Sapo corredor. Su canto se parece al sonido de la carraca, lo cual, al cantar en grupos, produce un coro audible a gran distancia.

Sapo corredor. Su canto se parece al sonido de la carraca, lo cual, al cantar en grupos, produce un coro audible a gran distancia.

Relevancias actuales

El cambio climático ha pasado de ser una vaga amenaza – que los alarmados científicos supuestamente gustan difundir para llamar la atención sobre su capital dedicación- a ser un hecho indiscutible. A partir de ahí hemos intentado desdramatizar sus consecuencias, las alteraciones que el clima mudable supondría. No sería un cataclismo, el humano es un ser adaptable.

Se derriten los polos subiendo el nivel de los océanos, cambia el régimen de lluvias en muchos lugares, especies como el oso polar tienen un futuro algo más que incierto. Son cambios que hemos provocado sin duda, pues el ritmo al que se producen marea la parsimonia con que los eones modelan naturalmente a Gaia. Parsimonia que hacemos nuestra cuando se trata de cambiar de actitud promoviendo acciones que limiten los efectos de nuestros actos. No queremos adaptar nuestro nivel de vida para que la propia vida sea más viable y sana en el planeta. ¡Ay!, llegué donde no quería, al dramatismo concomitante del ecologista. Dramatismo que asumimos que nunca se concretará… tan cierto como que la economía de libre mercado se autorregula. Debe ser que esta profunda crisis es solo la excepción que confirma la santa regla…

Gallipato. Un ser pacífico cuya piel verrugosa no le hace agraciado para convenios estéticos habituales. Es un ser fascinante…

Gallipato. Un ser pacífico cuya piel verrugosa no le hace agraciado para convenios estéticos habituales. Es un ser fascinante…

Pero yo quería hablar de algo más insignificante, en tamaño y general apreciación humana. Si no estamos dispuestos a considerar en demasía los cambios planetarios, poco deben esperar seres como los anfibios, que – además de pequeños y poco visibles- tienen la desgracia de no hacernos gracia por no ser agraciados… según el canon humano.

El hombre es la medida de todas las cosas (el ideal Renacentista), nuestro rasero es la razón, nuestra subjetividad es la Objetividad dado que ningún ser conocido nos discute la supremacía intelectual. Y los anfibios son objetivamente poco apreciables, invisibles para el gran público  y su suerte, su drama, pasa desapercibido.

De alguna manera pensamos que hay seres más importantes que otros, que la equidad  del científico es puro sentimentalismo. No es práctica, y el pragmatismo es un valor seguro en el progreso. Si algo no ofrece beneficios, no supone pérdida su desaparición. El empobrecimiento de la biodiversidad, es solo la disminución de un número que no cambia en nada nuestra expectativa de bienestar. Pero hubo un tiempo en que incluso el oro no servía para nada…

Rana común. Los anfibios forman parte de la dieta de muchos otros animales. Aquí una culebra de collar a atrapado a una rana junto a la orilla.

Rana común. Los anfibios forman parte de la dieta de muchos otros animales. Aquí una culebra de collar ha atrapado a una rana junto a la orilla.

El oro es principalmente estética y escasez. O la estética de la escasez, aunque su estética es solo la forma que le da el artesano. Tiene propiedades y aplicaciones valiosas, pero su principal valor social es la sicología de la posesión de lo que está al alcance  de solo unos pocos, su exclusividad. La forma de los anfibios es tan perfecta como cualquier otra forma natural: se adapta al medio donde se desenvuelven. En ese sentido es intrínsecamente bella. Y también la escasez  está de su lado, cada vez más. A ver si nuestro rasero consigue revalorizarlos  también cada vez más…

Protagonismos pasados

Hubo un tiempo en que los anfibios dominaron el mundo, cuando la vida – de vocación marina- se decidió a asomarse a las orillas. Unieron dos mundos. Son como una metáfora de la frontera, de los conflictos, novedades e interrogaciones que plantea, de la incomodidad de sentir tambalearse unos principios asumidos que se descubren de repente como meros convenios.

Antes de que la evolución les hiciese abandonar la cresta de la ola, existieron anfibios como el culasucus, parecido a nuestro moderno gallipato, pero con una longitud de 5 metros.

Por esos misterios que parecen meras pero bellas coincidencias -aunque la ciencia les devuelva al redil de la certeza- en el desarrollo del feto de los mamíferos éste simula sucesivamente las fases evolutivas que los millones de años trazaron en el devenir de los seres. Así el feto semeja un anfibio, luego un reptil, etc. Quizás esa importancia que un día tuvieron como “cúspide” de la evolución haya quedado atesorada en lo más íntimo de la génesis de los seres del presente. Pero siguen entre nosotros, en una calle lateral poco transitada de la evolución, que amenaza con convertirse en callejón sin salida.

Sapo común. El escuerzo de “toda la vida”. Tranquilo, lento, grandote. No se merece la mala prensa que tiene.

Sapo común. El escuerzo de “toda la vida”. Tranquilo, lento, grandote. No se merece la mala prensa que tiene.

Pasado reciente

Y en calles y callejones de la niñez, en décadas en que la luz escaseaba en poblaciones y  mentes, unos seres viscosos, de textura verrugosa y armados de leyendas y mitos emergían los días lluviosos de nadie sabe donde alterando los juegos de los chavales: ¡un escuerzo! Y en las caras ingenuas el temor, la repulsión y el misterio por entender cómo aquel ser podía ser portador de tantos males, encendían muecas que no pocas veces presagiaban el final que los chavales creían que debían aplicar al tranquilo sapo común.

De niño teníamos contacto asiduo con los anfibios. Intentar cazar ranas era un pasatiempo habitual, pero luego vendría la curiosidad por mantener en un recipiente a los renacuajos hasta su metamorfosis lo cual siempre nos regalaba la complicidad con lo que se conoce.

Los campos, que entonces rodeaban los pueblos sin solución de continuidad, eran una mera prolongación de las calles. Y en manantiales de aguas frías, puras, transparentes, donde el tiempo se acompasaba, los diminutos tritones ibéricos se desplazaban a cámara lenta por el fondo, como si la baja temperatura de las aguas marcase el ritmo de sus pasos. A pesar de su indefensión, sorprendentemente no despertaban en nosotros ningún deseo de erigirnos en jueces y verdugos –solo curiosidad- quizás porque la cultura era tan arbitraria que a ellos no llegó a lastrarlos con ninguna leyenda oscura.

Rana común. Sin duda el más popular de nuestros anfibios.

Rana común. Sin duda el más popular de nuestros anfibios.

Inmediato presente

También la razón crece lentamente. Las luces tardan en alcanzar su plenitud cuando se encienden, como las farolas de antaño. Pero en muchas mentes las dudas terminan poniendo en cuestión esos principios que eran solo convenios. Y la objetividad, por mucho que solo sea subjetividad honesta, ilumina la certeza de que no nos corresponde ser ni jueces ni verdugos. Y si hoy en día salimos por los campos, que ya han perdido la comunión con nuestras poblaciones, las noches lluviosas encontramos  al pueblo de los anfibios, que sobrevivió  a su nuevo estatus alejado de las bambalinas de la cresta de la ola de la Evolución y a la cultura arbitraria del ser que actualmente la ocupa.

Sapo de espuelas. Aquí se comprueba la diferencia de tamaño entre un adulto y un ejemplar recién metamorfoseado.

Sapo de espuelas. Aquí se comprueba la diferencia de tamaño entre un adulto y un ejemplar recién metamorfoseado.

Gallipatos grisáceos de piel barroca, sapos corredores de bellos ojos amarillo limón, estoicos sapos de espuelas, preciosistas tritones pigmeos, cantoras ranitas meridionales o arbóreas (las populares ranitas de San Antón), salamandras de aposemático colorido, diminutos sapos parteros portadores sobre su espalda de su futura progenie… La sociedad de los anfibios todavía hoy nos sale al paso, nos magnetiza por la sorpresa de su presencia, por el misterio de su existencia.

Deseable futuro

Bajo las estrellas, con el ulular del cárabo fundiéndose con el machacón coro de los sapos corredores, perdemos el temor que la oscuridad produce en seres de la era eléctrica, y poco a poco nos reconfortamos y sentimos cómplices de un entorno que la lenta evolución aun no ha conseguido olvidar que es nuestro, después de llevar decenas de miles de años siéndolo. Y resulta fácil evadirse, dejar atrás lastres que portamos y que interfieren en la plena felicidad, y se apagan las luces modernas de las ciudades, y se enciende la oscuridad en nuestros ojos cuando se acostumbran a ella. Se definen poco a poco las siluetas, haciéndonos coger soltura en nuestros movimientos, como el niño que comienza a andar. Cruzamos una frontera que  daba forma al convenio que creíamos ser. Relativizamos lo que somos.

Renacuajos de sapo corredor. Cualquier humedal permanente o charca estacional puede ser escogido por los anfibios para realizar sus puestas.

Renacuajos de sapo corredor. Cualquier humedal permanente o charca estacional puede ser escogido por los anfibios para realizar sus puestas.

Nos encontramos entre dos mundos: noche-día, pasado-presente, campo-ciudad, enriqueciéndonos con la diversidad, diluyendo las fronteras  que son solo el límite que encierra las razones separándolas de la verdad. A nuestros pies, sobre la hierba mojada por las lluvias recientes, la metáfora de la frontera se condensa en la existencia  de los anfibios, tan escasos, bellos y valiosos como el oro.

Texto y fotos: Juan Pablo Resino Rubio.