En 2008 Ana María Matute recibió el Premio Extremadura a la Creación. Vivir Extremadura estuvo allí para entrevistarla.

 

Su sonrisa es la mejor bienvenida. Sus ojos la mejor caricia. Su voz la más cálida melodía. El Trasgo se sabe como en casa. “¿Vienes de Extremadura?”, pregunta Ana María. “Qué tierra más bonita y qué agradecida estoy de que me concedan un premio que no me esperaba”. Piensa en esa tierra por dentro y por fuera, esos bosques, esas dehesas, ríos y embalses en los que pueden vivir todos sus seres fantásticos. “Y Cáceres… cuando visité Cáceres por primera vez, por dios que pensé que aquel lugar era el del Rey Gudú”.

A sus 86 años, Ana María conserva, sabiéndolo plenamente, un espíritu juguetón y presumido. “Me tenía que haber arreglado un poquito más para recibirte… mira cómo estoy”. Contempla de arriba abajo su delgada figura, hoy apoyada sobre un bastón. Sus pantalones grises y su blusa negra parece que la convencen. “… Bueno así estoy más natural”.

 

Un ático en plena ciudad condal y, sin embargo, el trasgo del sur no lo siente ajeno. Piensa que las paredes son sostenidas por murallas de libros. A Ana María no se le escapa el ir y venir de su mirada. Como si quisiera abrazar toda la literatura a un tiempo abre los brazos y dice “la literatura es mi vida, me ha salvado de muchas cosas; si estoy viva es por la literatura, por la mía y por la de los demás”. El trasgo la escucha en silencio, sin poder evitar el golpeo de un corazón que Ana María le ha hecho echar raíces. “A veces pienso que he tenido una infancia de papel, me he pasado la vida escribiendo y contando”. Recuerda aquella Cenicienta “que duró mes y medio, se la contaba a mi hermana cuando íbamos al colegio y empecé la historia desde su padre que, por cierto, se parecía a un catedrático que yo conocía”. O aquellos cuentos clásicos en los que el príncipe “siempre era diferente dependiendo del chico que me gustara entonces… a veces moreno, a veces rubio… a veces alto, a veces bajo…”.

Es la grandeza de la literatura, dice bajando la voz, “que nos permite reinventar la memoria y que nadie vea las cosas con los mismos ojos, un libro es muy diferente dependiendo de quién lo lea… se consigue que el lector u oídor escriba contigo el libro”. El trasgo se sabe diminuto, pero se siente grande a su lado. Piensa en lo que Ana María llama el cubil del lobo, “ahí, en mi habitación, en solitario, es donde escribo”. De ahí sale la magia, dice en silencio el trasgo. Y Ana María parece haberle escuchado. “Me sitúan en el neorrealismo, pero… sí, puedo ser realista pero con un toque mágico, la vida es algo mágico… hay magia, te lo dice una bruja”, dice riendo y entonando voz teatral.

 

En sus ojos se encienden unas pupilas infantiles. Y habla de la Generación de los niños asombrados. “Dicen que yo pertenezco a esa generación ¿y sabes quién inventó ese término?… pues la Matute, todo el mundo habla de ella pero nadie dice que la inventó la Matute”. Cómo no abrir los ojos bañados en asombro cuando a los diez años estalla algo tan incomprensible como una guerra civil. “Yo era de una familia burguesa –cuenta Ana María-, no puedo decir eso de que me robaron la infancia porque, en realidad, y va a sonar terrible lo que voy a decir, la guerra aparece como una aventura… era una niña a la que no dejaban salir sola de casa, con una educación muy estricta… y de pronto –hace un silencio con las manos extendidas-, de pronto la guerra lleva a que se abran las compuertas, como ratoncillos los niños se escapan, salen, tienen que ir a por el pan, hacer colas para poder comprarlo…”.

Pero frente a esto, el horrible sonido de la guerra. Se tapa los oídos como si aún pudiera escuchar los bombardeos. Recuerdos que brotan de la memoria de una niña y que irán moldeando páginas y mundos internos. Sin embargo, el trasgo ha viajado mucho, cientos de años, por unas páginas en las que las copas de los árboles parecen fundirse con sus raíces, en las que las aguas de un manantial riegan el cielo y el rocío los frutos silvestres. Es el bosque el mundo interior de Ana María. Un mundo aderezado de fantasía que engendraron aquellos días de infancia vividos en Mansilla, un pueblo serrano de La Rioja. “Aquello era el paraíso terrenal, el pueblo más bonito de la tierra, era un valle con cinco ríos…”.

 

 

El trasgo se mantiene firme como se han mantenido tantos niños durante tardes enteras escuchando los cuentos de la Matute. “Sí, es cierto –recuerda- antes venían a menudo grupitos de niños a que les contara historias, entonces las madres decían hoy hay cuento en casa de la Matute, porque se han olvidado de la tele”. Y vuelve a Mansilla. “En el pueblo teníamos una casa preciosa, disfrutábamos como locos… cómo no disfrutar si yo era urbanita y llegaba a esos paisajes mágicos, esos bosques… ahora está bajo el agua”. Calla un instante pensando en el plan hidrológico del franquismo, y en una Mansilla que vive en su memoria.

Como con un resorte infantil salta de nuevo a los recuerdos. “El mar, el mar también me gusta, la playa… íbamos a menudo a Zumalla, de donde era la tata Anastasia, una vasca que estuvo con nosotros toda la vida. Nos decía que al que fuera bueno le llevaba a Zumalla…al final nos llevaba a todos”.

“Mi primer libro, Pequeño Teatro, lo situé en un pueblo pesquero que, en realidad, era Zumalla… lo escribí a los 17 años… ¿no está mal verdad para una niña burguesa de 17 años?”. Ya entonces, desde esas primeras páginas, Ana María volcaba sus sueños, sus miedos, sus ilusiones, sus denuncias… “Claro que los libros son instrumentos de denuncia… aunque a mí no me gusta hablar de política… pero sí de justicia social, por ejemplo, en la época franquista había tantas cosas con las que no podía estar de acuerdo, ninguna persona con sentido y corazón podía estar de acuerdo con algunas cosas”.

 

De pronto, el trasgo siente algo parecido a lo que los humanos llaman un escalofrío cuando la escucha hablar de Olvidado Rey Gudú. “Es el libro que siempre quise escribir, un libro lleno de cosas, de todas mis obsesiones, en el que se habla de hermanos, de amor, de crueldad, de odio, de cainismo… todos mis demonios familiares, y en el que hay un borrachillo”. Sonríe con complicidad. El trasgo también. Sabe que se refiere a él. “Es un libro duro, un libro cruel pero a la vez muy tierno; y ¿sabes? –dice bajando la voz en posición de desvelar un secreto- la única vez que he llorado con un libro ha sido con él. Cuando lo terminé me cayeron las lágrimas por todo lo que ha significado”. El trasgo piensa en ese mundo de fantasía tan real, en todos esos lugares tan familiares para él, el Reino de Olar, la Corte Negra, el Lago de las Desapariciones, el País de los Desdichados… un espejo en el que la sociedad de hoy puede verse cara a cara.

Va cayendo la noche. El trasgo mira hacia al sur, pero le distrae, como le suele ocurrir a menudo, una casita de madera que descansa en un rincón. “Esa casita –explica Ana María- la voy a retomar cuando termine el libro que ahora tengo entre manos. Entonces la empezaré a decorar por dentro… ¿y sabes quiénes van a vivir en ella?, no van a ser muñecos, van a vivir los seres del bosque”. Frunce el ceño y con cierto enojo añade “me da rabia que se hable de las hadas y de otras criaturas del bosque y se piense en Walt Disney, las hadas y todos esos seres vienen de la mitología céltica… sí –concluye- tomaré unas vacaciones para terminar la casa, tengo ya una xana preciosa, guapísima, con cara de mala…”.

En su regreso hacia el sur, el trasgo sueña con una hermosa xana. La imagina de cabellos blancos, cuerpo menudo, tiernas manos y con un rostro en el que cada gesto es un guiño a la vida.

Texto: Mari Cruz Vázquez

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto