Juan Mora, Maduras esencias

El hombre que tenemos frente a nosotros parece un hombre frágil al que resulta difícil imaginar jugándose la vida. Después, y ya en la distancia corta, una poderosa mirada azul nos lleva a un hombre que desde hace ya un cuarto de siglo se viene asomando al riesgo, a la sangre. También a la muerte cada vez que por el portón de la plaza aparece el toro. De él, del toro, nos hablará con un lenguaje apasionado que en muchos instantes se acercará a lo personal, a lo íntimo. Lo hace con templanza. Quizá sea esa templanza que transmite en cada uno de sus muletazos la que ha traído de nuevo el disfrute de las grandes tardes de toros.

Vivir Extremadura: En sus últimos tiempos le escuchamos decir algo así como que era un escritor sin lectores o, no, mejor, un escritor al que no le publican sus libros.
Juan Mora: Sí, pero terminaba diciendo que nunca había dejado de escribir.

V. E: Hay tiempos que no son nada fáciles ¿eh?
J. M: Sí, fue después de una cogida grave en 2001, en Jaén. Fue muy grave y tardé tiempo en recuperarme. Es entonces cuando el sistema, y digo el sistema, te aparta. (Parece asomarle un punto de tristeza, de desazón, por lo cruel de un universo tan lleno de luces y tan lleno de oscuridades)

V. E: ¿Y cómo pasa un torero esa nueva situación?
J. M: Yo me olvidé de lo material, me aferré a lo espiritual, a las sensaciones que tenía por dentro y me di cuenta de que me quedaba mucho toreo. Era mi espíritu el que me hizo seguir, coger mi capote y mi muleta todos los días. Me salió la fuerza de voluntad y los valores que me marcó mi padre.

 

 

V. E: Había que mantener el orgullo de ser torero… (¿Acude su mirada a la melancolía?)
J. M: Claro, y lo que te ayuda es que llega un momento en que te vuelves invulnerable porque sino revientas. Pero sí, cuesta trabajo convencer de que no estás retirado y que no tienes ninguna intención de retirarte.

V. E: Y de pronto, después de esa etapa, llega la Feria de Otoño y con ella la puerta grande de Las Ventas.
J. M: Es raro. De verte relegado a un departamento de proscritos de pronto pasas, en cinco minutos, a ser una de las personas más ansiadas de conocer y de entrevistar. En fin, de no tener nada a tener todo. Y dirás ¡Que pronto, Juan!. Bueno, bueno, pronto es cuando surge esa magia, pero hasta que surge, detrás de ella hay toda una vida de sacrificio y de amor que se va gestando.

V. E: Una vida en la que ha tenido mucho que ver su padre, un hombre del toro que le acompañó siempre.
J. M: Pues sí. Mis padres para mí han sido todo. De niños sentía que eran los que me iban marcando los pasos para coger uno u otro camino, luego te dejaban para que el camino lo eligiéramos nosotros. Eran necesarios para darnos estabilidad y enseñarnos. ¡Cuantas veces pedía a Dios larga vida! Tenía la sensación de que sin él, sin mi padre, no podríamos andar. Además, en nuestro caso, los lazos se fueron haciendo cada vez más fuertes y más importantes. Él fue también torero, empresario, ganadero… una persona con muchísima experiencia, con mucha pasión… un buen taurino. Me fue allanando el terreno y llenándome de valores. Me decía que nunca los dejara, que esos valores eran necesarios para hacer un mundo transitable. (Baja la mirada. Tras una larga y profunda bocanada de aire mira al frente buscando quizás la vieja fotografía en la que siendo un niño aparece junto al Cordobés y su padre en el coso de Mérida. Hay silencio. Un silencio que imaginamos para la memoria de las tardes vividas junto al padre).

 

 

V. E: Y no lo dejó. Y fue capaz de superar eso que ha llamado departamento de proscritos… Pero hablemos ya de otro tiempo. Llévenos a la Maestranza, a su alternativa.
J. M: ¡Buf!. Manolo Vázquez, Curro Romero… Era el cartel soñado, del estilo que más he entendido de siempre. Manolo Vázquez en una de sus últimas reapariciones… Un torero artista… Y luego… luego Curro Romero… Sinceramente, al principio no me lo creía por el impacto que me causó. Fue una tarde preciosa, en la Maestranza, un domingo de Resurrección… Fue el inicio de una dilatada carrera.

V. E: Una carrera, un viaje que vuelve a hacerse grande de nuevo en Madrid, en la Feria de Otoño, en la temporada americana y aquí… su plaza de América, Manizales, una de sus faenas más deslumbrantes…
J. M: ¡Ah! Manizales. Manizales es una plaza importante en mi carrera, y muy unida a mi trayectoria. Ha sido el reencuentro con la afición después de diez años de ausencia en esa plaza. Ha sido magnífico. Cada momento, cada muletazo… se ha vivido allí con una pasión tremenda, tremenda.