Los Chozos de El Torno (Cáceres)

 

En El Torno, Valle del Jerte, las piedras hablan y, si prestamos atención, nos contarán una historia sencilla, aunque poderosa, que se remonta varios siglos atrás, y, en última instancia, al inicio de la cultura, cuando el hombre se vio solo ante la naturaleza y tuvo que emprender el largo viaje civilizador.

Si el viajero llega al ameno paraíso del Jerte, encontrará flores blancas inundando una primavera primorosa, cerezas picotas que son oro rojo en el mercado europeo, agricultores con ganas de explicar sus peripecias vitales, enraizadas en un medio difícil y espléndido a la vez, encontrará curiosas formaciones graníticas y abundante agua regando el musgo que crece en las lancheras que forman y estructuran las chozas, esos vetustos habitáculos agro pastoriles que dieron origen al pueblo de El Torno –germen de una cultura humilde que alimentó otra más sofisticada en la capital jerteña, Plasencia –. En efecto, sin el refugio que la choza procura al ganadero o al agricultor, favoreciendo su labor productiva, Plasencia no hubiera florecido durante la Edad Media con la espectacularidad que lo hizo, erigiendo palacios y catedrales que perduran en el tiempo igual que permanecen esos íconos de la arquitectura vernácula en Extremadura, los chozos de piedra seca.

Ya desde la antigüedad, el hombre se vale de la técnica de la piedra seca para erigir habitáculos con paredes irregulares y cerramientos de falsa cúpula, –hileras de piedras que dan vueltas sobre sí mismas hasta cerrarse –. Para ello aprovecha los materiales que la naturaleza le brinda de forma fortuita y los transforma con el fin de protegerse del frío y reproducirse a salvo de fieras y alimañas, para sentirse seguros en un espacio en el que abundan los peligros, para celebrar los primeros ritos de vida y muerte a salvo de la intemperie. Así, en El Torno encontramos piedras enraizadas en lo más profundo de un tiempo milenario que nos proyecta desde los primeros balbuceos culturales del homo sapiens, con sus técnicas rudimentarias, hasta un mundo tecnológico capaz de crear sofisticadas obras de arte, ingenio de superhombres que anhelan viajar más allá de la Vía Láctea.

En la Edad Media, en el oeste de la Península Ibérica, Alfonso VIII funda ciudades y libera tierras, concede Datas para que los campos salvajes sean ocupados y culturizados por hombres sin re- cursos propios. En esa época, el Valle del Jerte es un gran terreno baldío poblado de hondos bosques caducifolios y fieras salvajes que campean y se reproducen a sus anchas sin que el hombre las moleste. Pero he aquí que llegan montañeses foráneos ocupando las tierras reconquistadas, domeñando la naturaleza con sus oficios artesanos, muy cercanos al hacer Neolítico, y se establecen en el fértil valle del río Xerete, o en su sierra, para proseguir con un modelo de vida que mamaron en el norte peninsular, un terreno de altas y rudas montañas que otorgan libertad pero exigen esfuerzo y dedicación exclusiva hasta convertirse en espacios de vida y cultura. Junto a ellos vienen alarifes portugueses, poseedores de un saber pétreo primitivo, para ganarse la vida a cambio de trabajo.

Los pedreros portugueses traen consigo una técnica primitiva para trabajar la piedra, un quehacer que enlaza con la cultura y los modos que usaron los pueblos celtas que otrora ocuparon el norte cacereño –el castro de Romanejo o el de los Riscos de Villavieja son testigos mudos de esos asentamientos vernáculos –. Valiéndose de la técnica de la piedra seca abancalan las vertientes de la montaña aptas para el cultivo de la patata y construyen los primeros refugios, temporales en algunos casos y permanentes en otros.

Los primeros ocupantes de la sierra torniega erigen sus chozas y majadas para el ganado allí donde encuentran tierras aptas para el cultivo, en las faldas medias de la montaña. Así se constituye el germen de un pueblo, cuyos habitantes viven, según la época del año, en el núcleo urbano o se trasladan a las tierras de cultivo o pastoreo dispersas por el territorio conseguido en las datas que les otorgaron los marqueses placentinos. Al llegar el siglo de las Luces, el rico bosque de castaños que cubre extensas áreas de las montañas jerteñas se arruina como consecuencia de la enfermedad de la tinta, que se extiende como una plaga. Debido al hambre y a la creciente presión demográfica, muchos campesinos y ganaderos ganan terreno a las tierras más altas de la montaña, las más duras e inaccesibles hasta ese momento, y se asientan temporalmente entre los mil y los mil quinientos metros de altitud. Allí abancalan terrenos y levantan numerosas chozas y majadas que servirán de refugio y hogar a hombres y animales en una convivencia estrecha y primitiva.

De esta forma se construyen los primeros asentamientos en la sierra, unos temporales, con ramas de robles y castaño, escoberas y retamas, y otros fijos, con las abundantes piedras que hay por todas partes. Durante el siglo XIX y hasta mediados del XX, se levantan en el término de El Torno alrededor de 200 chozas de piedra, unas de uso agrícola, solitarias en campos de cultivo, y otras de uso ganadero, junto a la majada para las cabras. Actualmente se usan para guardar los aperos de labranza y algunas están abandonadas y en serio peligro de derrumbe, aunque aun se conservan en perfecto estado 140 chozas, según el censo elaborado por la Asociación de Jóvenes de la Comarca del Jerte en el año 2005.

Texto: Pablo Muñoz Regadera
Fotos: Álvaro Fernández Prieto

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