Tierras de Monsaraz (Portugal)

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Atrás, en el viaje, Olivenza y su poderosa memoria de Portugal, también Alconchel que a nuestro paso parecía dormido al arrullo del castillo de Miraflores, que ordenase construir Don Alonso I de Portugal. Se llega a Portugal entre campos de frutales regados por las aguas de la impresionante presa de Alqueva que, como un mar interior, aparece azul en el paisaje ya alentejano. Frente a nosotros, Mourão, cruce de caminos. Hay dudas en la ruta a seguir. De repente, un cartel indica Luz 9 Km. Desaparecen las dudas.

Castillo de Mourao, Castillos de Extremadura

Castillo de Mourao

La arquitectura de Luz es de una geometría racionalista, sin alma, como si el espíritu de esta aldea alentejana se hubiese quedado para siempre bajo las aguas de la presa de Alqueva. En el museo de Luz, y entre fotografías de la vieja aldea sumergida, María, su cuidadora, nos invita a asomarnos a lo que llama la janela de la memoria. “Ahí, justo ahí, frente a aquel árbol del fondo –nos apunta- está sumergida la vieja Aldeia da Luz”. Aún recuerda el viajero la tristeza de Luz durante los días previos a la última mirada a las viejas chimeneas que se alzaban sobre los tejados, la última mirada a las ventanas pintadas de añil… “Muchos no quisieron venir a la nueva Aldeia da Luz que nos construyeron y se han ido muriendo no se sabe dónde”, nos dice Antonia da Costa mientras nos sirve un café.

De nuevo aparece en el viaje el caserío de Mourão con su magnífico castillo fortificado, centinela, sin duda, de estas tierras de Don Denis, centinela frente a las incursiones castellanas. Y junto al castillo, el barroco de la Iglesia Matriz de Nossa Senhora das Candeias. Desde los adarves de este enclave monumental aparece un paisaje lleno de contrastes donde el azul del agua y el verdeguear de las dehesas se confunden en un juego casi infinito de reflejos

En el Café do Parque nuestro primer encuentro en el viaje con el vino, un vino poderoso de Reguengos de Monsaraz que compartimos con el señor Antonio y el señor Luís, dos viejos pescadores del Guadiana. Nos hablan de lo mucho que ha cambiado el paisaje. “Antes todo esto, hasta el río y hasta España, eran dehesas de encinas y alcornoques, pero más de un millón de encinas -nos dice el señor Luis- fueron arrancadas cuando se construyo la presa, y ahora, ya ven, sólo agua y nevoeiros, nieblas muchas nieblas… turistas pocos, muy pocos”.

Dejamos a los viejos pescadores del río para seguir viaje ahora al encuentro de una de las villas más hermosas de La Raya: Monsaraz. En Monsaraz, además de unas vistas espectaculares sobre el Alentejo, nos encontraremos con una arquitectura que aquí sí parece estar hecha a la medida del hombre; una arquitectura que se va desgranando a través de un trazado blanco y sinuoso siempre al resguardo de su inexpugnable recinto amurallado. Aquí es fácil acercarse a las gentes que a nuestro paso se calientan al tibio sol, que poco a poco parece haber vencido al nevoeiro.

El señor Martins nos habla de sus años de emigrante en Alemania mientras nos muestra una de las grandes curiosidades de Monsaraz, su plaza de toros habilitada en lo que fuera patio de armas de la fortaleza. Cada año, cuando llega Nossa Señora de agosto, el coso acoge grandes touradas donde nunca faltan los forcados. Desde lo alto de la Torre del Homenaje el mar de Alqueva aparece ante nuestros ojos con toda la fuerza transformadora de un paisaje en el que son visibles las huellas milenarias del hombre. El señor Martins nos señala junto a una de las siete iglesias de la villa, el conjunto de menhires que se alzan como queriendo romper el himen azulado del cielo. Ya el poeta Miguel Torga ha dejado escrito “Falo sagrado… Alada tesura de granito que da terra emprenhada, emprenhas o infinito”.

El señor Martins nos dice que no dejemos de pasar en este viaje por São Pedro do Corval y conocer sus alfares. Son más de treinta los alfares que aún hoy continúan trabajando el barro con técnicas que se pierden en el tiempo. Rui Santos tiene 31 años y como su padre, como su abuelo, como el padre de su abuelo… trabaja dando forma al barro. Son más de doscientos años los que la familia Rui Santos lleva en esta olaria donde aún se conservan los viejos hornos alimentados con leña de encina. Contemplamos el trabajo de los maestros alfareros y el de las mujeres que con gran destreza van decorando a mano cada una de las piezas salidas de los tornos.

Abandonamos São Pedro do Corval con la mirada puesta en Reguengos de Monsaraz, que ya se anuncia próximo. Allí nos esperan sus bodegas y sus calles encaladas de blanco y a las que se asoman, desde los primorosos huertos, los naranjos y los perfumados limoneros… Pero eso ya será otra etapa en este viaje por La Raya…

Iglesia de Monsaraz

Monsaraz

Texto: César Serrano
Fotografía: Álvaro Fernández Prieto

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