega y Ardila.

El Pueblo Blanco, así denominado por la blancura de sus casas encaladas, construidas con la pizarra de sus canteras, se yergue en un paraje apacible, cuyo color y aromas rurales nos recuerdan a muchas poblaciones extremeñas. Sólo cuando escuchas el habla de sus gentes, descubres ese perfil, esa peculiaridad lingüística, que nos hace comprender que estamos en una población especial con un distintivo que la desemeja de sus vecinos españoles y de sus propios compatriotas: el uso alternativo del portugués, el castellano y su dialecto, el barranqueño, de ascendencia románica, con evidente acento andaluz y extremeño.

 

 

Sede del Concejo Rural, Barrancos, con una población de 2.000 habitantes, es un pequeño municipio que, como otros pueblos de la vecina España, sufrió el envejecimiento de sus pobladores y la emigración. Territorio no muy desarrollado durante siglos, poco habitado, y cuyos representantes munícipales se esfuerzan por impulsar la actividad industrial, el mercado laboral, el turismo ecológico, con su Parque de la Naturaleza, y las relaciones transfronterizas.

Casas grandes abalconadas y casitas níveas escalonadas a lo largo de empinadas calles empedradas: un depurado almohadillado propio de los maestros canteros portugueses. En los días de agosto las fachadas son tan blancas que reverberan a la vista. Antes de sus tradicionales fiestas, los vecinos las acica- lan, encalan y pintan. Y sobre el blanco, los dinteles, jambas, cornisas y alfeizares destacan los tonos ocres, propio del Alentejo, color y textura de una pintura que los barranqueños denominan “tierra sabia”. Las puertas verdes, alguna azul o marrón. Es la norma y nadie distorsiona en tonalidad o pulcritud. Una pequeña plaza y una iglesia, también inmaculada, clausurada. “El cura no trabaja los domingos”, nos dice, con cierta ironía, un vecino en nítido castellano. Desde hace varios años Barrancos no tiene sacerdote propio. Lo comparte con otros pueblos de la zona.

 

 

En Portugal, Barrancos es muy reconocida por su “Feira de Agosto”, a honor de Nuestra Señora de la Concepción, su patrona. Cuando se realizó este reportaje, numerosos troncos de madera se amontonaban en el pórtico de la iglesia: era el maderamen con el que se construiría el entramado de la plaza de toros, los festejos taurinos más populares y también más polémicos de Portugal. Una ley promulgada en el año 1928 que prohibía la muerte del toro, fue ajena a los barranqueños, hasta que en 1998, la presión de grupos antitaurinos les obligó a su cumplimiento. Sin embargo, el fuerte arraigo y el carácter genuino de los barranqueños, llevó al Parlamento portugués a permitir excepcionalmente que esta villa continuara realizando sus festejos taurinos tal como se venía haciendo desde hacía siglos. En agosto de 2001 se inauguró, en una de las entradas a la población, una escultura en bronce de un toro, que simboliza no sólo sus fiestas sino el carácter único de sus gentes.

 

 

Sobre este sentir diferencial, el presidente de la Cámara de Barrancos, Antonio Tereno, nos dijo en perfecto castellano y suave acento andaluz, que la situación geográfica de Barrancos, inducida por los acontecimientos históricos, las circunstancias económicas, sociales y culturales, han conformado su idiosincrasia, cuyo exponente esencial es su lengua, el barranqueño, un dialecto que desean coficializar con el portugués y normalizar su uso en las escuelas del municipio. Una lengua o dialecto, que incluso, nos dicen algunos vecinos, entienden mejor los castellano hablantes.

Un pueblo, tal vez desconocido para muchos extremeños, que el pasado 8 de septiembre recibió la Medalla de Extremadura por la solidaridad de sus gentes con los refugiados extremeños durante la Guerra Civil. Un ejemplo singular del hermanamiento entre Extremadura y Portugal destacando, además, la figura del teniente portugués Antonio Augusto Seixas, fallecido en 1958, y su actitud humanitaria con cientos de fugitivos procedentes de numerosos pueblos extremeños
y andaluces. Es la primera vez que se homenajea a una entidad extranjera. Algo que para Antonio Tereno es un aliciente que revaloriza el patrimonio cultural y los valores de la sociedad barranqueña, su pasado y el reconocimiento de una memoria que muchas generaciones no conocían. “La política de este pueblo fronterizo siempre tiene presente el beneficio de sus vecinos españoles”, una afinidad que tiene su exponente en la recién creada Agrupación Europea de Cooperación Territorial Transfronteriza. Esta asociación, con sede en Oliva de la Frontera, acoge a 14 municipios que trabajan en el desarrollo cultural, económico y social de los pueblos fronterizos.

 

 

De aquellos difíciles años, algunos refugiados aún vivos y sus descendientes guardan el recuerdo imperecedero de la solidaridad de Barrancos, de sus gentes que a pesar de las amenazas de su propio Gobierno, acogieron a sus vecinos españoles, preservando sus vidas. Un reconocimiento que fue propuesto a la Junta de Extremadura por el pueblo de Oliva de la Frontera, y al que se unieron numerosos colectivos y asociaciones extremeñas.

Si en los primeros días de la Gerra Civil, Barrancos acogió a familias que habían apoyado el levantamiento militar, que huían para acceder a la zona nacional, tiempo después afrontaría el éxodo de cientos de refugiados republicanos que escapaban de la represión del ejército nacional. Gentes de Jerez de los Caballeros, Villanueva del Fresno, de Oliva de la Frontera, Fuente de Cantos, Encinasola, Higuera la Real y de otros pueblos extremeños y andaluces que sabían de la figura de Antonio Augusto Seixas. Su labor le acarreó ante sus superiores el encarcelamiento y la degradación militar. Antonio Tereno recuerda algunas manifestaciones del teniente, que confirman el carácter de su figura e ideología: “Yo no soy de izquierdas, ni de derechas, pero me parece muy mal lo que están haciendo con estas gentes”.

Portugal, gobernado por Antonio de Oliveira Salazar, a pesar de su neutralidad, apoyó el golpe militar de los nacionalistas españoles, que desde Sevilla intentaban llegar a Madrid a través de Badajoz y Mérida, iniciándose el conflicto junto a las fronteras portuguesas, a las que trataban de llegar los fugitivos. El Gobierno portugués, que envió tropas para evitar conflictos en la frontera, se encuentra con mujeres, niños, ancianos y hombres atemorizados huyendo del horror. El control de la frontera quedó a cargo del teniente Seixas.

Por su proximidad, Barrancos se saturó de refugiados. Los barranqueños los ocultaban en establos y en casas de campo. Seixas organizó
un campo de refugiados oficial y otro, saturado el primero, encubierto, para evitar la extradición y muerte segura de cientos de personas. Incluso, nos recuerda el presidente camarario, Seixas tuvo que costear el transporte de muchos de los refugiados en camiones hacia el puerto de Lisboa y conseguir su liberación a zonas no ocupadas por el ejército nacional.

 

 

En la Plaza de la Libertad, los más longevos barranqueños se acomodan junto a la fachada de los dos antiguos casinos: uno era el que antaño recibía a la clase pudiente de Barrancos, y el otro, al que todavía gustan de llamar la cantina de los pobres. El día es caluroso y apacible. Parece como si en aquel lugar no hubiera pasado nunca nada; ajenos a medallas y reconocimientos, como si jamás hubieran sido testigos, protagonistas o hubieran conocido de aquellos episodios trágicos que sufrieron muchos españoles durante la Guerra Civil, a los que el pueblo de Barrancos recibió y acogió para liberarles del horror y la muerte.

Texto: Roberto Machuca

Fotografía: José María Díaz Maroto