Nació en Cáceres, en 1942, y posiblemente sea el abuelo que todo niño haya deseado alguna vez tener. A lo largo de su vida ha logrado construir lo que algunos denominan el Imperio de la Golosina. Tras años como delegado territorial de Chupa Chups, Sánchez Cortés monta un negocio de distribución de frutos secos y golosinas, crea la primera Unión de Compras del sector de España, sería de las primeras distribuidoras informatizadas y con la aplicación de la trazabilidad… y hoy, cuando se entra a un Sánchez Cortés, todo está a nuestra mano: impuso el autoservicio para una mercancía que el sabe de “impulso”. Hoy son 100.000 kilos de gominolas los que puede vender al año y más de 6 millones de euros los que factura. Unas cifras que se endulzan con el dulce olor de su oficina y que a todos nos vuelve niños.

El tío dulce, el hombre más dulce de Extremadura… sí más de un amigo me da la lata con eso…

A los 12 años ya llevaba golosinas a puestos y carrillos. Entonces no se conocía el plástico, los caramelos llegaban a granel por ferrocarril; venían en saco de esparto y los metíamos en una lata de carburo para conservarlos de la humedad. Ahí conocí yo los caramelos.

Ya en Chupa Chups, abrí la línea de Cáceres y comencé llevando la mercancía a la puerta de la casa del cliente. Aquello fue toda una sorpresa, nunca se había hecho, se ahorraba dinero y tiempo del cliente que antes tenía que coger el coche de línea para adquirir mercancía.

En 1971, el señor Bernat, de Chupa Chups, temió el cambio de España con la Democracia y decidió cerrar sus empresas y trasladarse a Francia. Nos fuimos todos a la calle, sin un duro. Al paro sin prestación, porque entonces no había.

Creamos UNICOM, la primera Unión de Compras que se organizaba en España en torno al sector del dulce. El éxito fue que cualquier novedad que llegaba a Madrid o Barcelona, al momento llegaba también a Extremadura.

El autoservicio en productos de “impulso” como es la golosina, es clave. En una ocasión vi que un par de clientes se iban de una de nuestras tiendas porque la dependienta no daba abasto. Entonces me dije “esto lo arreglo yo” y comenzamos el autoservicio.

Una madre puede saber todo el camino que ha recorrido la gominola hasta llegar a manos de su hijo, y puede estar tranquila porque somos de las primeras empresas de este tipo que ha aplicado la trazabilidad.

No me quiero jubilar, pero tengo claro que me tendré que ir, y esto es nuestro proyecto que nació y que quiero que siga, así que me iré poquito a poquito y todo el que se lo merezca tendrá una parte de la empresa.

Mi nieto Rodrigo, de 9 años, dice que cuando me muera se quiere quedar con el negocio. Conoce a todos los del almacén y me dice “abuelo ese sí que trabaja bien”. También escucha mis conversaciones con los vendedores y luego me pregunta “¿qué tal ha ido, cuánto a vendido fulano o mengano?”. A mi nieta Elena también le gusta venir, pero él será el comerciante.

Cuando un niño entra en este almacén no lo olvida en toda su vida. Alguno que vino de niño, hoy ya hecho un hombre me dice que no olvida aquella visita. Esto es un paraíso.

Me gustan mucho las gominolas y los frutos secos, cuando empiezo no puedo parar… Y el chocolate también, el chocolate me lo pide el cuerpo.

Texto: Mari Cruz Vázquez

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto