Parque Nacional de Monfragüe

Google+ Pinterest LinkedIn Tumblr +

Cuando llegamos a Monfragüe son cerca de las diez  de la mañana. Pero el día en el parque natural ha comenzado hace al menos dos horas. Privilegiados, podemos acceder a una de las zonas en la que el paisaje forma un mosaico entremezclado de encinas y alcornoques, que descubren a lo lejos la cueva Bermejo decorada con pinturas rupestres de siglos de antigüedad. El punto se denomina Finca La Parrillay abarca el Salto del  Corzo, 1.500 has. que recorremos montados en el vehículo del propietario, Francisco, y también a pie para no molestar a las aves rapaces que habitan en la zona.

Durante el recorrido se puede comprobar que nada de lo que se cuenta de Monfragüe es un mito. El paisaje irradia vida, tranquilidad y  convivencia entre las distintas especies, algo que se contagia por unos momentos. El vuelo de las aves es continuo y el olor, distinto a cada instante, de las especies vegetales como el madroño, labiérnagos, jaras y durillos nos acompaña por todo el camino. Francisco nos cuenta que algunas de estas  plantas sirven de alimento a los animales del parque, pero en su día fueron utilizadas para dotar de un olor característico a las prendas de vestir  que fabricaban con la lana de las ovejas, una labor que pasaba por impregnar con su aroma el borrego para después peinarlo y conservarlo en su totalidad. A través de las especies vegetales y haciendo uso de los prismáticos y demás aparatos de alcance visual encontramos en los roquedos de la zona al buitre leonado, un ave que se caracteriza por construir sus nidos de forma colectiva, con las demás rapaces, algo que no ocurre con el buitre negro, al que podemos divisar cobijando del sol a su cría en solitario.

La mañana pasa y la visita en La Parrilla debe terminar porque aún nos queda por descubrir muchos rincones del parque. Pero primero buscamos un lugar donde degustar algo típico de la zona. Nuestro acompañante, Miguel Ángel, nos aconseja visitar el restaurante que hace honor al nombre del parque, en una de las localidades que se encuentran dentro del paraje, Villareal de San Carlos, un sitio de reserva integral, donde la tranquilidad es esencial para sus 28 habitantes.

Aunque la parada es corta, el momento de la comida nos sirve para organizar las siguientes paradas, para lo que nos valemos de la ayuda del centro de interpretación del parque, que se encuentra en esa misma villa. Decidimos que es un buen momento para conocer un toque del patrimonio histórico de la zona y para ello nos adentramos en otra de las localidades del parque, Torrejón el Rubio. En este municipio, a partir del siglo VI a.C. las tribus celtas de los Vetones ocuparon las tierras y construyeron sus castros desde donde más tarde pusieron resistencia a los romanos. Estos le pusieron el nombre de Monsfragorum que significa “monte fragoso”. Vestigios suyos son algunos puentes, tumbas y,  posiblemente, la base de piedra de las calzadas. Los Árabes conquistaron estas tierras en el año 713, y las llamaron Al-Mofrag que significa “el abismo”. Además de construir el castillo en el año 811. Pero la cosa no quedaría ahí y entre los años 1169 y 1180 se produce la reconquista cristiana del castillo por el portugués Giraldo Simpavor, y la reconquista definitiva por Alfonso VIII.

Casi adosada a una de las torres del castillo se encuentra una ermita, de construcción más moderna, que cobija a la Virgen de Monfragüe, talla bizantina traída en el siglo XII desde las puertas de Jerusalén por los caballeros cruzados de la Orden de Monte Gaudio, fundadores de la  Orden de Monsfrag.

Después de la lección de historia hacemos una parada para contemplar el salto del gitano, una formación de roquedos divididos por las aguas del río Tajo y en el que sucedió un hecho que tuvo como protagonista a un hombre de raza gitana. De todas las leyendas nos quedamos con una, la que nos cuenta Miguel Ángel: “Un gitano secuestró a una hija de un noble y para demostrar su valentía a la hora de pedir la mano de la que se convirtió en su amada, salta de un lado a otro del río sin conseguir superar su prueba de amor”.  Ahora en esos roquedos queda una colonia de buitres negros y leonados, que ceden su espacio de vez en cuando a algún alimoche.

El agua embalsada en los ríos Tajo y Tiétar en el interior del parque reúnen ya bien entrada la tarde a pescadores que se concentran en una antigüa vía pecuaria inundada por el caudal, y donde la pesca es abundante y variada, predominando en las capturas los barbos, black-bass, bogas, carpas comunes y anguilas. La asociación ADENEX ha reivindicado en numerosas ocasiones que este tramo se salve, puesto que constituye una capítulo importante del patrimonio histórico del parque, por el que discurrían en su tiempo los pastores que acompañaban a la cañada real, y donde construían sus chozos, los cuales aún se conservan, aunque no en su totalidad.

Cuando el sol se pone salimos por la carretera de la Bazagona y antes de llegar a la Portilla del Tiétar, un águila imperial parece que nos despide e invita a volver pronto, una sensación que se repite mientras los milanos nos vigilan circulando por la nueva autovía que nos lleva hasta Madrid, de

regreso a casa.

Texto: Noelia Pérez

Fotografías: Álvaro Fernández Prieto

Compartir.

3 comentarios

  1. Pingback: Vivir Extremadura – Por tierras de Serrejón (Cáceres)

  2. Pingback: Monfragüe tendrá festival de cortos | Vivir Extremadura

  3. Pingback: Monfragüe florece en otoño | Vivir Extremadura

Deja Una Respuesta

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies ACEPTAR

Aviso de cookies