Trinidad Moreno, Tejedora

 

Navalvillar de Pela, situado en las Vegas Altas y cerca de la Siberia extremeña, es un pueblo de tradiciones y nos atrevemos a decir que prácticamente todas ellas giran en torno a La Encamisá, Fiesta de Interés Turístico Regional, y en torno a su patrón San Antón Abad. Caballos, jinetes e infantería se mezclan en la noche del 16 de enero para celebrar el momento más esperado del año, el de La Carrera, que conmemora la victoria de los peleños frente a un ejército árabe cuando estos intentaban conquistar sus tierras, durante la Edad Media.

Si el jinete y la infantería están ya preparados con el biñuelo y el vino, que degustarán durante toda la noche para calentarse en tal celebración, no debemos olvidarnos del caballo al que, según cuenta la tradición, también se le convida con uno de estos dulces de hojaldre y miel. Pero lo que realmente identifica al caballo de La encamisá es su vestimenta: cabezón, pecho petral y campanillas, montura, encintado de la cola y lo más importante, la manta de madroños o manta guapa.

Trini Moreno, no deja descansar su telar ni un solo día, tejiendo estas mantas bordadas. Elementos como el templén, las canales, el peine, el lizo, la primidera, la lanzadera, las canillas o los enjulios son indispensables para esta tarea y ella los conoce a la perfección. Lleva desde los 18 años tejiendo, y cuenta ya con 65. Es una de las pocas mujeres que se dedican a tejer en Navalvillar de Pela.

Precisamente, nos recibe en su pequeño refugio tejedor. Allí pasa las horas custodiada por los palos del viejo pero firme telar. Nos cuenta con una sonrisa acogedora que ella empezó tejiendo con su abuela en el telar que ahora ha heredado. Tejían lino en los rollos de lienzos para hacer prendas que le sirvieran para el ajuar. Fue con la mayoría de edad cuando realizó un curso de telares y de todas las alumnas sólo ella continuó con el oficio “porque me gusta muchísimo, soy una enamorada del telar y me da mucha pena que ninguna chica quiera aprender a usarlo. No ya dedicarse a ello, sino simplemente aprender para que no se pierda en el olvido algo tan típico de nuestro pueblo. Pero, claro, no es una cosa que dé mucho dinero y sí a la que hay que dedicar bastante tiempo”.

Hasta su telar llegan encargos de toda la región, faldas para los grupos de coros y danzas, refajos, alforjas y mantas para los caballos que correrán en la carrera de San Antón. Es esta última prenda, sin duda, la más vistosa de todas las que teje. Suele hacer unas siete mantas al año, dedicando su tiempo libre, “ya que tengo que ocuparme de mi casa, de mi marido y de mis dos hijos. Pero procuro sentarme un ratito cuando termino de las tareas de casa”.

Para hacer estas mantas que se colocan sobre el caballo utiliza hilo para urdir la tela, que como máximo podrá tener 15 metros de largo. “Tras urdirla se echa en rastrillo y se pone la tela con la ayuda de cuatro personas para tensarla. Se coloca el peine, se pone la canilla hecha en la torna y se pasa la lanzadera con la canilla. Si viene sin devanar hay que ponerla en la devanadera. Para tejer el repaso se utiliza la primidera que es donde entran en acción los pies subiendo y bajando. La verdad es que es muy complicado”.

Grandes flores, rosetones, margaritas… son los motivos que suelen llevar estas mantas tejidas con lana y algodón multicolor. Pero para que la manta tenga el calificativo de manta guapa, como dicen los peleños, aún le falta un elemento más: el madroño. Estos, son elaborados a mano con lana, dando a la manta el punto final para formar todo un conjunto de inigualable colorido y belleza.

Antiguamente, las mantas de madroños, sólo las llevaban las familias pudientes y los madroños no llegaban al tamaño y variedad de color de la actualidad. Hoy en día, tal vez por la competencia de llevar el caballo mejor engalanado, los madroños dejan de ser representados por el fruto que les da nombre y pasan a ser verdaderas y hermosas naranjas. Cada manta suele llevar alrededor de cien madroños, cincuenta en cada extremo, o noventa y dos si son más gordos.

Los madroños son hechos por otras mujeres a las que Trini encarga hacerlos para coserlos a su manta, como a su hermana Josefa, que desde joven los hace, quedando rematada con el follaoo adorno final. Cuando la manta guapa queda rematada con la madroñera, presenta un acabado de terciopelo, una belleza de enorme peso que el caballo deberá soportar sobre su lomo, además del jinete. Tras ellas hay un trabajo de entre veinte y veinticinco días para hacer cada manta y unas cuatro horas para realizar cada madroño si es mediano. Un esfuerzo que compensa cuando la noche del 16 de enero se oye un ¡Viva San Antón!

Texto: Soledad Gómez

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto

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